Desigualdad, el trasfondo de los ataques en Sri Lanka

De la “isla del tesoro” y el “paraíso” de moda para las trasnacionales turísticas, Sri Lanka ha pasado a ser hoy un enclave de ingobernabilidad en el Océano Índico.

Nydia Egremy

2019-05-06
Ciudad de México

De la “isla del tesoro” y el “paraíso” de moda para las trasnacionales turísticas, Sri Lanka ha pasado a ser hoy un enclave de ingobernabilidad en el Océano Índico. La serie de explosiones en iglesias y hoteles del 21 de abril recuerda la guerra civil que dejó más de 80 mil muertos entre la guerrilla tamil y el gobierno. ¿A qué fuerzas internas y externas interesa desestabilizar al país? ¿Por qué ahora, cuando la isla se posiciona entre los actores estratégicos de Asia? Nada sustenta la hipótesis de una pugna religiosa y sí, en cambio, propone el afán del capital trasnacional de extraer más beneficios de la isla a costa de profundizar la desigualdad.

Localizada en el sureste del Océano Índico y ligeramente menor que Irlanda –con 65 mil 610 kilómetros cuadrados– la República Democrática Socialista de Sri Lanka es una isla con casi 21 millones 600 mil habitantes, cuya economía se sostiene de la pesca, el té y el turismo de gran lujo. Su gobierno apostó a convertirla en “la maravilla de Asia” por su ventajosa ubicación, ya que está ubicada en el corazón del Golfo de Bengala y vincula estratégicamente al sureste con el occidente asiático.

En el norte se une a La India con el “puente de Adán” (islas y bancos de arena), paso tradicional de bienes y personas. Dispone además de una profunda bahía natural y recibe navíos de varios calados que facilitan su comercio. De ahí que anhele ser protagonista de las rutas marítimas de Asia.

Este pujante Estado goza de grandes minas de zafiros y otras gemas, de grafito y en el nivel mundial ocupa el sitio 44 por su producto interno bruto (PIB), con 87 mil 174 millones de dólares (mdd). Tras sufrir una larga guerra civil, hoy se sitúa en el puesto 97 (categoría alta) en el Índice de Desarrollo Humano (IDH) de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), delante de La India, primera economía emergente y regional.

Desigualdad

Sin embargo, la pujante economía cingalesa no refleja la dramática desigualdad y tendencia de pobreza que se extiende por el país. Al centrar la atención en la búsqueda de la prosperidad, a través de inversiones de gran envergadura en infraestructura y desarrollo del sector privado –foráneo en su mayoría– no hay énfasis en el también importante proceso de reconciliación y reconstrucción socio-política.

Aún subyacen las causas de la guerra. La concentración de poder político y riqueza en manos de unos cuantos, provoca el resurgimiento de viejos resentimientos, riesgos y vulnerabilidades que permean en el tejido social del país, advierte la organización Oxfam.

Tras elegir un destino exótico como Sri Lanka “lo que no sabes es que estás a punto de ver de cerca una abismal brecha social entre los que tienen demasiado y los que sobreviven con poco más que aire”, escribió el periodista David Ward en julio de 2017.

A Ward le bastó conocer el mísero salario de su guía local, comparado con la altísima suma que había pagado a la agencia de viajes extranjera, para intuir lo que durante el viaje pudo confirmar: Sri Lanka es un país profundamente marcado por la desigualdad.

En los cada vez más suntuosos hoteles, clubes y restaurantes de lujo solo hay turistas extranjeros y ningún cingalés. En ese destino paradisiaco vacacionaban tres de los cuatro hijos del hombre más rico de Dinamarca, Anders Holch Povlsen, quienes fallecieron en los ataques terroristas recientes, confirmó la empresa Bestseller.

Expolio inmobiliario

Hace un lustro, la Autoridad de Desarrollo del Turismo ofreció por 99 años el arrendamiento de islotes, terrenos colindantes con playas, una reserva natural y un humedal para proyectos turísticos.

Entre esos espacios del “paraíso” estuvieron ocho islotes de la costa occidental; 205 hectáreas de espesa selva en el litoral oriental; 20 hectáreas disponibles para un centro comercial en Passikuda y Batticaloa, todos ubicados en la región oriente.

