¿Por qué dependemos de los bosques?

Los daños causados al planeta comienzan a pasarnos factura. Las tasas de deforestación han afectado gravemente las distintas funciones de los bosques, además, su papel como regulador del clima está siendo severamente afectado.

Perseo Mendoza Moreno

2022-06-12
Ciudad de México

Los bosques son cruciales para la existencia humana, aportan múltiples servicios a nuestra sobrevivencia, salud y bienestar. Los bosques resguardan los cuerpos de agua, ya que tanto el follaje de la vegetación como la materia orgánica generan una condición que reduce la velocidad del escurrimiento del agua evitando que arrastre consigo el suelo y promoviendo su filtración para recargar los mantos acuíferos. La vegetación también preserva el suelo al generar un sistema de raíces que lo retiene y evita su erosión, incluso los restos de las plantas en descomposición cohesionan las partículas del suelo, actuando como si fuesen un adhesivo y le dan una estructura más estable. Los manglares también cumplen un rol protector en las zonas costeras amortiguando desastres naturales como los tifones y tsunamis.

Los bosques también regulan el flujo de energía y los ciclos químicos. En estos procesos se dan las cadenas tróficas, que transfieren los nutrientes y energía de un organismo a otro. Los ciclos químicos producen y reproducen las moléculas indispensables para la vida. Entre los ciclos más importantes están los del carbono, del nitrógeno y del oxígeno. Actualmente es cada vez más valorado el papel de los bosques como reguladores del ciclo del carbono, incluso ha surgido y está en crecimiento el llamado mercado del carbono, que consiste en comprar el servicio de absorción de carbono de los bosques. En ese mercado, quien emite gases de efecto invernadero compensa sus emisiones comprando bonos que se usan para financiar proyectos en otra parte y que contribuyen a reducir o capturar dichos gases.

Otra de sus funciones más notables es la producción de biomasa. Del bosque se extraen infinidad de productos; maderables, como leña, carbón, celulósicos, escuadría para construcción y mueblería; o no maderables, como resinas, fibras, gomas, ceras, plantas medicinales, tierra fértil y mucho más.

Y por último contamos con sus funciones recreativas, que consisten principalmente en el turismo, lugares de descanso o recuperación; se atrae y promueve el regreso de las personas a los bosques con fines asociados con servicios de recreación y esparcimiento, así como una forma de contrarrestar los efectos de los procesos de concentración, urbanización e industrialización. También han comenzado a usarse para terapias psicológicas y médicas.

Lamentablemente, todos estos servicios ambientales en México y en el mundo están bajo amenaza, y no precisamente por causas naturales; el problema es principalmente de origen antropogénico. Los daños causados al planeta comienzan a pasarnos factura.

Las tasas de deforestación han afectado gravemente las distintas funciones de los bosques. Según el portal Global Forest Watch (GFW), México perdió 4.48 millones de hectáreas de cobertura arbórea de 2001 a 2014, 213 mil hectáreas anuales. Esto representa una disminución del 8.4 por ciento con respecto a la cobertura arbórea de 2000 y equivale a 1.78 gigatoneladas de emisiones de CO2. La deforestación causa emisiones netas de CO2, puesto que los bosques dejan de absorber CO2. Esto, aunado a las emisiones directas de gases de efecto invernadero, llevaron a que la concentración de CO2 en 2020 estuviera 149 por ciento por encima de los niveles preindustriales (ONU, 2021). La deforestación representa aproximadamente el 23 por ciento de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero (más que todo el sector del transporte del mundo) (Colombo, 2020).

Otro de los roles de los bosques que está siendo afectado es su papel como regulador del clima. La reducción de la masa forestal, el daño a los ecosistemas marinos y la quema de combustibles fósiles en el último siglo ha incrementado la temperatura mundial promedio en 0.8° C (Semarnat, 2017). Además, nos enfrentamos a un desastre ecológico en términos de biodiversidad. En el país hay aproximadamente dos mil 581 especies en riesgo, de ellas el 52 por ciento está formado por mamífero; el 51 por ciento por anfibios y el 50 por ciento por reptiles (Argueta, 2020).

La destrucción de los bosques afecta incluso la regeneración y protección de un recurso muy importante, y usualmente infravalorado: el suelo. Un producto de la intemperización de las rocas y la mezcla con materia orgánica que ha venido perdiendo terreno ante el avance de la erosión y la desertificación en muchas partes del mundo. Un recurso sin el cual la producción de alimentos sería imposible.