La sociedad del espectáculo

Cada día más personas se suman al comportamiento que dicta la publicidad mercantilista, lo que podría desembocar en una sociedad más egoísta, más desagradable y con menos posibilidades de construir relaciones fraternas.

Betzy Bravo

2022-05-08
Ciudad de México

La cosificación de la vida humana se ha profundizado y con ella las implicaciones que le son propias, como la atomización de la sociedad, el egoísmo, la vanidad y el individualismo.

El culto al cuerpo y a la vida vacía se multiplica en nuestros días. El ejemplo por antonomasia es el uso masivo de Instagram para cultivar una aparente vida opulenta y ad hoc a las normas estéticas del marketing; el número de usuarios incrementó notablemente el año pasado, llegando a mil 478 millones. No se trata de demonizar el uso de esta red, sino de señalar algunos efectos, que podrían ser nocivos en una sociedad que se vuelca hacia el espectáculo, que requiere espectaculizar sus vivencias al extremo.

En La sociedad del espectáculo, Guy Debord afirma que “el espectáculo no es una colección de imágenes, sino una relación social entre la gente que es mediada por imágenes”. Hoy, las relaciones entre las personas, pues, están fundamentalmente mediadas por las imágenes, que constituyen el espectáculo. La dependencia al reconocimiento de los demás –en términos narcisistas– se ha incrementado exponencialmente, a tal grado que los usuarios registran inestabilidades emocionales porque no reciben gran número de likes o porque su apariencia física no se ajusta al canon de belleza occidental.

Generalmente se hallan en Instagram repeticiones en serie, adecuadas a la estética publicitaria que pretende mostrar el “amor propio” o a “sujetos empresariales” que llevan una vida exitosa, sin carencias ni injusticias.

Mucha de esta vanidad y ensimismamiento evoca el mito de Narciso: según el adivino Tiresias, Narciso, el joven altivo, altanero y vanidoso, llegaría a viejo solo si no se conocía a sí mismo. El tiempo dio razón al adivino. A los 16 años, Narciso se conoció por su reflejo en una fuente y se embriagó de sí hasta suicidarse. Ovidio lo narra en Las metamorfosis: “Olvidado de comer y dormir, queda allí inamovible, mirándose con ansia insaciable y quejándose a veces de la imposibilidad de realizar su amor (…) Cuando el agua se sosegó y Narciso pudo verse en ella de nuevo, no resistió más y comenzó a derretirse y a desgastarse de amor, y perdió las fuerzas y el cuerpo que había sido amado por Eco”.

El exceso de amor propio, el culto a sí mismo y el egoísmo cegaron a Narciso, aislándolo del mundo y las personas. De allí el término narcisismo, que está en relación no solo con tales características, sino que emana conflictos con la sociedad. Una persona narcisista hasta el límite no es fuerte ni victoriosa; su excesivo amor propio no la mantiene sana espiritualmente; se encuentra vacía porque es incapaz de relacionarse.

Los efectos de que las redes sociales alienten actitudes narcisistas recuerdan la importancia política del uso de tales plataformas. Cada día más personas se suman al comportamiento que dicta la publicidad mercantilista, lo que podría desembocar en una sociedad más egoísta, más desagradable y con menos posibilidades de construir relaciones fraternas.

Esto, desde luego, no se restringe ni se debe exclusivamente al uso de las redes, pero sí que guarda relación con éstas. Pero aun más si se considera que en los tiempos que corren, se impulsa el entretenimiento de personas satisfechas consigo mismas, dispuestas a soportar la vida alegremente, sin emitir queja alguna. Éstas son malas noticias, el sistema económico actual construye un ejército de “emprendedores” alienados, satisfechos con sus condiciones de precariedad, con una vida instagrameable que evoca alegría y satisfacción. Es algo tan indigno como absurdo. Ante nuestros ojos hay hombres y mujeres explotadas sin derechos ni seguridad social, personas desgraciadas, pero que se aferran en nutrir su autoestima con los medios más próximos. Pero, realmente, la autoestima o amor propio se construye en relación al mundo. El problema se torna ya no con respecto a “quererse a uno mismo” y difundirlo, sino en apreciar al mundo e intentar salvarlo para valorarnos con éste.