Juan Álvarez Gato, un poeta del prerrenacimiento castellano

En su Antología de los poetas líricos castellanos, el filólogo español Marcelino Menéndez Pelayo da esta nota biográfica del poeta castellano Juan Álvarez Gato

Tania Zapata Ortega

2019-05-06
CIUDAD DE MÉXICO

En su Antología de los poetas líricos castellanos, el filólogo español Marcelino Menéndez Pelayo da esta nota biográfica del poeta castellano Juan Álvarez Gato (Madrid, 1440-1509), a quien considera un gran versificador en su tiempo, en el que los buenos versificadores no eran escasos: “Fue armado caballero por D. Juan II en el último año de su reinado (1453), ciñéndole el Rey su propia espada, que Álvarez Gato dejó vinculada en su mayorazgo. Sabemos que tenía parte de su hacienda en Pozuelo de Aravaca, y que allí le visitó más de una vez el Rey D. Juan, que gustaba mucho de su conversación y le llamaba su amigo. Sirvió con igual celo a Don Enrique IV, que se valió de él para sosegar las diferencias entre la ciudad de Toledo y el Conde de Fuensalida. Conservaba el favor de la corte en tiempo de la Reina Católica, de quien fue mayordomo. Murió después de 1495, y fue sepultado en la iglesia del Salvador, capilla de Nuestra Señora de la Antigua. Destruida hoy aquella parroquia, se ignora el paradero de los restos del poeta. Los genealogistas nos han conservado el nombre de su mujer, Doña Aldonza de Luzón, de quien no dejó hijos, pasando, por tanto, el vínculo que él fundó a la familia de su hermano”.

De esta breve reseña se puede concluir, dice el erudito santanderino, que es falsa la conseja que atribuye a vicios y desviaciones morales del poeta el haber caído temporalmente de la gracia de Enrique IV; y explica la renuncia de Álvarez Gato a la Corte como reacción ante el castigo recibido por Pedrarias: “porque era muy notorio que le fue gran servidor, y por esta causa hizo las coplas siguientes, en nombre de un mozo que se despide de su amo, y algunos caballeros por esta razón se despiden del rey”. El poeta denuncia “sin contemplaciones, el abatimiento a que la majestad real había llegado, y lo poco que podía esperarse de la condición liviana y antojadiza del monarca, inconstante siempre en sus afectos y más temible para sus propias hechuras que para sus declarados enemigos”.

 

Plácete de dar castigos,

sin por qué;

non te terná nadie fe

de tus amigos.

Y ésos que contigo están,

cierto só

Q’uno a uno se t’irán

descontentos, como yo.

 

Lo que siembras fallarás,

non lo dudes:

yo te ruego que te escudes,

si podrás:

qu ‘en la mano está el granizo,

pues te plaze

desfacer a quien te face,

por facer quien te desfizo.

(…)

Mira, mira, rey muy ciego,

y miren tus aparceros

que las prendas y dineros,

cuando mucho dura el juego,

quédanse en los tablajeros.

Acallanta tantos lloros,

y resguarda, rey muy saje,

cómo en este tal viaje

tus reinos y tus tesoros

no se vayan en tablaje.

Michael Gerli dice, en su antología Poesía Cancioneril Castellana: “La poesía de Álvarez Gato se divide en dos épocas: la primera, profana y amorosa, llena de atrevidas hipérboles sagradas; y la segunda, religiosa y moral, caracterizada por un hondo espiritualismo, dentro de la cual se utilizan por primera vez, «a lo divino», muchos motivos de la lírica popular”. A la primera época pertenece el siguiente poema en versos de arte menor, en la que astuta, pero elegantemente, se excusa con una dama para no casarse con ella pretextando que no puede pasar de servidor a “compañero” porque no es la voluntad divina.

 

Dezís: «Casemos los dos

porque de este mal no muera».

Señora, no plega a Dios,

siendo mi señora vos,

que os haga mi compañera.

 

Que, pues amor verdadero

no quiere premio ni fuerza,

aunque me veré que muero,

nunca lo querré, ni quiero

que por mi parte se tuerza.

 

Amarnos amos a dos

con una fe muy entera,

queramos esto los dos;

más no que le plega a Dios,

siendo mi señora vos,

que os haga mi compañera.