La política de México frente a Estados Unidos

La posición de México en el panorama global es y será, mientras Estados Unidos (EE. UU.) tenga el poder hegemónico en la economía del mundo entero, de la mayor importancia.

Abentofail Pérez

2019-04-15
CIUDAD DE MÉXICO

La posición de México en el panorama global es y será, mientras Estados Unidos (EE. UU.) tenga el poder hegemónico en la economía del mundo entero, de la mayor importancia. A partir de la Revolución Mexicana, y particularmente después del triunfo de EE. UU. en la Segunda Guerra Mundial, la función estratégica de nuestro país como vecino del gigante del norte se volvió especialmente problemática. Pocos presidentes han logrado lidiar con dignidad con la potencia más poderosa del orbe; la mayoría de las veces el prestigio y, sobre todo, la libertad económica y política terminaron subordinándose a los intereses de un enemigo que parece demasiado grande para ser cuestionado.

El panorama actual resulta todavía más oscuro a raíz de la firma del nuevo tratado comercial entre EE. UU., Canadá y México, el TMEC. Poco se ha dicho en los medios y en las conferencias mañaneras –el silencio comienza a preocupar– sobre las relaciones con EE. UU. y más porque Donald Trump amaga una vez más con su muro. Al contrario, AMLO recurrió –antes de comenzar una insulsa retórica sobre prácticas beisboleras– al mejor de sus argumentos para evitar respuestas a los periodistas: “lo que diga mi dedito”.

El silencio de AMLO y el miedo a responder con la dignidad que una nación como la nuestra requiere, no es casual. El nuevo tratado comercial deja a México atado de manos frente a los intereses imperialistas de EE. UU., con todo el significado que esta palabra implica. En su capítulo 32, el TMEC exige que ninguno de sus miembros se “integre comercialmente con China”, lo que garantizaría a nuestro vecino del norte el control absoluto de la economía nacional y la seguridad de que su competidor más cercano tiene las manos fuera de su traspatio al sur del río Bravo. El papel del Presidente en la ratificación de este acuerdo fue, apenas hace unas semanas, recordado y aplaudido por el ultraderechista y exjefe de asesores de Donald Trump, Steve Bannon, quien dijo al respecto: “No hubiéramos logrado (mantener el acuerdo comercial del NAFTA) si no hubiese estado el nuevo Presidente populista […] La clave de ese acuerdo era asegurarse que China no pudiese entrar en el sistema a través de México, y creo que (Andrés Manuel) López Obrador fue esencial para esto”.

La estrategia de la política internacional del Presidente consistió, desde que estaba en campaña, en entregarse sin miramientos a las exigencias de los estadounidenses. La necesidad de cortar relaciones comerciales con China, país cuya economía es hoy por hoy la segunda más poderosa del mundo, es producto del miedo con el que EE. UU. ve acercarse a su principal competidor, por lo que ha decidido cerrarle el paso en México a la potencia asiática. Naturalmente, la posición de nuestro país en esta disputa hegemónica es exactamente la misma que la del peón que, para defender al rey, debe ser sacrificado. No hay mejoras sustanciales para nuestro país en el nuevo tratado comercial; lo único que ganamos es, posiblemente, el aumento de los salarios en la frontera y en el sector automotriz, ganancia que no se debe precisamente a los méritos del Presidente, sino a las exigencias de las grandes empresas estadounidenses que exigen igualdad de condiciones en la oferta laboral, ya que nuestro país actúa con ventaja al tener los salarios más miserables del sector.

La posición de México en el panorama internacional es sumamente complicada. Está entre la espada y la pared y no tiene ni “derecho al pataleo”, razón por la que el Presidente ha decidido utilizar nuevamente su mejor arma, la soberbia y la imposición, para acallar las voces que reclaman, con justa razón, que se defienda con dignidad la soberanía nacional. AMLO no puede hacer nada porque antes de comenzar su mandato, vendió su alma al presidente de EE. UU. Ahora corresponde a los trabajadores mexicanos, a los productores de la riqueza en nuestro país, a los que siempre terminan por sacrificarse en contra de su voluntad por los intereses de una minoría, pagar con sudor y sangre la deuda que el Presidente adquirió con un acreedor sin escrúpulos para hacerse con el poder. Cual moderno Shylock, Donald Trump exigirá a AMLO, por sus servicios, algo más que una libra de carne, tributo que tendrá que salir, necesariamente, del pecho del pueblo de México.