El proyecto, destinado a promover el llamado ecoturismo fue dirigido a inversionistas extranjeros. Hoy visitan esa isla paradisiaca más de tres millones de turistas al año y dejan ingresos superiores a los tres mil mdd. Además, los ciudadanos que radican en el exterior y trabajan en la industria textil, envían sustanciosas remesas.

Entre tanto, los cingaleses pobres viven en cientos de miles de cuartuchos construídos con desechos y láminas de cartón. A diferencia de los bien pagados burócratas, los pobres trabajan en campos de té, de cuyo cultivo y comercialización depende el 80 por ciento de la economía de ese país.

El analfabetismo femenino es del 99 por ciento en jóvenes entre los 15 y 24 años. Esa precariedad confirma que faltan políticas sociales destinadas a crear una clase media a partir de garantizar necesidades básicas, entre ellas el acceso a la educación y a la salud.

¿A quién conviene el terror?

El alentador panorama geopolítico y económico de Sri Lanka se trastocó el 21 de abril, Domingo de Pascua, cuando a las 8:45, hora local, se registraron varias explosiones en cadena en iglesias y hoteles de lujo. El saldo de los ataques, considerados entre los peores de la historia del país, superó los 300 muertos y los 500 heridos, entre los que hubo al menos 40 extranjeros.

Los artefactos, presuntamente activados por suicidas, explotaron en dos grandes hoteles de Colombo y otro en Dehiwala, próximo a esa capital. También en una iglesia de Katana, al oeste, y otro en el templo de Batticaloa. Pasaron largas horas sin que nadie reivindicara los ataques.

Un día después, la red de mensajería Telegram difundió un presunto comunicado del Estado Islámico (EI) que se adjudicaba los ataques. Atribuyó a siete de sus hombres las explosiones contra “cristianos y seguidores de la ‘coalición cruzada’ internacional, liderada por EE. UU.” en contra de ese grupo. La veracidad del mensaje no se ha constatado.

La sombra de los tamiles

La organización separatista Tigres de Liberación del Eelam Tamil (LTTE), fundada en 1976 por Velupillai Prabhakaran como grupo de liberación nacional. Esa guerrilla, que ante la discriminación de los tamiles por la población cingalesa demandaba la independencia, en su momento fue la única que logró formar una fuerza aérea y establecer un gobierno de facto con policía, radio y televisión propios.

La guerra civil duró 26 años, debido al incumplimiento de acuerdos por cuenta del gobierno. Antes del cese al fuego en 2009, los Tigres Tamiles controlaban el 70 por ciento del norte –territorio tamil– y el este de Sri Lanka. Su base era la región Vanni y la Península de Jaffna; tras su derrota, los Tigres fueron declarados ilegales.

Sin embargo, en abril de 2015, el Consejo de Seguridad (CS) aprobó resoluciones que exigen a Colombo un plan de acción que garantice los derechos de los tamiles y el castigo a elementos del ejército nacional que cometieron excesos contra la población civil en la última fase de la guerra; tras el término de ésta, la isla-república mantiene un complejo proceso de recuperación que incluye la rehabilitación y el reasentamiento de los desplazados por el conflicto, la mayoría tamiles.

El vocero gubernamental y ministro de Salud, Rajtha Senraratne, señaló como autor al grupo local de vocación islámica, National Thowheeth Jamath (NJT), que tiene vínculos extranjeros; y admitió que el cuatro de abril el gobierno fue avisado por agencias de inteligencia internacionales de posibles ataques en iglesias y destinos turísticos. El funcionario reconoció: “Lamentablemente, no fuimos capaces de detener esa tragedia”.

Entre tanto se desató el acoso contra comunidades musulmanas en vecindarios y trabajos. Más de 150 personas fueron detenidas, entre ellas la esposa e hija de Mohamed Zahran, presunto organizador de las explosiones. Ante la ola represiva, el ministro de Asuntos Religiosos Musulmanes, Abdul Haleem Mohamed, pidió incluso no acudir a las plegarias colectivas del viernes

Tras decretar el estado de emergencia, la oficina del presidente cingalés, Maithripala Sirisena, emitió la prohibición de usar prendas que cubran el rostro y dificulten la identificación, porque representaban una amenaza nacional y pública. Esto significó que ahora la burka o el nicab (velos que usan las musulmanas) no serán permitidos desde el 28 de abril, pues el rostro de las mujeres debe ser expuesto claramente.

