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Charles Darwin publicó en 1859 el libro que se convertiría en su obra cumbre: El origen de las especies, que incluía las observaciones que había empezado a realizar

Daniel Manzanares

2019-03-18
Ciudad de México

Charles Darwin publicó en 1859 el libro que se convertiría en su obra cumbre: El origen de las especies, que incluía las observaciones que había empezado a realizar durante su viaje de cinco años a bordo del barco Beagle. En esta obra plantea que el mono y el ser humano comparten un antepasado común y que de éste descienden sus linajes actuales. Esta teoría evolucionista contrastó con la hasta entonces dominante teoría creacionista que proponía el origen divino e inmutable de las especies. La intrépida afirmación causó tal revuelo, que en una reunión cortesana en la que se debatían ambos puntos de vista, una mujer perdió el conocimiento y cayó desmayada.

Gracias a los avances en la ciencia y a los adelantos tecnológicos alcanzados el siglo pasado, los científicos pudieron calcular la edad de la Tierra en cuatro mil 600 millones de años y determinar que cuando el planeta se formó no hubo las condiciones necesarias para que hubiera vida en su superficie y que, por lo mismo, durante varios millones de años permaneció inhabitado. Los restos fósiles más arcaicos tienen una antigüedad aproximada de tres mil 500 millones de años, aunque se cree que antes existieron entidades primarias capaces de auto-replicarse que evolucionaron y se diversificaron para dar origen al gran abanico de organismos que actualmente existen. Esos entes, aún desconocidos, habrían vertido en un primer ser vivo que los investigadores han nombrado Último Ancestro Universal Común, (LUCA) por sus siglas en inglés.

Para entender y clasificar la vida, los científicos actuales han recurrido a la secuenciación genética, han dilucidado el genoma humano y el de otros organismos como algunas bacterias, insectos, aves, peces y un sinfín de mamíferos. Los resultados han arrojado resultados impresionantes y todos, sin importar sus diferencias morfológicas, comparten rastros moleculares (genes y proteínas codificados en el ADN y ARN); funciones metabólicas como la utilización de glucosa (azúcar) para obtener energía celular; respuestas a estímulos externos e incluso, en un nivel más general o universal, a una misma composición química, pues todos los seres vivos estamos formados con moléculas que dependen de la química del carbono. Con estos datos se ha logrado modelar un árbol genealógico ancestral en el que todas las especies de las que se tiene registro forman una rama. Algunas siguen creciendo y otras se detuvieron. En esta analogía, LUCA sería algo así como la raíz del árbol de la vida.

Los científicos imaginaron que el organismo primigenio sería mucho más simple que aquellos que conocemos actualmente; debido a esto, las comparaciones genómicas prontamente se dedicaron a buscar la cantidad mínima de genes que son necesarios para mantener una célula activa y, en consecuencia, fueran compartidos por los tres dominios que conforman la vida: bacteria, arquea y eucaria (organismos eucariontes, con células nucleadas). Las investigaciones siguen activas y el debate se ha ampliado; entre los mismos evolucionistas hay quienes consideran improbable la reconstrucción de LUCA y la discusión ancestral sobre el origen de la vida sigue vigente.

Con todo esto, los que nos dedicamos al estudio de la vida y sus procesos, podemos afirmar con seguridad que la diversidad biológica es producto de un larguísimo proceso evolutivo regido por la selección natural y las mutaciones que dan origen a cambios, que en algunos casos resultan beneficiosos y en otros, no. Si resultan favorables para el organismo, éste tiene mayores probabilidades de supervivencia y reproducción, perpetuando así estas nuevas características. Concluimos: todo ser vivo proviene de otro ser vivo; las especies distintas tienen ancestros comunes y, por tanto, todos los seres vivos tenemos un origen único y ancestral al que podemos llamar LUCA.