Siria, firme ante el asedio imperialista

Estados Unidos (EE.UU.) no ha escatimado recursos para provocar fricciones político-bélicas para favorecer sus intereses en Medio Oriente.

Nydia Egremy

2019-03-25
Ciudad de México

Estados Unidos (EE. UU.) no ha escatimado recursos para provocar fricciones político-bélicas para favorecer sus intereses en Medio Oriente. Así lo hizo al incendiar el Golfo Pérsico durante una década en la guerra entre Irán e Irak y hace más de medio siglo al perpetuar el conflicto palestino-israelí para maniobrar en todos los procesos de esa región. De ahí que, para impedir el reposicionamiento global de Rusia y su acceso al Mediterráneo, Washington atiza desde hace ocho años el conflicto en Siria. Este despropósito geopolítico de la superpotencia ha hecho evidentes en este país los efectos de la operación de los ejércitos más poderosos del planeta que contribuirían a favor de Rusia y la falta de un plan alterno de Washington para deshacerse de sus protegidos, los más radicales y violentos en esa región.

El gobierno de EE. UU. y sus aliados han fracasado en el intento de desalojar del poder a Bashar Al-Assad para controlar el estratégico cruce de caminos del Mediterráneo oriental, clave para el flujo del gas de Medio Oriente a Europa. Hoy el presidente sirio controla más del 60 por ciento del territorio y no hay visos de que abandone el cargo.

El recuento de los daños causados a Siria por Occidente en ocho años registra 400 mil muertos, más de un millón de desplazados y la destrucción de todas las ciudades del país; 13 millones de sirios necesitan de asistencia humanitaria, al igual que los desplazados.

El inicio formal de la operación injerencista fueron las manifestaciones antigubernamentales, del 15 de marzo de 2011, en la sureña ciudad de Deraa. El conflicto, fabricado y diseñado desde centros de pensamiento neoconservador con sede en EE. UU., preveía la sublevación de grandes capas de la población y del ejército sirio en el contexto de las llamadas “revoluciones árabes” que detonaban en Túnez, Egipto, Libia, Yemen y Argelia.

Las simples protestas evolucionaron a una guerra implacable complicada por la participación de múltiples actores nacionales y extranjeros. Washington y sus aliados, con su vieja estrategia de persuasión mediática, argumentaron que en Siria combatirían al terrorismo. Y mientras lanzaban su campaña bélica, por más de ocho años han difundido la versión de que el régimen opta por la represión violenta a la oposición interna.

El gobierno del expresidente estadounidense Barack Obama creó nuevas bases militares sin autorización, transfirió armas y municiones, desplegó asesores militares, destinó millones de dólares a mercenarios y brindó apoyo logístico, de inteligencia y, naturalmente, propagandístico al embate imperial contra Siria.

Odio al otro

Occidente, contrario a la dialéctica, interpreta como problemáticas y amenazadoras las creencias del “otro” y cuestiona su valor. Es sumamente conflictiva su relación con culturas distintas; de ahí que aumente la convicción de que el diálogo intercultural es inútil.

Ese desencuentro se manifiesta en la masacre efectuada por supremacistas neozelandeses en dos mezquitas de Christchurch, Nueva Zelanda, el 15 de marzo, cuyo saldo fue de 49 muertos y al menos 40 heridos de origen musulmán.

El perpetrador, identificado como el australiano Brenton Tarrant, de 28 años, se mostraba calmado mientras disparaba contra todos. “Apenas podíamos respirar con el humo y las balas volando por todas partes”, declaró el imam de la mezquita Al Noor, Gamal Fouda. Tarrant grabó en vivo la masacre, la transmitió por Facebook y Twitter difundió su “manifiesto” neonazi, colmado con teorías de conspiración anti-inmigratorias.

La primera ministra de Nueva Zelanda, Jacinda Ardern, reconoció ese acto como “terrorista” y EE. UU. condenó “ese despiadado acto de odio”. Para la alta representante de la Unión Europea (UE) en Política Exterior, Federica Mogherini, ese acto terrorista “no solo fue causado por sus perpetradores, también por políticos irresponsables que propagan el odio contra musulmanes y la xenofobia”.

Hoy se sabe que Tarrant llegó a Israel el 25 octubre de 2016, procedente de Turquía. En su “manifiesto” afirma que estuvo en Francia, España, Portugal y otros países del Continente. Por eso, la organización española Movimiento contra la Intolerancia ha solicitado a la Fiscalía de Delitos de Odio que actúe contra quienes enaltezcan crímenes contra musulmanes por redes sociales.

 En Nueva Zelanda, la comunidad de refugiados por las crisis en Medio Oriente –de Siria en particular– representa más del uno por ciento de los 4.25 millones de habitantes. La mayoría trabaja en servicios públicos y enfermería; conviven con otras minorías como sikhs, chinos, judíos, fiyanos, isleños del Pacífico y una pequeña comunidad latina. Todos se han unido para socorrer a las víctimas en la red social Facebook.

