Luto y coyuntura en el PAN

Tras la muerte de la gobernadora de Puebla, de su esposo, coordinador de los senadores panistas, y de tres personas más, el pasado 24 de diciembre, el Partido Acción Nacional (PAN)

Álvaro Ramírez

2019-01-14
Ciudad de México

Tras la muerte de la gobernadora de Puebla, de su esposo, coordinador de los senadores panistas, y de tres personas más, el pasado 24 de diciembre, el Partido Acción Nacional (PAN) se encuentra ante una de las coyunturas más complicadas en sus casi 80 años de historia, pero también, sin menosprecio de la tragedia humana, se halla ante una inédita oportunidad para consolidarse como una oposición sólida y consecuente con sus principios.

El extravío y el descontrol natural por la pérdida de militantes distinguidos, como lo fueron la mandataria Martha Érika Alonso Hidalgo y el senador Rafael Moreno Valle Rosas, quien se había convertido en una cabeza unipersonal de poder interno, pueden llevar a los panistas a una recomposición integral de sus filas si saben aprovechar el momento histórico de cambio de régimen que se vive en México.

El lamentable fallecimiento del jefe de la bancada senatorial albiazul significa también para Acción Nacional la ausencia de su más importante líder real, por encima incluso del presidente formal del Comité Ejecutivo Nacional (CEN), Marko Cortés Mendoza.

Hay que decirlo sin eufemismos, éste estaba atado de manos por los acuerdos y favores que recibió del poblano para llegar a la presidencia de su partido y opacado por el brillo, nos guste o no, del político expriista que sabía tejer acuerdos soterrados (lo mismo positivos que oscuros) con otras cúpulas partidistas.

Moreno Valle Rosas, también hay que decirlo con absoluta claridad y sin violentar el luto que guardan los suyos, no era del todo bien visto por los panistas de cepa; pero su eficiencia era contundente.

Eso sí, privilegiaba siempre su proyecto personalísimo, menospreciando las causas colectivas que el PAN ahora enarbola solo en el papel, es decir, en sus estatutos y declaración de principios.

Rafael buscaba, a toda costa, la Presidencia de la República; y en esa ruta se había convertido apenas a unos días de la llegada de Andrés Manuel López Obrador a Palacio Nacional, en su más peligroso y audaz adversario al encabezar a la oposición completa en el Congreso de la Unión y asestar dos controversias constitucionales al hilo contra dos proyectos legislativos que son eje del titular del Ejecutivo –la Ley de Remuneraciones y la creación de los “superdelegados”– controversias que admitió la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN).

Además de que previamente, con negociaciones en el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF), había obtenido para su esposa y para su causa la gubernatura de Puebla.

Asimismo, a pesar de lo prematuro de las suposiciones, no había un panista con mejores credenciales para ser considerado candidato a la Presidencia, toda vez que se sabía mover con mucha habilidad en el terreno electoral, independientemente de lo que hiciera más a la mala que a la buena. Sería perverso ver la muerte del panista como motivo de festejo.

Incluso sus detractores, adversarios y enemigos, que los tenía a manos llenas, han sido muy prudentes ante su inesperado deceso.

Pero ahora los panistas deben tomar  decisiones trascendentales ante la encrucijada política actual: uno de los caminos lo conduciría al debilitamiento y a la profundización de sus diferencias internas, e incluso a una descomposición mayor, a pesar de constituir la primera fuerza opositora al lopezobradorismo; el otro camino puede llevarlos a la recuperación de sus principios como partido de derecha.

Mientras la excandidata presidencial, Josefina Eugenia Vázquez Mota, panista de cepa, se perfila en el Senado para la coordinación legislativa, seguramente en los próximos meses o años surgirá alguna figura que llene el vacío que dejó el poblano.

En cuanto a las leyendas y las versiones que se han propagado en torno a su deceso, es inevitable que en muchas personas permanezca la duda sobre las causas de la caída del helicóptero, en tanto las investigaciones no aclaren si ésta se debió a un accidente o a algo más.

Quienes acusan que los políticos fueron asesinados nunca aceptarán los peritajes. Su duda vehemente es natural y ha ocurrido en casos anteriores.

Es tan genuina como la de todos aquellos que perciben, porque así lo vivieron, que en Puebla hubo un fraude electoral. A nadie debe espantar.