Carta abierta a la feminista Estefanía Veloz

Comenzaré citando el famoso poema Ellos vinieron de Martin Niemöller, frecuentemente atribuido al genial dramaturgo alemán Bertolt Brecht:

Tania Zapata Ortega

2019-02-19
Ciudad de México

Comenzaré citando el famoso poema Ellos vinieron de Martin Niemöller, frecuentemente atribuido al genial dramaturgo alemán Bertolt Brecht:

 

Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas,

No dije nada,

yo no era comunista.

Cuando vinieron a buscar a los socialdemócratas,

No dije nada,

yo no era socialdemócrata.

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas,

No dije nada,

yo no era sindicalista

Cuando vinieron a buscar a los católicos,

No dije nada,

yo no era católico.

Cuando vinieron a buscar a los judíos,

No dije nada,

yo no era judío.

Cuando finalmente vinieron a buscarme a mí,

no había nadie más que pudiera protestar.

 

Tú no me conoces, seguramente. No soy una figura pública y mi bajo perfil corresponde al común de las mujeres con las que debes haberte encontrado en esa imprescindible tarea que es construir redes de mujeres que opongan su fuerza de grupo para combatir los efectos de una sociedad desigual, plagada de injusticias en las que los más débiles llevamos la peor parte. Y estoy obligada a creerte cuando aseguras que conoces y participas en muchas fraternidades femeninas. Me presento, soy ciudadana mexicana, tengo 46 años y soy profesionista, hija, esposa, amiga, hermana, sorora, profesora, escritora, amante de los gatos y, por supuesto, antorchista… bonita caricatura que no describe completamente mi esencia.

Sigo creyendo en el feminismo de Sor Juana, Isabella Bomefree, Rosa Luxemburgo, y tantos otros paradigmas feministas; en ese feminismo que, lejos de ser una moda, entendía que para liberarse de la opresión, las mujeres debían luchar no contra el sexo masculino, sino junto a las clases oprimidas para transformar la realidad; en ése, que le dio voto y derechos a las mujeres en casi todo el mundo y que en México nos hace iguales ante la ley; y en el feminismo de todas las mujeres que no se callan las injusticias, que exigen sus derechos sin pisotear los de los demás. Pero como todavía no estoy muerta y la mordaza del totalitarismo disfrazado de izquierda no le queda a mi voz, prefiero ponerme de pie y hablar.

El mito de que a cada hombre “le tocan” siete mujeres, repetido en corrillos y situaciones informales se desmorona en cuanto hablan las estadísticas poblacionales, que hace mucho nos permiten saber que el número de mujeres y hombres está equilibrado, con algunas fluctuaciones irrelevantes. Hoy te escribo de mujer a mujer, pero también me atrevo a hacerlo a nombre de 1.5 millones de mujeres, aproximadamente la mitad de los tres millones de mexicanos organizados en el Movimiento Antorchista Nacional. Hoy escuché sorprendida los argumentos de los participantes en el foro de análisis de Punto y Contrapunto en el que participaste para elevar la voz contra la machacona insistencia del Presidente de la República (sí, ni más ni menos, la máxima figura de autoridad de la nación) de satanizar, descalificar, vilipendiar y linchar mediáticamente a todas las organizaciones de la sociedad civil, a todas, sin excepción. Respetable, correcta, me iba pareciendo la defensa de los comentaristas participantes en torno a la necesidad, legitimidad y legalidad de estas organizaciones para garantizar la salud del tejido social en México, hasta que escuché junto a ti decir a Alfredo Lecona que el Presidente se equivocaba con todas las organizaciones al tacharlas de corruptas, intermediarias y clientelares menos con una: Antorcha; y acto seguido soltó, contundente: Antorcha Campesina es indefendible; así, como si estuviera pronunciando el veredicto un juez medieval, de esos de toga y peluca hasta los hombros y agregó que no metería ni un dedo al fuego para defendernos; es decir, el inquisidor moderno había decidido ya quemar a la bruja en la hoguera.

Pero una vez más, como hace 45 años, ninguno de los cinco  participantes del foro probó una sola de las acusaciones contra la organización en que milito libremente junto a casi tres millones de hombres y mujeres (amas de casa, campesinas, obreras, maestras, profesionistas, intelectuales, artistas y escritoras) que hemos decidido que ésta es la forma que mejor nos conviene para oponer una fuerza que tenga mejores probabilidades de defenderse ante las arbitrariedades del poder; ese instinto gregario que tú también defiendes desde tu trinchera y que ha permitido a la especie humana ser lo que hoy es. Frente a la idealización del Yo, del individuo aislado a expensas de las decisiones del Estado, las mujeres antorchistas, libremente, defendemos nuestro derecho a existir como grupo. Siendo, desde la diversidad, la misma cosa, es decir, ciudadanos mexicanos, el instinto elemental debe decirte que si el poder público, arbitrariamente, y alentado por los medios que te venden el efímero sueño de la fama, “desmantela” a Antorcha, es decir, viola nuestro derecho constitucional a organizarnos, nada le impedirá hacerlo con otros grupos menos grandes y estructurados y que también trabajan bien, honestamente, “como se debe”.

Tú y yo pertenecemos a organizaciones distintas de la sociedad civil, es cierto; y es evidente que no pensamos igual en aspectos concretos de la realidad nacional y mundial; somos, en tanto miembros de organizaciones, distintas en lo particular pero compartimos un denominador común que hoy está en riesgo ante el embate ilegal de la más alta tribuna de la nación. Por eso te llamo, y a través de ti a los espíritus libres de este país, a no permitir que se atente contra el derecho a disentir del poder y se esgriman, para reprimirnos, acusaciones nunca demostradas.

No son ciertas las afirmaciones del Presidente cuando descalifica a todas las organizaciones; y tampoco dice la verdad en relación con Antorcha. Digo que es mentira cuando nos acusa de explotar a los pobres de México, cuando abusa de su cobertura mediática para calumniarnos. Y no lo tengo que probar con palabras, ven a ver lo que hemos hecho en algunos sitios emblemáticos para el antorchismo como Tecomatlán, Huitzilan de Serdán, Chimalhuacán e Ixtapaluca; lee lo que han escrito sobre arte, cultura, filosofía y política, plumas privilegiadas que militan en nuestras filas; mira las escuelas, casas de cultura, auditorios, obras de infraestructura, esculturas, pinturas y hasta un planetario en que se han convertido, bien ejercidos y auditados, los recursos gestionados por Antorcha; y luego rompe el prejuicio que te hace creer que esta impresionante obra de la sociedad civil, de un colectivo honrado, debe ser desmantelada; o si se trata de una mentira que te han hecho creer los que nos quieren convertidos (y, cediendo al lenguaje inclusivo que a algunas les encanta, convertidas) en polvo humano para explotarnos más cómodamente. Si lo haces, te darás la oportunidad de conocernos; si no, solo me queda extender la invitación a las feministas de mente abierta de todo el mundo.