La majestad de lo mínimo, de Fernando Fernández (II de II)

En su libro de ensayos La majestad de lo mínimo, publicado este año en ocasión del centenario de la muerte de Ramón López Velarde, Fernando Fernández repasa los hechos vitales más relevantes del gran poeta mexicano.

Ángel Trejo Raygadas

2022-01-10
Ciudad de México

Los débitos literarios de Ramón López Velarde

En su libro de ensayos La majestad de lo mínimo, publicado este año en ocasión del centenario de la muerte de Ramón López Velarde, Fernando Fernández repasa los hechos vitales más relevantes del gran poeta mexicano; la media docena de “musas” que tuvo y su sencilla bohemia en Zacatecas, San Luis Potosí, Guadalajara y México, y también las lecturas que más influyeron en su formación literaria. Entre éstas resalta la del poeta potosino Manuel José Othón -el autor de Idilio salvaje, otro de los poemas mayores de la literatura mexicana junto con Primero sueño, de Sor Juana de la Cruz, La Suave Patria y Muerte sin fin, de José Gorostiza- y la de muchos escritores franceses entre quienes resaltaron Michel de Montaigne, Charles Baudelaire y Anatole France.

En uno de los ensayos, titulado Para seguir hablando de Montaigne, Fernández incluye algunas muestras de los débitos literarios y filosóficos de López Velarde hacia este autor del Siglo XVII. Por ejemplo el que tituló Que filosofar es aprender a morir –publicado en 1916– en el que escribió: “No cualquiera logra el desenfado desdeñoso de un Montaigne para decir: que la muerte me atrape cultivando las coles de mi jardín imperfecto”. En otro texto, datado ese mismo año y dedicado también a la muerte –otra de sus musas siempre presentes– tuvo el encabezado El Señor Invierno, que en una de sus partes dice: “espero que el Señor Invierno acceda a nuestra petición. Accederá a ella considerando las aflicciones en que entramos al asistir a la despedida del año. Es justo que el Invierno nos dé una compensación como regalo de Noche Buena. Porque por más que Montaigne afirme que todo nuestro ejercicio filosófico se reduce a aprender a morir, nos duele ver las fugas de las horas. Dice bien un ingenio de esta corte: la vida se nos va en una fuga irreparable y rápida. Y las horas, personificadas por los antiguos en el cuerpo juvenil, se escapan de nuestros brazos, como se escurren el ámbar y el trigo de un serrallo en presencia del sultán indeciso”.

En otro ensayo en el que López Velarde glosa de nueva cuenta a Montaigne, publicado en mayo de 1916 en la revista El Nacional Bisemanal con el título Los viejos verdes, asume la defensa de los ancianos enamoradizos con este argumento: “me limito a solicitar un poco de indulgencia para los reumáticos, tísicos y cardíacos que, sin haber leído a  Montaigne, practican su consejo: cuando el tiempo, como guardián inexorable, os arrastre por las postrimerías invernales, volved siempre la cabeza a vuestra florida edad”.

En vida López Velarde solo publicó los poemarios La sangre devota y Zozobra y en su obra póstuma, reunida en más de una docena de títulos del Fondo de Cultura Económica (FCE), resaltan La suave patria, El son del corazón y Silabario del corazón, además de los textos en prosa El minutero y El don de febrero.