JOSÉ GOROSTIZA.

Nació en San Juan Bautista, hoy Villahermosa, Tabasco, el 10 de noviembre de 1901. Murió en la Ciudad de México el 16 de marzo de 1973. Su vida se repartió entre la literatura y el servicio público.

Redacción

2019-03-11
Ciudad de México

Nació en San Juan Bautista, hoy Villahermosa, Tabasco, el 10 de noviembre de 1901. Murió en la Ciudad de México el 16 de marzo de 1973. Su vida se repartió entre la literatura y el servicio público. Junto a Villaurrutia y Pellicer, fue uno de los miembros más destacados del grupo “los Contemporáneos”, movimiento que trató de recuperar el carácter universal de la poesía. Gorostiza representa la tendencia puramente espiritual, instalada en la belleza formal y el simbolismo. Canciones para cantar en las barcas (1925) y Muerte sin fin (1939) son sus obras más representativas.

 

ELEGÍA

A Ramón López Velarde

Solo, con ruda soledad marina,

se fue por un sendero de la luna,

mi dorada madrina,

apagando sus luces como una

pestaña de lucero en la neblina.

El dolor me sangraba el pensamiento,

y en los labios tenía,

como una rosa negra, mi silencio.

Las azules canéforas de la melancolía

derramaron sus frágiles cestillos,

y el sueño se dolía

con la luna de lánguidos lebreles amarillos.

Se pusieron de púrpura las liras;

las mujeres, en hilos de lágrimas suspensas,

cortaron las espiras

blandamente aromadas de sus trenzas.

Y al romper mis quietudes vesperales

lo gris de estas congojas,

las oí resbalar como a las hojas

en los rubios jardines otoñales.

Apaguemos las lámparas, hermanos.

De los dulces laúdes

no muevan el cordaje nuestras manos.

Se nos murieron las siete virtudes,

al asomar

los finos labios del amanecer.

¡Ponga dios una lenta lágrima de mujer

en los ojos del mar!

NOCTURNO

                                                            A Eduardo Luquín

Esta noche sin luces y esta lluvia constante

son para las historias de aquellos peregrinos

que dejaban el lodo de sus buenos caminos,

cegados por la recia tempestad del instante,

y con paso más firme seguían adelante,

al lucir de los nuevos joyeles matutinos.

Esta noche sin luces aguardo ante mi puerta

los tres toques de aldaba que tocará un viajero,

y, no obstante, podría negarle mi dinero,

el calor de la alcoba o la paz de mi huerta;

pero vendrá a mi casa y al corazón alerta

porque siempre me busca cuando yo no lo quiero.

E iluminado por el espejo que brilla

–todo un campo de luz en las horas morenas–

al vaivén de las manos blancas como azucenas

me contará su historia agradable y sencilla,

y a sus labios, ocultos por la barba amarilla,

ha de fluir el canto mortal de las sirenas.

Ya no podré vencerle, ya no tendré la mano

fuerte para arrojarle de mi casa tranquila,

si apenas el relámpago negro de su pupila            

le da el pequeño orgullo de llamarme su hermano,

mientras retiene un poco del cielo de verano

la lluvia pescadora con sus redes en fila.

Pero tú, que de nobles éxtasis te revistes,

no abras nunca la puerta para dar hospedaje.

Ten el oído sordo cuando ceda un ramaje

bajo la taciturna pisada de los tristes,

o busca el más secreto bálsamo si resistes

a no probar el ímpetu fantástico del viaje.

LA CASA DEL SILENCIO…

La casa del silencio

se yergue en un rincón de la montaña,

con el capuz de tejas carcomido.

Y parece tan dócil

que apenas se conmueve con el ruido

de algún árbol cercano, donde sueña

el amoroso cónclave de un nido.

Tal vez nadie la habita

ni la quiere,

Y acaso nunca la vivieron hombres;

pero su lento corazón palpita

con un profundo latir de resignado,

cuando el rumor la hiere

y la sangra del trémulo costado.

Imagino, en la casa del silencio,

un patio luminoso, decorado

por la hierba que roe las canales

y un muro despintado

al caer de las lluvias torrenciales.

Y en las noches azules,

la pienso conturbada si adivina

un balbucir de luz en sus escaños,

y la oigo verter con un ruido

ya casi imperceptible, contenido,

su lloro paternal de tres mil años.

LA LUZ SUMISA

Alarga el día en matinal hilera

tibias manchas de sol por la ciudad.

Se adivina casi la primavera,

como si descendiera

en lentas ráfagas de claridad.

La luz, la luz sumisa

(si no fuera

la luz, la llamaran sonrisa)

al trepar en los muros, por ligera,

dibuja la imprecisa

ilusión de una blanda enredadera.

¡Ondula, danza y trémula se irisa!

Y la ciudad, con íntimo candor,

bajo el rudo metal de una campana

despierta a la inquietud de la mañana,

y en gajos de color se deshilvana.

Pero puso el Señor,

a lo largo del día,

esencias de dolor

y agudo clavo de melancolía.

Porque la claridad, al descender

en giros de canción,

enciende una alegría de mujer

en el espejo gris del corazón.

Si ayer vimos la luna, desleída

sobre un alto silencioso de montañas...

si ayer la vimos derramarse en una

indulgencia de lámpara afligida,

y duele desnatar en las pestañas

el oro de la luna.

ESPEJO NO: MARCA LUMINOSA...

Espejo no: marca luminosa,

marca blanca.

Conforme en todo al movimiento

con que respira el agua

¡cómo se inflama en su delgada prisa

marea alta

y alumbra –qué pureza de contornos,

qué piel de flor– la distancia,

desnuda ya de peso,

ya de eminente claridad helada!

Conforme en todo a la molicie

con que reposa el agua,

¡cómo se vuelve hondura, hondura,

marea baja,

y más cristal que luz, más ojo,

intenta una mirada

en la que –espectros de color– las formas,

las claras, bellas, mal heridas, sangran!