En reacción a estos hechos, el presidente de Estados Unidos, Donald John Trump, expresó en un tuit: “EE. UU. ofrece sus sentidas condolencias al gran pueblo de Sri Lanka ¡Estamos listos para ayudar!”. Al mismo tiempo, el Departamento de Estado inició una campaña para alertar a la población estadounidense contra ataques de “grupos terroristas” en zonas públicas de su país.

Entre los posibles objetivos de estos ataques, el gobierno de EE. UU. incluyó espacios turísticos, transportes y aeropuertos; mercados, centros comerciales, eventos deportivos y culturales, instituciones educativas. El asesor de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, John Bolton, escribió también en Twitter: “Ayudaremos a llevar justicia rápida a los responsables y no cederemos en la lucha contra el terrorismo global”.

En contraste, el presidente de China, Xi Jinping, manifestó que su gobierno y el pueblo chino “respaldan con firmeza a Sri Lanka y apoyan firmemente el esfuerzo de su gobierno para mantener la seguridad y estabilidad nacionales”.

En su mensaje, el mandatario ruso Vladimir Putin expresó su sentido pésame y reafirmó “que Rusia ha sido y sigue siendo un socio fiable de Sri Lanka en la lucha contra la amenaza terrorista internacional”.

Para reforzar la línea de investigación del terrorismo islámico, la agencia de información Amaq, supuestamente afín a grupos opositores, difundió un video del momento en que los supuestos siete terroristas, con la cabeza cubierta, juran lealtad a su grupo y a su líder Abu Bakr al Bagdadi.

Otra línea de investigación –del ministro de Defensa cingalés, Ruwan Wijewardene– apunta a que los ataques fueron en reacción a la matanza de Christchurch, Nueva Zelanda, del 15 de marzo, donde el supremacista blanco Brenton Tarrant, de 28 años, mató a 50 personas en dos mezquitas. Como para dar razón al funcionario, un presunto Estado Islámico reivindicó, minutos después, los ataques simultáneos.

Geopolítica

Estos sucesos, aún sin explicación coherente, se dan cuando Sri Lanka avanza en su decidida participación en el tablero geopolítico asiático. La isla es muy atractiva para el interés de las grandes potencias, principalmente EE. UU. y Europa, así como las regionales (India, China y Japón), advierte el analista Barana Waidyatilake.

La isla comparte, con sus vecinos de la región, el reto geopolítico de la vulnerabilidad que les impone su compleja geografía. Ahí se sitúan los llamados “cruces estratégicos” (chokepoints), donde algunas potencias aspiran a imponer su presencia. Al mismo tiempo, buscan cooperar para evitar el ascenso de amenazas a la seguridad no tradicionales (como el crimen marítimo).

Como otros pequeños estados asiáticos esta isla, antes llamada Ceilán, no desea tener que elegir entre iniciativas regionales a favor o en contra de Occidente. Su tradicional respaldo al Movimiento de Países No Alineados es un síntoma de ello, de ahí que haya decidido jugar a la diplomacia económica y posicionarse como destino atractivo de inversiones. Por eso, el primer ministro cingalés habla de “regionalismo multi-capas”, agrega Waidyatilake

Un ejemplo de esa estrategia de diplomacia económica es haberse incrustado en la Iniciativa del Cinturón y la Ruta de la Seda de China con dos proyectos: el de la Ciudad Financiera Internacional de Colombo (con una inversión inicial de mil 400 de un total de 13 mil mdd), así como el Puerto Hambantota y la zona industrial, ambas con un estimado de cinco mil mdd.

Sin embargo, para algunos críticos, el afán de su gobierno por participar en el juego de las potencias, lo ha llevado a caer en la trampa de la deuda, ya que, con su estrategia económica de convertir al país en nicho comercial y marítimo, ha pedido grandes empréstitos para crear infraestructura.