Para lograrlo, Washington asoció a los sectores más agresivos de ese país, mientras etiquetó como “rebeldes” y “rebeldes moderados” a actores intervencionistas en Siria. Solo en 2018, las operaciones estadounidenses costaron unos dos mil millones de dólares al presupuesto de Defensa de la superpotencia, cifrado en 700 mil millones de dólares (mdd).

Hoy, el conflicto entra en su noveno año y Al-Assad se perfila como el claro ganador. Sus tropas y aliados controlan la mayor parte del territorio, tras recuperar en 2018 amplias zonas y arrebatar feudos a “rebeldes” e “insurgentes”, que apenas dominan el 8.7 por ciento del territorio, admite el Observatorio Sirio de Derechos Humanos con clara vocación pro-occidental.

El mapa de las fuerzas combatientes se esclarece: las facciones anti-Assad, incluidas las más radicales, están atrapadas en Idlib, en la región noroeste. Esperaban una ofensiva gubernamental en septiembre, pero no se realizó tras un acuerdo entre Rusia, principal aliado de Damasco, y Turquía, que respalda a algunos rebeldes.

Las aún fuertes Fuerzas Democráticas Sirias controlan casi el 28 por ciento de Siria, pertrechadas en el noreste. Esa posición ventajosa les permite reivindicar más autonomía a los kurdos. En cuanto a las milicias del Estado Islámico (EI) su presencia apenas llega al 2.2 del territorio, por lo que ya no representan una amenaza para Al-Assad.  En todo caso, el objetivo del presidente sirio es recuperar el control de todo el país.

Inminente derrota yanqui

A ocho años de que Occidente desplegara su fuerza para cambiar el régimen en Siria, en su reciente comunicado, el Departamento de Estado estadounidense suma a la arrogancia, el fuerte olor de la derrota. Aunque ahora EE. UU., Reino Unido, Alemania y Francia abogan por una “salida negociada” al conflicto, “no consideraremos suministrar o dar ninguna ayuda para la reconstrucción hasta que un proceso creíble, sustantivo y genuino esté en marcha de forma irreversible”. Además, proponen “consolidar” las ganancias logradas tras liberar del EI a gran parte del territorio, pero exigen rendición de cuentas por los “crímenes cometidos en la contienda”.

Aunque en diciembre de 2018 Donald John Trump anunció el retiro de sus dos mil tropas en Siria, tras proclamar la derrota del EI, el 15 de marzo, su enviado especial ante la Coalición Global de 70 países contra el EI, James Jeffrey reconoció en Bruselas que en Siria e Irak permanecen cerca de 20 mil milicianos de ese grupo.

Años de sangre y destrucción

Marzo 2011 Revoluciones de Colores en Medio Oriente. Bashar Al-Assad anuncia reformas, pero la oposición persiste en movilizarse según el plan de Occidente.

Febrero 2011 Inicia la guerra civil. En Homs, el ejército sirio contiene el avance de la oposición armada y entrenada por extranjeros.

Junio 2013 Occidente crea la narrativa de un ataque químico del ejército sirio y afirma que hay más de mil 300 muertos. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) no confirma el hecho ni la autoría de las fuerzas de Al-Assad.

Junio 2014 Se estanca la agresión occidental y el EI reivindica su califato en casi la mitad del territorio sirio. EE. UU. lidera la Coalición Internacional que no derrota a ese adversario.

Sept-Nov 2015 Palmira cae ante el EI. Para combatirlo, Rusia se alía con Siria, pero los mercenarios de Occidente alegan que esa alianza es contra ellos.  Tras ataques en París, el enclave del EI en Raqqa es bombardeado por Francia.

Sitio de Alepo 2016 El ejército sirio asedia la zona Este de esa ciudad que controlan mercenarios; en diciembre se rinden; Occidente denuncia una situación “humanitaria crítica”.

Abril 2017 Supuesto ataque gubernamental con gas sarín en el poblado de Jan Sheijun, en Idlib, que controlan mercenarios. En represalia, EE. UU. bombardea posiciones del ejército sirio.

Por eso a Washington preocupa el eventual resurgimiento del EI, que pese a no tener un califato “es capaz de funcionar como organismo terrorista e insurgencia de bajo nivel en parte de Irak”. Por tanto, Jeffrey contradijo a su presidente y anunció que “no hay calendario” para salir de Siria.

Sin embargo, cada vez más dentro y fuera de EE. UU. se acepta el fracaso del plan occidental para diseñar un Medio Oriente a su conveniencia. En un singular rasgo de transparencia, diarios y televisoras de la prensa estadounidense incorporan en sus enfoques las señales de la derrota.

Algunos admiten incluso la consolidación del gobierno de Al-Assad y la incapacidad de Washington para mantener el respaldo de sus aliados. En su extenso artículo El mundo aprende a vivir con Assad, The Washington Post (TWP) admitió ese fracaso.

