La desintegración del gran relato de la historia, ¿fin de la filosofía de la historia? Parte I/II

La filosofía de la historia tiene un sentido, pero no es, de ninguna manera, el que se vende y reproduce en la literatura moderna o en los miles de medios de enajenación existentes. La lucha de clases no ha desaparecido, ni puede hacerlo.

Abentofail Pérez Orona

2022-05-22
Ciudad de México

Y entonces nos dividieron. Ya no había verdad alguna; el marxismo se mostraba como una ilusión oficialmente derrotada con la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS); el socialismo volvía a ser utópico. Los ideólogos e intelectuales del sistema neoliberal lo desterraron de los libros de historia y lo lanzaron a la sección de ciencia ficción de las librerías. Se le persiguió y calumnió en cada rincón del planeta. Había que expulsar el único gran relato vivo y creíble a como diera lugar. Francis Fukuyama, asesor de la administración del expresidente de Estados Unidos (EE. UU.), Ronald Reagan, fue el encargado de formalizar el fin del gran relato del Siglo XX; doblaron las campanas al compás de El fin de la historia. EE. UU. decretó que no podría existir otra sociedad posible. El neoliberalismo era la etapa final del desarrollo de la humanidad y ésta tendría que conformarse con ello.

“Aunque la profecía de Fukuyama fue desmentida bastante pronto, su variante teórica, la posmodernidad y sus postulados, prosperó, floreció como una sospecha generalizada. Llegó la época del desencanto, de la soledad del ciudadano ante el fin de los ideales colectivos, mentiras peligrosas. ¿Qué valores defender, si todos son relativos? ¿Sobre qué bases emprender una acción transformadora? ¿Qué verdad preferir?” (Evelyne Pieller). Cada quién podía entonces inventar su verdad, crear artificialmente ideas a las que ninguna realidad podría negar por más absurdas que fuesen.

Por más elaborado y complejo que fuera este nuevo postulado, no solo egoísta sino profundamente irracional, el hombre buscaba alternativas de socialización y colectividad. No solo no podía negar su naturaleza: sabía que requería de los demás para existir. El “redescubrimiento” del nihilismo en las universidades, de Arthur Schopenhauer y Federico Nietzsche, no fue suficiente para sofocar ese impulso de comunidad y colectividad. Tampoco entre las grandes mayorías valieron las toneladas de papel desperdiciadas en libros de autoayuda. Pero ¿a dónde irían a buscar la satisfacción de este impulso genérico?

Se crearon formas alternativas de colectividad; los pequeños impulsos se convirtieron en “relatos”. Ya no pertenecías a un partido al que unificaban ideales, principios y una forma de vida común. Ahora un aspecto de la vida individual te permitía llegar a los “otros” aunque fuese superficial y temporalmente. Así aparecieron “clubes de motociclistas”, “hermandades de la bicicleta”; las sectas proliferaron en todo el mundo como consecuencia de la soledad y el aislamiento al que el hombre está sometido en su vida diaria. Aparecieron formas relativamente superiores a estos microrelatos. Se crearon organizaciones en favor de los animales, contra la contaminación, contra la propiedad incluso y parecieron obtener alguna perspectiva de unidad cualitativamente superior.

El gran relato, el único verdaderamente unificador y esencialmente real seguía vivo, pero profundamente escondido en una maraña ideológica. Solo este relato, existente desde los orígenes del hombre “civilizado”, podía trascender razas, naciones, géneros y afinidades; al mismo tiempo se mostraba como salida definitiva a los problemas sociales que hoy parecen, en algunos casos, irreversibles: la unidad de clase, la conciencia de clase y la organización de clase se erigen nuevamente como la contradicción definitiva y antagónica de los males individuales y sociales. La libertad que nos predicaron después de siglos ha demostrado ser la libertad del dinero, la libertad que la riqueza puede comprar; el resto de la humanidad está encadenada a una jornada laboral de la que, por más ilusiones que le siembren, no podrá escapar. La igualdad existe solo en el papel, las leyes obedecen al capital y se subordinan a la riqueza. La seguridad es una ficción, los únicos que la tienen garantizada son quienes la pueden comprar y no solo eso: son ellos precisamente quienes, en un mundo repugnantemente desigual, necesitan multiplicar la protección de sus propiedades y del sistema que las ampara. ¿Qué va a defender el que nada tiene?

El gran relato existe, la filosofía de la historia tiene un sentido, pero no es, de ninguna manera, el que se vende y reproduce en la literatura moderna o en los miles de medios de enajenación existentes. La lucha de clases no ha desaparecido, ni puede hacerlo. Solo a través de ella, la humanidad dejará de ser lo que hasta ahora ha sido: un mundo donde el hombre es el lobo del hombre. Para alcanzar la realización del gran relato es preciso reconocer antes la existencia de la diferencia. Expulsemos la prédica gastada y hoy cínicamente absurda de que los hombres somos iguales. Somos diferentes en muchos sentidos, pero la única diferencia esencial es, precisamente, la diferencia de clase. Ninguna otra nos define; ninguna otra nos determina radicalmente. Con la conciencia de esta unidad de clase, será posible entonces la transformación del mundo y la realidad. Todos los metaversos y las salidas artificiales serán innecesarias; y no solo ignoraremos los escenarios catastróficos que el imperialismo vislumbra en sus distopías hollywoodenses; sino que podremos iniciar la construcción de ese mundo que hoy existe solo en la imaginación de los hombres. Para ello, la idea de partido debe renacer; la unidad ideológica y organizativa nos permitirá alcanzar la transformación que la realidad reclama, tanto en nuestro país como en el resto del mundo.