La autenticidad de Los olvidados

Los olvidados, la cinta del director español Luis Buñuel, retrata a la Ciudad de México en los años cincuenta: una ciudad que ha encontrado ya su identidad y peculiaridad, tal como lo vemos en las películas de Cantinflas.

Betzy Bravo

2019-05-06
CIUDAD DE MÉXICO

Los olvidados, la cinta del director español Luis Buñuel, retrata a la Ciudad de México en los años cincuenta: una ciudad que ha encontrado ya su identidad y peculiaridad, tal como lo vemos en las películas de Cantinflas. No se halla vinculada a un poder estatal, específicamente al servicio de un señor feudal o viejo terrateniente, como sucede por ejemplo en Un lugar sin límites, de Arturo Ripstein. Por el contrario, la Ciudad de México es una entidad autónoma que ha creado sus leyes, personajes, fantasías y, sobre todo, sus desgracias. Las ciudades son el espacio de los olvidados.

Por esto Buñuel pudo llamar así a su película: todos están olvidados y echados a su suerte. No es por lo tanto casual que se le equipare, desde el inicio de la cinta, con Nueva York, París o Londres: su dinámica urbana es igual de cruel a la de éstas. “Las grandes ciudades modernas esconden tras sus magníficos edificios hogares de miseria que albergan a niños malnutridos, sin higiene, sin escuela, semillero de futuros delincuentes”, afirma Buñuel en el prólogo de la película, poniendo en crisis las explicaciones convencionales y optimistas que pretenden perpetuar el capitalismo. Esto lo convierte en un artista congruente con las ideas de Federico Engels que él mismo citaba: “El artista describe las relaciones sociales auténticas con el objeto de destruir las ideas convencionales de esas relaciones”.

Uno de los espejos más aterradores que una ciudad tiene es la cárcel. De ésta sale El Jaibo (Roberto Cobo) para encontrarse con Pedro (Alfonso Mejía) y matar a Julián (Javier Amezcua). La película es un drama circular, regresará al inicio para cobrar también la vida de Pedro y de El Jaibo, pero su discurso, como una gran espiral, va integrando en la desgracia a todos sus personajes: El Ojitos, El Ciego, Meche y la madre de El Jaibo.

Si bien el drama es tenso, sostenido, y de una crueldad sin vacilaciones desde el principio, la película trata sobre la industrialización y las injusticias, más que sobre la relación edípica, edénica o saturnal a la que siempre responde el personaje americano del cine hollywoodense; es decir, que no se trata de personajes que al final resuelvan sus problemas por obra del azar. Buñuel es un maestro mayor y sabe que el drama mexicano –y en general el drama latino– no se cifra en el personaje individualizado que surge victorioso, sino en la narración que hace de todos los personajes derrotados en un mundo que no les permite vivir humanamente.

Los olvidados es quizá la cinta más importante en la historia del cine mexicano. Hay quienes dicen que si no fuera por Pedro Páramo o Bajo el volcán sería la novela más importante de México. Algo de sabio hay en que esa famosa alma nacional no puede ser captada por un creador “nacional”. Análogamente, la cinta de Buñuel puede ser la obra más importante del cine mexicano por el lugar que le ha dado la crítica nacional e internacional; por la influencia que tuvo en el cine posterior a los años cincuenta y por la forma en que marcó, eliminando y encasillando generalmente, todo el cine anterior a ella.

El trabajo de Buñuel sigue siendo referencial en el sentido de que marca un antes y un después en la historia canónica del cine mexicano. La tesis central es que Los olvidados rompe el tiro bucólico, costumbrista, moralista y campirano de un cine que seguía, básicamente, las tendencias del cine estadounidense. Así, se dice que Buñuel nos convirtió en contemporáneos del cine europeo y, además, a partir del retrato social de la Ciudad de México, abrió la posibilidad de un cine nacional no dependiente de las técnicas, motivos y estilos de Hollywood; el cine de los sesenta y setenta es, en muchos aspectos, una respuesta, repliegue, negación o desarrollo de muchos motivos fijados por Buñuel.

Luis Buñuel creó de forma subversiva una denuncia de las injusticias que hasta la fecha vive nuestro país, una nación en donde los niños y los jóvenes están desprotegidos y olvidados. Por eso la película carece de un final alentador o feliz y su objetivo es despertar indignación y recordarnos que es necesario transformar nuestra sociedad.