Con base en conclusiones de expertos en Medio Oriente, ese medio, afín al poder estadounidense, dijo que es un hecho el fin de la ofensiva contra posiciones “rebeldes” que por casi cinco años cercaron Damasco.

The Washington Post cita a Steven Simon, exfuncionario del gobierno de Barack Obama, quien pese a su admiración a los mercenarios, acepta que “el régimen sirio ha mantenido su valor durante toda la guerra civil, incluso cuando la oposición eliminó a casi todo el gabinete de guerra sirio, en 2012, con una bomba, e incluso cuando en la primavera de 2015 caían Palmira y Jisr al-Shughour ante los rebeldes que, además, sitiaban Alepo”.

La prensa independiente examina la actitud del presidente sirio. Al-Assad ha sobrevivido a todas las amenazas y ofensivas de los gobiernos de Barack Obama y Donald Trump. Sorteó el plan encubierto de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) para armar a “rebeldes” y “opositores moderados”, escribió Leonel Nodal en Juventud Rebelde.

Al-Assad “resistió ataques de misiles estadounidenses contra aeropuertos sirios. Y cuando arreciaba la campaña de fake news, el ejército sirio avanzó para recuperar zonas estratégicas”.

Presión estadounidense al Gobierno de México

Al arreciar el conflicto en Siria aumentó la presión de élites pro-estadounidenses para que el gobierno de México se aliara a EE. UU. En septiembre de 2015, la campaña mediática instó a repetir la gesta de Lázaro Cárdenas para admitir a cientos de republicanos españoles tras la Guerra Civil.

Meses después nació el Proyecto Habesha, vocablo africano de solidaridad sin importar religiones u origen. Hoy se sabe que la Secretaría de Gobernación había aceptado acoger a dos mil refugiados sirios, aunque al final solo recibió a seis jóvenes de clase-media alta que, según la despistada prensa, “huían de la guerra”. Entre 2016 y 2017 llegaron para estudiar en universidades privadas como la Iberoamericana y el Tecnológico de Monterrey.

Esta acogida contrastó con el veto impuesto por el presidente estadounidense Donald Trump a refugiados y miembros de países mayoritariamente musulmanes. La primera siria en llegar fue Karam Darwish, con Maestría en Administración; la siguieron Samah Abdulhamid, de 26 años, estudiante de Bellas Artes; así como los estudiantes Hazem Sharif, de Administración de Empresas y Zain Ali, de Medicina. A su vez, Tamer Abu Mansour y Essa Hassan que estudiarían Comunicación.

Entrevistado por medios británicos y rusos, Al-Assad ha reiterado sus llamados a EE. UU. para que retire sus tropas de Siria. Incluso ha afirmado que, sin interferencia externa, en un año, Siria normalizará la situación.

Liderazgo de Rusia

En su reflexión titulada Totalmente fallida la política estadounidense en Siria. Hay que agradecerlo, el columnista internacional de la revista Salon, Patrick Lawrence, desmenuza el futuro de la región. Al pasar revista a la reunión entre Vladimir Putin y Bashar Al-Assad en noviembre de 2017, Lawrence sugiere “un nuevo orden en Medio Oriente”.

Putin y Bashar se reunieron en el otoño de 2015, tras el hartazgo de Rusia del apoyo estadounidense a radicales islámicos a cambio de expulsar del poder a Al-Assad. Hoy existen realineamientos ante el predecible fin de la guerra en Siria; de ahí que, en el balance general, Rusia tenga un récord más que positivo.

Nadie le cuestiona su liderazgo para concretar la paz en un acuerdo político aceptable en Siria. Los países árabes asumen esa nueva visión. Hay señales en ese sentido en el rey Salman de Arabia Saudita; y Turquía ha sugerido que reconsiderará su membresía en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Teherán ha fortalecido sus antiguos lazos con Moscú dentro de una amplia red de acuerdos diplomáticos, políticos, económicos, industriales y financieros. Ante esta situación, el propio primer ministro israelí Benjamin Netanyahu ha incluido a Putin en su órbita.

Para los expertos, el objetivo real de la lucha de Moscú al lado de Al-Assad es el que Washington comprenda que ha terminado la era en que cambiaba de regímenes a su antojo. El primer movimiento del Kremlin en ese sentido surgió tras el golpe de Estado en Ucrania, que respaldó EE. UU. en febrero de 2014. Dieciocho meses después cayeron las primeras bombas rusas sobre posiciones del EI y otras fuerzas anti-Damasco apoyadas por Washington.

Al final EE. UU. ha fracasado, tanto en Ucrania como en Siria. Y aunque es evidente que Rusia, Irán y Siria no están dispuestos a tolerar la injerencia estadounidense, es impreciso si EE. UU. saldrá totalmente del país y desmantelará sus bases temporales e ilegales.