Conocer para transformar el mundo

El neoliberalismo postula al pasado como una imagen eterna; se limita a justificar los acontecimientos porque así han sido; no hay reflexión, ni crítica

Betzy Bravo

2019-03-18
Ciudad de México

Apoderarse del conocimiento histórico es uno de los objetivos políticos más importantes, dado que legitima las acciones que llevamos a cabo en el presente; es decir, la historia es un botín político que reivindica los hechos del hombre.

Hay dos modos opuestos con los que puede concebirse el conocimiento histórico: 1) Considerar la historia como un objeto que podemos conocer de una manera bien delimitada y estática; o sea, como algo inmutable a través del tiempo; esta forma funge como un estandarte que exhibe el desarrollo histórico en donde el presente es efecto necesario del pasado y el pasado es solo el blasón que anuncia al presente: se trata solo de un sentido ascendente y progresivo; es decir, no hay modo de proponer un cambio de rumbo de lo que se vive, pues lo que nos antecede se considera como mero recordativo. Esta apropiación del pasado caracteriza al fascismo y a la modernidad capitalista. 2) Conocer la historia y entender cómo se conecta con el presente de tal forma que seamos capaces de tomar decisiones con un mínimo margen de error; en este caso hay una tensión u oposición entre ambos tiempos; no hay linealidad, puesto que el pasado interfiere de manera práctica en el presente y éste con el futuro; entonces la historia se estudia para transformar la realidad: se estudia el pasado no solo como un hecho rememorativo sino como fundamento para actuar.

El neoliberalismo postula al pasado como una imagen eterna; se limita a justificar los acontecimientos porque así han sido; no hay reflexión, ni crítica y, por tanto, no se toman acciones que intervengan en favor de las mayorías. Sin embargo, la realidad no es perenne: se han dado saltos revolucionarios en nuestra historia que han transformado al mundo. Hace 150 mil años surgió nuestra especie, cuyos avances culturales se vieron con gran esplendor hace unos 40 mil años, con una variedad técnica y artística sin precedentes. Esto confirma la herencia teórica que Marx y Engels dejaron hace 150 años. Su vigencia contrasta evidentemente con teorías como la de Francis Fukuyama, quien hace 27 años declaró la perennidad del neoliberalismo en su famoso libro El fin de la historia y su último hombre.

El arte está circunscrito a este contexto: hace evidentes los anhelos del hombre por conseguir la eternidad; de hecho, en alguna medida la consigue, pues las grandes obras de arte han perdurado a través de milenios; entre la fugacidad del mundo hallamos un resquicio de eternidad que solo puede brindar el arte. Sin embargo, ni siquiera la perennidad del arte es absoluta; el arte ha ido muriendo; en el sistema capitalista se ha convertido en un objeto de mero entretenimiento en donde no hay crítica ni representaciones sociales o históricas. Por el contrario, hallamos obras ad hoc con el historicismo: no hay reflexión sino representaciones absurdas de artistas como Ai Weiwei o Marcel Duchamp.

Pero no es suficiente inconformarnos con el estado actual del arte; es necesario actuar políticamente para darle un mejor rumbo; debemos construir un sistema verdaderamente social en donde las obras de arte sean creadas y valoradas por el público como lo que deben ser: una vía que nos conecta con lo que ha acontecido, que nos da la posibilidad de tomar no una actitud pasiva, sino de crítica consciente, que sea, pues, conocimiento crítico que sirva para pronosticar el futuro y transformar un mundo mejor.