Conde de Lautréamont

Seudónimo de Isidore Lucien Ducasse, nació en Montevideo, Uruguay. Su obra "Los Cantos de Maldoror" es un canto a la violencia y la destrucción presentada a través de escenas apocalípticas.

Redacción

2022-05-18
Ciudad de México

Reemplazo la melancolía por el coraje, la duda por la certidumbre,

la desesperación por la esperanza, la maldad por el

bien, las quejas por el deber, el escepticismo por la fe, los sofismas

por la frialdad de la calma

y el orgullo por la modestia.

 

Seudónimo de Isidore Lucien Ducasse, nació en Montevideo, Uruguay el cuatro de abril de 1846 mientras su padre era canciller francés en ese país. A los pocos años su familia lo internó en el Liceo de Tarbes en Francia, donde estuvo el resto de su corta vida. En 1868 publicó los primeros cantos de Los Cantos de Maldoror, obra que su editor se negó a publicar por temor a ser acusado de “blasfemia y obscenidad”, esta obra es un canto a la violencia y la destrucción presentada a través de escenas apocalípticas y que fue reivindicada hasta 1920 por los surrealistas (André Breton, Paul Éluard y Luis Aragón).

En 1870 publicó sus Poesías, en la Revue populaire de París; ese mismo año se publicó una edición belga de sus Cantos con apenas 10 ejemplares, que firmó con el seudónimo de “Conde de Lautréamont”. A los pocos meses enloqueció y murió, el 24 de noviembre

 

Poesías (fragmento)

Los gemidos poéticos de este siglo son solo sofismas.

Los primeros principios deben estar fuera de discusión.

 

Acepto a Eurípides y a Sófocles, pero no acepto a Esquilo.

 

No deis muestra de carecer de la más elemental decencia

y del mal gusto hacia el Creador.

 

Rechazad la incredulidad: me causaréis placer.

 

No existen dos clases de poesía; solo hay una.

 

Existe una convención poco tácita entre el autor y el lector,

por la cual el primero se denomina enfermo,

y acepta al segundo como enfermero.

¡El poeta es quien consuela a la humanidad!

Los papeles están arbitrariamente invertidos.

 

No quiero ser mancillado con el calificativo de presuntuoso.

 

No dejaré memorias.

 

La poesía no es la tempestad, tampoco el ciclón.

Es un río majestuoso y fértil.

 

Solamente admitiendo la noche físicamente,

se le ha llegado a aceptar moralmente.

¡Oh Noches de Young!,

¡cuántas jaquecas me habéis causado!

 

Se sueña solo cuando se duerme. Son palabras como sueño,

nada de la vida, paso por la tierra, la preposición tal vez,

el trípode desordenado, quienes han infiltrado

en vuestras almas esa poesía húmeda de languideces,

semejante a la podredumbre.

De las palabras a las ideas solo hay un paso.

 

Las perturbaciones, las ansiedades, las depravaciones, la muerte, las excepciones en el orden físico o moral, el espíritu de negación, los embrutecimientos, las alucinaciones servidas por la voluntad, los tormentos, la destrucción, los trastornos, las lágrimas, las insaciabilidades, los servilismos, las imaginaciones penetrantes, las novelas, lo inesperado, lo que no hay que hacer, las singularidades químicas del buitre misterioso que acecha la carroña de alguna ilusión muerta, las experiencias precoces y abortadas, las oscuridades con caparazón de chinche, la monomanía terrible del orgullo, la inoculación de los estupores profundos, las oraciones fúnebres, las envidias, las traiciones, las tiranías, las impiedades, las irritaciones, las acrimonias, los despropósitos agresivos, la demencia, el spleen, los espantos razonados, las inquietudes extrañas que el lector preferiría no sentir, las muecas, las neurosis, las hileras sangrantes por las cuales se hace pasar la lógica acorralada, las exageraciones, la ausencia de sinceridad, las burlas, las vulgaridades, lo sombrío, lo lúgubre, los partos peores que los crímenes, las pasiones, el clan de los novelistas de tribunales, las tragedias, las odas, los melodramas, los extremos presentados a perpetuidad, la razón impunemente silbada, los olores de los cobardes, las desazones, las ranas, los pulpos, los tiburones, el simún del desierto, lo sonámbulo, turbio, nocturno, somnífero, noctámbulo, viscoso, foca parlante, equívoco, tuberculoso, espasmódico, afrodisiaco, anémico, tuerto, hermafrodita, bastardo, albino, pederasta, fenómeno de acuario y mujer barbuda, las horas borrachas de desencanto taciturno, las fantasías, las acritudes, los monstruos, los silogismos desmoralizadores, las basuras, lo que no reflexiona como el niño, la desolación, el manzanillo intelectual, los chancros perfumados, las nalgas con camelias, la culpabilidad de un escritor que rueda por la pendiente de la nada y se desprecia a sí mismo con gritos alegres, los remordimientos, las hipocresías, las perspectivas vagas que os trituran con sus engranajes imperceptibles, los serios escupitajos sobre los axiomas sagrados, los piojos y sus cosquilleos insinuantes, los prefacios insensatos, como los de Cromwell, la señorita de Maum y de Dumas hijo, las caducidades, las impotencias, las blasfemias, las asfixias, los ahogos, las rabias ante esos osarios inmundos que hacen que enrojezca al nombrarlos, es hora de reaccionar ya contra lo que nos lastima y nos doblega tan soberanamente.

