¡ALERTA! Se reactiva el Comando Sur

La potencia hegemónica en América Latina profundiza la integración entre los ejércitos de América Latina y el Comando Sur (SouthCom) estadounidense.

Nydia Egremy

2019-03-18
Ciudad de México

La potencia hegemónica en América Latina profundiza la integración entre los ejércitos de América Latina y el Comando Sur (SouthCom) estadounidense. Esta red de pactos, de alcance inconfesable, tiene la mira puesta en Venezuela, Cuba, Bolivia y Nicaragua, a cambio de dádivas indignas para los gobiernos y los altos mandos de los países latinoamericanos. La progresiva presencia de oficiales del Comando en esos “Estados socios” se traduce en la militarización de la seguridad y la defensa regional. México ha aceptado compromisos con esa entidad sin obvio beneficio para sus intereses nacionales; urge revisarlos con lupa para no perder soberanía ni ser un peldaño más en la escalada contra naciones hermanas.

Discretamente, sin llamar la atención de analistas y medios de prensa, el Ejército Sur de Estados Unidos (Comando Sur o SouthCom) reunió en los primeros días de febrero de este año a militares de 18 países del continente en su base de San Antonio-Fort Sam, en Houston, Texas. Fue en el marco de la Conferencia de Ejércitos Americanos (CEA), donde el comandante del Comando Sur, general de división Mark Stammer, urgió a “fortalecer la interoperatividad de los aliados contra amenazas regionales”.

Ese encuentro ocurrió 10 días después de que la autoproclamación de Juan Guaidó como Presidente Encargado de Venezuela agudizara la grave tensión política existente en ese país. Ante esa acción política, respaldada por Washington, resultó obvio que los mandos latinoamericanos en la CEA fueron invitados a compartir la estrategia ofensiva de su anfitrión.

El Comando Sur es la fuerza militar más poderosa de América Latina y ahora fortalece su presencia e influencia entre los “Estados socios”. Sus mandos ya no solo ejercen funciones castrenses sino diplomáticas, encubiertas con supuestas tareas de cooperación en desastres y ayuda humanitaria. Al influir en políticas que militarizan la seguridad y la defensa, esos oficiales logran que los gobiernos sacrifiquen sus presupuestos de programas sociales.

En la cumbre de Houston, los 26 miembros de la CEA se comprometieron a combatir en conjunto las amenazas mediante el uso del concepto clave “interoperabilidad”. El general Stammer ofreció: “Con esfuerzo de equipo e iniciativas prácticas en planificación y ejecución, seremos más interoperables”.

Para que las naciones de la CEA mejoren esa interoperabilidad, redactarán una “guía de amenazas” con base en “la doctrina estadounidense”. De esa forma, los ejércitos de los países socios coincidirán con la prioridad del Programa de Actividades 2019 del Comando Sur, que es “diseñar estrategias preventivas”.

Y una estrategia preventiva de EE. UU. para conseguir sus objetivos en Venezuela es cooptar a la alta oficialidad del Ejército bolivariano. Por ahora ha sido derrotado el plan de la intervención militar, pues hasta el Grupo de Lima e incluso el vicepresidente brasileño lo han rechazado.

No obstante, el vicepresidente estadounidense Mike Pence insiste en afirmar que miles de soldados venezolanos han desertado masivamente. Sin embargo, de ser ciertas las noticias de la prensa corporativa, ni siquiera un cinco por ciento de los oficiales del Ejército bolivariano ha abandonado filas.

Los analistas Walter Formento y Wim Dierckxsens no ven imposible que algunos miembros de las fuerzas armadas demuestren “capacidad de maniobra, al fingir desertar, y así enterarse de qué, cuándo y dónde” prepara el imperialismo sus acciones.

¡SABOTAJE!

Todo quedó en silencio: las computadoras dejaron de funcionar, el metro de Caracas se detuvo en hora “pico”, las transmisoras callaron, se interrumpió el servicio ABA de Cantv y quedó en vilo la vida de miles de pacientes en hospitales públicos y clínicas privadas. Eran las 4:30 del jueves siete de marzo y entró en operación la fase de sabotaje de las fuerzas reaccionarias contra el gobierno bolivariano.

Mientras se trabajaba para reactivar el servicio en la central hidroeléctrica Guri, que surte el 74 por ciento de energía del país, el Ministro de Energía confirmó que se trataba de un ataque. A la 13:30 se logró restablecer el servicio pero un nuevo ataque, ahora de orden informático, suspendió de nuevo el suministro hasta avanzado el lunes 11.

