Paul Valéry

Su legado poético conforma uno de los más importantes del Siglo XX, se le considera el mayor representante de la denominada poesía pura.

Redacción

2022-07-31
Ciudad de México

Nació el 30 de octubre de 1871 en Sète, Francia. Este poeta, ensayista y filósofo fue uno de los principales escritores franceses. Su legado poético conforma uno de los más importantes del Siglo XX, se le considera el mayor representante de la denominada poesía pura. Destaca también como pensador; escribió una serie de ensayos que se recogieron en un único volumen titulado Variedad y que contiene estudios literarios, filosóficos, políticos, teoría poética, estética y memorias del poeta; por otra parte, dejó reflejada su filosofía de vida en los Cuadernos, obra que recopila las anotaciones de todo tipo que fue realizando durante cincuenta años en más de doscientos cuadernos. Trabajó como redactor en el ministerio de guerra francés y más adelante como agregado de prensa por la Chartered Company de sir Cecil Rhodes, lo que le obligó a trasladarse durante una temporada a Londres. Allí sufrió una crisis existencial que casi derivó en suicidio y que marcó su vida.

La publicación del poemario La joven parca en 1917, gracias a la insistencia de su amigo André Gide, le otorgó gran prestigio y popularidad. El cementerio marino, tres años después, consolidó su fama como poeta y en 1925 fue electo miembro de la Academia Francesa. Murió en París el 20 de julio de 1945. Su cuerpo se enterró en el “cementerio marino” de Séte, el mismo que inspiró su poema.

 

La joven parca

¿Quién llora allá, si no el simple viento, en esta hora

sola con diamantes extremos?… ¿Pero quién llora,

tan próximo a mí en el momento de llorar?

Esta mano sobre mis trazos que ella sueña rozar,

distraídamente dócil, tiene algún fin profundo,

aguarda de mi debilidad una lágrima que derrite,

y que de mis destinos, lentamente dividida,

en el más puro silencio limpie un corazón roto.

La ondulación me murmura una sombra de reproche,

o, aquí abajo, oculta en sus gargantas de roca,

como decepcionada y bebida amargamente

un rumor de llanto y de contrición…

¿Qué haces, erizada, y esta mano glacial,

y qué gemido de una hoja borrada

persiste entre vosotras, islas de mi seno desnudo?…

Cintilo, aliada a ese cielo desconocido…

El inmenso racimo brilla para mi sed de desastres.

 

Todopoderosos extranjeros, inevitables astros

que se dignan alumbrar al temporal lejano,

yo no sé qué de puro y de sobrenatural;

quienes entre los mortales os sumergís hasta las lágrimas,

esos soberanos estallidos, esas invencibles armas,

y los lances de vuestra eternidad,

estoy sola con ustedes, temblorosa, tras dejar

mi lecho; y por encima del escollo mordido por la maravilla,

interrogo a mi corazón a quien despierta el dolor,

¿qué crimen por mí o sobre mí consumado?…

… O si me persigue el mal de un sueño cautivo,

¿cuándo (el terciopelo de un soplo voló el oro de las lámparas)

con mis fuertes brazos apreté mis sienes

y, largamente, de mi alma contemplé los destellos?

¿Toda? Pero toda mía, amante de mi carne,

endurecida por un escalofrío su extraña extensión,

y en mis dulces lazos, con mi sangre detenida,

me veo verme, sinuosa, y doré

de miradas en miradas, mis profundas florestas.

Perseguía una serpiente que acababa de morderme.

 

¡Qué repleto de deseos, su arrastre!… ¡Qué desorden

de tesoros se desenterraron para mi avidez,

y qué sombría sed de pureza!

¡Vaya trampa!… Al resplandor del dolor restante

me sentí conocida, aún más que lacerada…

En lo más traidor del alma, una punta me nació;

el veneno, mi veneno, me aclara y se conoce:

da color a una virgen enlazada a sí misma,

celosa… Pero, ¿de qué, celosa y amenazada?

¿Y qué silencio habla a mi solo poseedor?

¡Dios! En mi dura herida una secreta hermana

arde, quien se prefiere a la extrema atención.

 

“Mira, no tengo más necesidad de tu raza ingenua,

querida Serpiente… ¡Me enlazo, ser vertiginoso!

Deja de prestarme esa confusión de nudos,

con tu fidelidad que me huye y adivina…”.

¡Mi alma puede sufrir, adorno de la ruina!

