América Latina y la nueva ruta de la seda

La Ruta de la Seda fue una gran ruta comercial que conectó a China con Europa desde el siglo I a.C. hasta el siglo XIV de nuestra era.

Ehécatl Lázaro

2019-05-03
Ciudad de México

La Ruta de la Seda fue una gran ruta comercial que conectó a China con Europa desde el siglo I a.C. hasta el siglo XIV de nuestra era. A través de China, Mongolia, India, Persia, Arabia, Siria y Turquía, miles de productos originarios de oriente eran transportados para ser consumidos en los mercados europeos; lo mismo ocurría en el sentido opuesto: productos de factura europea llegaban a China utilizando esta ruta, la cual floreció por más de mil años y dejó maravillados a los europeos que se internaron en ella, tal como lo prueban “Los viajes de Marco Polo”. Pero, como ocurre con todo, la Ruta de la Seda llegó a su fin: al desintegrarse el imperio mongol que fundara Gengis Kan, en Asia se impuso tal inestabilidad política que la famosa ruta desapareció. Setecientos años después, China ha lanzado un ambicioso plan para crear la versión moderna de aquella gran red: la Nueva Ruta de la Seda.

En 2013, Xi Jinping, presidente de China, anunció que su país tomaría la iniciativa para construir un gran corredor comercial que comunicara a China con Europa, pasando por todos los países intermedios. Su nombre oficial es “Una Franja, Una Ruta”, sin embargo, se le conoce más como la “Nueva Ruta de la Seda” por su eminente parecido con la antigua red comercial. Los objetivos de este plan no son desconocidos para nadie: se trata de ampliar la zona de influencia de China. El poderoso Estado gobernado por el Partido Comunista ejerce ahora una incuestionable hegemonía en el sudeste asiático, pero el crecimiento económico que ha sostenido en las últimas décadas le ha dado a China la capacidad suficiente para expandirse a espacios más lejanos. Con la Nueva Ruta de la Seda, China se proyecta como un firme competidor que le disputa a Estados Unidos la hegemonía no de Asia, sino del mundo.

Originariamente, la ruta estaba pensada para integrar a países asiáticos, europeos y africanos, pero la propuesta ha tenido tanto éxito que ya son varios los estados latinoamericanos que han expresado su deseo de participar en el descomunal proyecto chino. Los pasados 25, 26 y 27 de abril, se celebró en Beijing el II Foro sobre la Nueva Ruta de la Seda, a donde acudieron representantes de 150 países, de la ONU y del Fondo Monetario Internacional, así como 37 presidentes. Sebastián Piñera, presidente de Chile, fue el único mandatario latinoamericano que asistió al Foro, sin embargo, la lista de los países de América Latina que ya se han integrado a la iniciativa china no es corta: Panamá, Uruguay, Ecuador, Venezuela, Chile, Uruguay, Bolivia, Costa Rica, Cuba y Perú. Así, nuestra región ya forma parte de la Nueva Ruta de la Seda.

El fenómeno no es nuevo. Tiene más de una década que los capitales chinos comenzaron a invertirse en los mercados latinoamericanos; de hecho, desde antes de que Xi Jinping lanzara la nueva iniciativa comercial, China ya era el segundo socio comercial de la región, solo por debajo de Estados Unidos. Lo que sí puede considerarse como novedoso es el interés que ahora muestran algunos países “aliados” del imperialismo estadounidense, como Chile y Perú. Los dos pertenecen a grupos políticos que claramente obedecen a los dictados de Washington, por ejemplo, la Alianza del Pacífico, y, más recientemente, PROSUR; los dos estados se han posicionado como enemigos del chavismo en particular, y del socialismo en general. Hoy, estas piezas que tradicionalmente han estado al servicio de Estados Unidos, levantan la mano para establecer alianzas con el gigante asiático. ¿Qué está pasando?

Lo que ocurre es que la superpotencia norteamericana ha comenzado a perder incluso el control de una región que siempre consideró como su “patio trasero”. La presencia económica de China en América Latina ya tiene un peso tan considerable que, como pasa siempre, la realidad económica empieza a generar un correlato político. Estados Unidos puede alertar a sus “aliados regionales” sobre los peligros de acrecentar las relaciones económicas con los chinos, pero la realidad es una. El paulatino debilitamiento americano y el ascenso de los asiáticos, poco a poco van modificando la correlación de fuerzas a nivel global. Así, piezas que en el ajedrez mundial tradicionalmente se plegaban al mandato estadounidense, han comenzado a acercarse al otro gran competidor: China. La Nueva Ruta de la Seda es un nuevo episodio en la disputa que mantienen China y Estados Unidos por la hegemonía planetaria. A juzgar por los cambios observados, es cuestión de tiempo para que la balanza se incline definitivamente al país que vio nacer a Mao Tse Tung.