Horacio Armani, poeta y filósofo

En 2008, Horacio Armani publicaba "El sueño de la poesía", en el que sostiene que con el tiempo las palabras de unos autores caen en el olvido, pero que la poesía debe seguir existiendo mientras el hombre camine sobre la tierra.

Tania Zapata Ortega

2022-05-22
Texcoco, Estado de México

El 31 de mayo de 2013, después de una vida entera dedicada a las letras, a los 87 años fallecía en Buenos Aires, el poeta argentino Horacio Armani, nacido en Trenel, La Pampa, en 1925. “Notable poeta, miembro de la Academia Argentina de Letras, Horacio Armani acredita en su larga trayectoria, su desempeño como Jefe de Extensión Cultural de la Biblioteca Nacional, y luego desde 1958 y durante largos años, Jefe de la Sección Bibliográfica del Diario La Nación. Más de una docena de libros de poesía, fieles traducciones de Montale y Pavese, numerosos premios nacionales y extranjeros hablan de un estilo clásico y refinado con patente propia”: tal es la síntesis que de su trayectoria realiza, en 2004, el poeta y crítico Horacio Semeraro para el número 38 de la Revista de Cultura El Grillo, en la que Armani recuerda sus primeros poemas, escritos a los 10 años, y los primeros que vio publicados a los 17: “por esa época ya había descubierto a Neruda y César Vallejo. Más tarde leí a Cernuda y, desde luego, a Juan Ramón Jiménez”.

En torno a la perfección en la poesía, el cuidado de la métrica, el verso “burilado hasta su máxima expresión”, Armani señala que “lo esencial en la poesía es el ritmo interno: no importa si el verso está mal medido o no. De hecho, poemas como los de Residencia en la tierra, de Neruda, tienen pocos versos bien medidos. Pero si usted lee cualquiera de ellos sentirá el ritmo interno (…) Todo eso, esa forma de versificar, configura un ritmo interno que da fuerza y belleza al poema. Y eso no es métrica pura, es el manejo rítmico de las palabras lo que constituye la música del poema.

En 2008, Horacio Armani publicaba El sueño de la poesía, en el que sostiene que los poetas deben practicar su oficio aun sabiendo que su obra no posee la inmortalidad que se le atribuye; que con el tiempo las palabras de unos autores caen en el olvido, pero que la poesía debe seguir existiendo mientras el hombre camine sobre la tierra.

 

Las grandes antologías están muertas,

cementerios de poetas,

osamentas de poetas,

fantasmas de poemas amados

emergen de sus páginas:

el tiempo ha consumido para siempre sus versos

que están muertos y han muerto su recuerdo

y el mar de sus palabras

y ruedan por las hojas infinitas sus cánticos

sin destino en el tiempo,

tan solos y tan muertos.

Poetas,

las palabras terminan con nosotros,

las palabras que un día creíamos eternas

en el delirio que une la belleza y el sueño,

el dolor y la sed, la pasión del misterio.

Y nosotros yaceremos con ellas

en el polvo de las antologías

cada vez más remotos más solos y más muertos.

Pero la poesía –inasible victoria–

debe continuar

aunque el sueño de la poesía haya acabado.

 

En El viejo poeta expresa su concepción de la función social de la poesía; la comodidad que da a unos poetas la complacencia de los poderosos en contraste con la pobreza, el hambre y la locura que conquista el poeta que elige ser incómodo, independiente y crítico de los vicios de la sociedad.

 

Quizá lo supo alguna vez: adolescente,

despertando a los tumultos de la melodía;

joven, luchando con las trampas de la palabra;

maduro, minado por la decepción y la ironía,

incluyendo en periodos extremos, la belleza

despojada de todo, aislada y alta

como el propio fracaso,

honor de la poesía.

 

Lo supo alguna vez: su destino era un cuarto

encadenado al triunfo del moho y las arañas,

habitación de triste hotel, desorden

de ropas arrojadas, comedero

de polillas, cárcel perfecta

para el antiguo lobo de las musas.

 

Si hubiera enloquecido, como Hölderlin,

pudo haber sido su vejez un éxtasis de sí mismo,

un agua musical que completara

el orden matemático, la poética pura

que admiró en Valéry.

Pero la timidez y el orgullo le forjaron

esos últimos años, sin libros, sin amigos,

mochuelo que en la nada nocturna acostumbraba

su andar de desterrado hacia la muerte.

Alguna vez lo dijo: Yo lo quise,

preparé mi destino, logré mi libertad,

mi ironía fue dardo que ahuyentó complacencias,

la pereza, una herrumbre que detuvo mi obra.

Natural que el rencor de los otros desdeñara su canto,

el puñado de versos memorables que hirieron

a intervalos sus días.

Y raro que hoy lo invoque

(hoy que empieza a crecer la hierba del olvido

sobre los arrasados paraísos de Orfeo),

porque también como ellos solo supe ignorarlo

aunque a veces sus versos volvían a mis noches

repitiendo su coro de belleza y de sombra

para escuchar la vida para encender los sueños

y el corazón, señor de la miseria.

¡Poesía, triunfo errátil, no olvides a tus siervos!