Ella sabe, sobre mi sombra alejando sus tormentos

de mi seno, en las noches, morder las rocas seductoras;

Ella sorbe largamente la leche de las ensoñaciones…

deja entonces desfallecer ese brazo de pedrerías

que amenaza de amor mi destino espiritual…

Nada puedes sobre mí que no sea menos cruel,

menos deseable… Apacigua, entonces, calma esas ondas,

llama a esos torbellinos, a esas promesas inmundas…

Mi sorpresa disminuye y están abiertos mis ojos.

No esperaba menos de mis ricos desiertos

que tales aniñamiento de furia y trenza:

sus fondos apasionados brillan de resequedad,

tan lejos, que me adelanto y me altero por ver

de mis infiernos pensativos los confines sin esperanza…

Lo sé… Mi lasitud es ocasionalmente un teatro.

El espíritu no es tan puro que jamás idolatre

su fuga solitaria que alienta la antorcha

sin ahuyentar los muros de su abatida tumba.

Todo puede nacer aquí en lo bajo de una espera infinita.

La sombra misma se somete a cierta agonía,

el alma avara se entreabre, y del monstruo se conmueve

quien se tuerce al paso de una puerta de fuego…

 

Mas, por listo y caprichoso que parezcas,

reptil, oh, vivas contorsiones, todo solícito de caricias,

tan próximo a la impaciencia y de tan pesada languidez,

¿quién eres, vecina de mi noche de eterna duración?

Tú contemplaste dormir mi bella negligencia…

Si peligrosa, inteligente soy también,

más versátil, oh, Tirse, y más pérfida que ellos.

¡Huye de mí! ¡Del negro retorno, retoma el hilo viscoso!

Ve en busca de ojos cerrados para tus danzas masivas.

Desliza hacia otros lechos tus vestidos sucesivos,

cubran otros corazones los gérmenes de su mal,

y que en los anillos de tu sueño animal

aliente hasta la mañana la inocencia ansiosa!…

Yo vigilo, salgo, pálida y prodigiosa,

húmeda toda de llantos que no he vertido,

de una ausencia de los contornos de mortales abrazos

para ella misma. Y despedazando una tumba, serena,

me acodo inquieta y soberana, por ende;

muchas de mis visiones entre la noche y el ojo,

los menores movimientos consultan a mi orgullo.

 

¡Pero temblaba por perder un dolor divino!

Besé esa mordedura fina sobre mi mano,

y no supe más de mi antiguo cuerpo

insensible, que un fuego que ardía sobre mis bordes:

adiós, pensé, yo, mortal hermana mentira…

 

Aprestos para el alma

Aprestos para el alma bajo mi sien tranquila,

muerte mía, oculta niña pero ya bien formada

y tú, sacro disgusto, que tanto me alentabas,

castos alejamientos de lo alto de mi suerte,

fervor, ¿tan solo fuisteis puro, breve transcurso?

Ninguno de los dioses osó enfrentar más cerca,

recibir en la frente su soplo embriagador,

o codiciando el cuajo de la noche perfecta

anheló de los labios el supremo murmullo…

 

Soporté el estallido de la muerte purísima

como aguantara otrora el terrible del sol…

Desesperado el cuerpo, su desnudo arqueaba,

donde, borracha el alma de silencio y de gloria,

dispuesta a liberarse de su recuerdo mismo

espera que golpee al compasivo muro,

corazón que se arruina con misteriosos golpes

y de su complacencia ya tan solo le queda

el último temblor de una hoja, mi presencia…

 

Vana, vana esperanza… ¿Cómo morirse puede

quien llora ante su espejo, queriendo enternecerse?

 

La dormeuse

¿Qué secreto mi amiga quema bajo tu pecho?

¿A través de tu rostro huele el alma de una flor?

¿De qué vano alimento tu cándido calor

hace aquel puro brillo que te alumbra en tu lecho?

 

Sueños, respiración, abolido despecho...

Más fuerte eres que el llanto sosiego vencedor

cuando en tu pleno sueño redondez y temblor

de ese seno enemigo se alzan en acecho.

 

Mujer, montón dorado de sombras y de mimos

tu temible reposo tales dones retrata

lánguida cervatilla buscando los racimos.

 

Que a pesar de tu alma que el infierno encarcela

tu forma el vientre puro con el brazo recata

y mis ojos se abren mientras tu forma vela.