Vuestro espíritu es arrastrado continuamente fuera de sus casillas y, sorprendido en la trampa de las tinieblas, construido con arte grosero por el egoísmo y el amor propio.

Las obras maestras de la lengua francesa son los discursos de distribución en los liceos y los discursos académicos.

En efecto, la instrucción de la juventud es la más bella expresión del deber, y una buena apreciación de las obras de Voltaire (profundizad en la palabra apreciación) es preferible a las obras mismas. ¡Naturalmente!

Los mejores autores de novelas y de dramas desnaturalizarían a la larga la famosa idea del bien, si los cuerpos docentes, conservadores de lo justo, no mantuvieran a las generaciones jóvenes y viejas en el camino de la honestidad y el trabajo.

En su propio nombre, y a su pesar, si es preciso, vengo a renegar, con voluntad indómita y férrea tenacidad, del horrible pasado de la llorona humanidad. Sí: quiero proclamar lo bello en una lira de oro, excepción hecha de las tristezas escrofulosas y de las jactancias estúpidas que descomponen, en su frente, a la poesía cenagosa de este siglo. Pisotearé con mis pies las estrofas agrias del escepticismo, que no tiene razón de ser. El juicio, una vez introducido en la eflorescencia de su energía, imperioso y resuelto, sin oscilar un segundo en las incertidumbres irrisorias de una piedad mal situada, como un procurador general, fatídicamente las condena. Hay que velar sin descanso sobre los insomnios purulentos y las pesadillas atrabiliarias. Desprecio y execro el orgullo y las voluptuosidades infames de una ironía, convertida en rémora, que desplaza la exactitud del pensamiento.

...

La rebelión feroz de los Troppmann, de los Napoleón 1, de los Papavoine, de los Byron, de los Victor Noir y de las Charlotte Corday será mantenida a distancia de mi severa mirada. A esos grandes criminales, de títulos tan diversos, los aparto con un gesto. ¿A quién creen engañar aquí?, pregunto con una lentitud que se interpone. ¡Oh caballitos de presidio! ¡Pompas de jabón! ¡Muñecos de tripa! ¡Cordones usados! Que se aproximen los Konrad, los Manfred, los Lara, los marinos que se parecen al Corsario, los Mefistófeles, los Werther, los Don Juan, los Fausto, los Yago, los Rodin, los Calígula, los Cain, los Iridion, las arpías a la manera de Colomba, los Ahrimán, los manitúes maniqueos, embadurnados de sesos, que guardan la sangre de sus víctimas en las pagodas sagradas del Indostán, la serpiente, el sapo y el cocodrilo, divinidades consideradas como anormales del antiguo egipto, los hechiceros y las potencias demoniacas de la Edad Media, los Prometeo, los Titanes de la mitología fulminados por los Júpiter, los Dioses Malignos vomitados por la imaginación primitiva de los pueblos bárbaros –toda la serie escandalosa de los diablos de cartón–. Con la certeza de vencerlos, tomo la fusta de la indignación y de la concentración que sopesa, y espero a esos monstruos a pie firme, como su previsto domador.

...

Pero no se me impondrán más. Sufrir es una debilidad, cuando uno puede impedirlo y hacer algo mejor. Exhalar los sufrimientos de un esplendor no equilibrado, es demostrar, ¡oh moribundos de las marismas perversas!, todavía menos resistencia y valor. Con mi voz y mi solemnidad de los grandes días, te llamo de nuevo en mis desiertos hogares, gloriosa esperanza.  Ven a sentarte junto a mí, envuelta en tu manto de ilusiones, sobre el trípode razonable de los apaciguamientos. Como un muelle que se desecha, te arrojé de mi morada, con un látigo de cuerdas de escorpiones. Si deseas que esté persuadido de que has olvidado, al regresar a mi casa, las penas que, bajo el indicio de los arrepentimientos, te causé en otro tiempo, trae contigo entonces, cortejo sublime –¡sostenedme, que me desmayo!–, las virtudes ofendidas y sus imperecederas reparaciones.

Vamos, música.

La desesperación, nutriéndose con un propósito decidido de sus fantasmagorías, conduce imperturbablemente al literato a la abrogación en masa de las leyes divinas y sociales; y a la perversidad teórica y práctica. En una palabra, a hacer que predomine el trasero humano en los razonamientos. ¡Vamos, dadme la palabra! Uno se vuelve malo, lo repito, y los ojos toman el tinte de los condenados a muerte. No retiraré lo que adelanto. Quiero que mi poesía puede ser leída por una muchacha de catorce años.