Los autores intelectuales y materiales del ataque terrorista buscaron crispar los ánimos ciudadanos, desmoralizarlos y afectar al mayor número de personas para crear un escenario de descontento. Reducir de inmediato la movilidad de miles de personas, trabajadores, profesionistas y estudiantes fue su objetivo genocida. En la primera noche posicionaron la etiqueta #SinLuz como cuarta tendencia mundial. Tal arrogancia evidenció la cuidadosa planificación del ataque.

Misión: pactar alianzas

La misión real de este Comando consiste en auxiliar a Estados Unidos para que recupere su hegemonía en Sudamérica. Con base en Doral, Florida, es uno de los diez Comandos Combatientes Unificados de la superpotencia. Su alcance llega a todo el espacio terrestre, aéreo y marítimo de Centroamérica, el Caribe y Sudamérica.

INTEROPERABILIDAD

Hoy la región atestigua el continuo desarrollo de ejércitos que desplazan al poder civil. Aunque las fuerzas armadas de Brasil, Canadá, Argentina, Perú, Colombia, Chile, Uruguay, Paraguay y Surinam son aliadas, EE. UU.  quiere más. En agosto de 2018, el entonces secretario de Defensa, Jim Mattis, declaró: “Vemos a América Latina como vecino; algunos dicen que no le prestamos atención y podría ser cierto, pero no en lo militar”.

Al visitar la región insistió en expandir la cooperación. Hoy el Comando Sur volvió a actuar con Ecuador “hacia una renovada sociedad militar” y hace lo mismo con El Salvador, Panamá, Honduras, Guatemala, Trinidad y Tobago y Jamaica.

En un gesto de diplomacia suave, el Comando participó en la XX Feria Aérea y del Espacio en Chile, en abril de 2018. Por primera vez un F-35 aterrizó en América Latina y aviones de combate F-22 Raptor, F-35 Lightning y B-52 Stratofortress mostraron su poderío.

A la par de esos “inocentes” actos en ferias, aumentaron los ejercicios conjuntos. En julio, la Fuerza Aérea de EE. UU.  y la de Colombia iniciaron este tipo acciones, para luego replicarlas con el ejercicio Nuevos Horizontes en Meteti, Panamá, y otro denominado PANAMZ con la participación de las fuerzas aéreas de 12 naciones.

En septiembre, también en Colombia, el Comando emprendió el Ejercicio Internacional de Búsqueda y Rescate; en noviembre, 130 pilotos estadounidenses realizaron con Brasil el Ejercicio de Combate Aéreo CRUCEX. Para analistas pro-estadounidenses como Alejandro Sánchez, del Centro de Seguridad Marítima Internacional, la región debe realizar “ejercicios más grandes como los de EE. UU. - OTAN”.

Este 2019, el Comando Sur intensificará la interoperabilidad en la región. El jefe del cuerpo recibió la visita del presidente de Panamá, Juan Carlos Varela; y en febrero informó al Comité del Senado de Servicios Armados sus “preocupaciones e iniciativas” para lograr más fondos en el año fiscal 2020. Ahí urgió a expandir la sociedad militar regional “ante la creciente influencia de China y Rusia”.

En Brasil, Stammer llamó a fortalecer “la cooperación bilateral en seguridad”, mientras el comandante de las fuerzas militares de Colombia, Luis Navarro Jiménez, iniciaba el ejercicio Sociedad del Sur. Dos días después, envió helicópteros Chinook artillados de la base aérea Soto Cano, Honduras, a la jungla para “mantener la capacidad de combate en Belice”.

 Sus seis directorios brindan planes de contingencia, organizan operativos y cooperación de seguridad. Entre otros, les atañe la defensa del Canal de Panamá y la vigilancia de estrechos estratégicos. De ahí que su prioridad sea “fortalecer la sociedad” con los gobiernos aliados.

Tras las elecciones venezolanas del 20 de mayo, los estrategas del Pentágono y del Departamento de Estado desataron la turbulencia regional. Y cuando el Ejecutivo estadounidense arreció su ofensiva retórica contra el gobierno bolivariano, Washington se ensambló con sus aliados locales a fin de que se reposicionaran y se pusieran en marcha los procesos agresivos: pactos policiaco-militares, acuerdos militares regionales y bloqueos económico-financieros.

 Para el capital corporativo y su brazo armado, el Comando Sur, Venezuela es el epicentro de la estrategia de su recuperación y el “disciplinamiento continental”. Así, ese Estado funge como teatro de operaciones a repetir en otros países y regiones, explican los expertos del Observatorio Latinoamericano de Geopolítica, Ana Esther Ceceña y David Barrios.

Esa estrategia de “disciplinar” a Estados no gratos, combina en distintos ritmos e intensidad nuevos elementos a cada momento, para potenciar el resultado deseado. Eso complica la comprensión del fenómeno y la capacidad de respuesta del pueblo afectado, afirman los analistas en El sueño hemisférico.

En este contexto, millones de latinoamericanos atestiguan golpes parlamentarios, colaboraciones militares permanentes, adoctrinamiento psico-político y escenarios de estados de excepción. El objetivo imperial es reducir espacios para la resistencia y así inducir una política de sometimiento a la hegemonía de Washington.

Para lograrlo se recurre a operaciones desestabilizadoras como el lawfare, vocablo que el general de la Fuerza Aérea de EE. UU., Charles J. Dunlap, definió, hace una década, como “un método de guerra donde la ley se usa para conseguir un objetivo militar”.

Eso implica el uso de sabotajes para provocar desabasto alimentario y sanitario; cortes en servicios de agua, electricidad, comunicaciones; grupos de choque (guarimbas); la aplicación de sanciones y bloqueos económico-financieros, además de la desestabilización con operativos lawfare, juicios y golpes parlamentarios. Esto sucedió exactamente el ocho de marzo, con el corte eléctrico en Venezuela.

En el plano exterior implica la cooperación en inteligencia, ejercicios militares interestatales y colaboración de fuerzas regulares con mercenarios (contratistas) en fuerzas de tarea conjuntas. A la vez se modernizan bases militares y aumentan presupuestos de seguridad y defensa. En ese contexto se dio la Conferencia del Comando Sur de Texas.

Días antes, el secretario del Consejo de Seguridad ruso, Nikolái Patrushev, denunció que EE. UU. “con sarcasmo y arrogancia hacia el pueblo venezolano, prepara su intervención militar en ese Estado soberano”.

En entrevista con el diario Argumenti i Fakti, el experto añadió que Fuerzas de Operaciones Especiales de EE. UU. se habían trasladado a Puerto Rico y Colombia. Ambos hechos indican que el Pentágono reagrupa fuerzas en la región para usarlas en una operación para derrocar al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro.

México en el SouthCom

En la estrategia continental estadounidense, México es una pieza muy valiosa. Si en la primera década del año 2000 los altos mandos de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) se opusieron rotundamente a incorporarse al Comando Norte (NorthCom), hoy casi en secreto han tejido vínculos muy cercanos con el Comando Sur.

Así lo confirma la Conferencia de Cooperación contra Amenazas Trasnacionales, coauspiciada entre México y el Comando Sur en Cozumel, el 24 de abril de 2017. Su objetivo era aumentar la cooperación regional ante supuestas o reales amenazas. Ahí, el entonces jefe del cuerpo, almirante Kurt W. Tidd, explicó que la evolución de los desafíos de seguridad en Centroamérica “amenazan la seguridad más allá de esa región y exigen una atención unificada”.

El que quizás sea el compromiso más estratégico –y poco explicado– entre México y el Comando Sur es el de Seguridad Marítima, que data del 19 de enero de 2018. Hábil, la superpotencia maniobró para que Colombia y México figuraran previamente como los postulantes de una política para fortalecer “la seguridad marítima” de la región.

En el marco del Segundo Encuentro Multinacional de Seguridad Marítima en Miami, el Secretario de Marina de México firmó una Carta de Intención con ese comando. En ésta se contempla “proteger la soberanía de las aguas territoriales y la Zona Económica de cada nación”. Y advierte que corresponde a EE. UU. “cubrir las aguas internacionales” en su combate al crimen internacional.

Este compromiso, asumido también por el Comandante de la Marina colombiana y los jefes de los Comandos Norte y Sur de EE. UU., define líneas y procedimientos “de interdicción marítima, compartir información por canales adecuados y ofrece disponibilidad de unidades de respuesta inmediata”.

Como estos acuerdos son vinculantes con la Seguridad Nacional de México, cabe preguntar cuál será la respuesta del Ejecutivo Federal ante un escenario hostil en la región. Por ejemplo, que EE. UU. decidiese intervenir militarmente en Estados con los que México mantiene relaciones diplomáticas y acuerdos de seguridad, económicos y financieros.

Para la doctora Ceceña, la relación castrense entre México y EE. UU. transita hoy por una ruta “absolutamente atípica” con la elección y presidencia de Andrés Manuel López Obrador, pues podría marcar algunos cambios de rumbo geopolítico. No obstante, la profundidad de los compromisos con el Comando Sur hace temer una alineación más tácita que expresa.