Greenwashing, el juego verde del capital

La leche de almendra está diezmando las poblaciones de abejas en California: se intensifica el cultivo de almendros con agroquímicos, hay flores constantemente y las abejas no descansan, entonces se estresan e intoxican. Como éstos hay muchos otros casos.

Citlali Aguirre Salcedo

2022-01-10
Ciudad de México

Bolsas, botellas, ropa, zapatos elaborados con material reciclable y biodegradable saturan cada vez más los supermercados y centros comerciales. Alimentos “veganos”, productos y servicios “ecoamigables” o “socialmente responsables” son las mercancías de moda en el mundo, principalmente en los países desarrollados. Ante el creciente interés de la opinión pública por contribuir a la solución de la crisis ecológica, el sistema de producción dominante halló la manera de adaptarse al reto: engendró al greenwashing o “lavado verde”.

Se trata de una táctica de marketing, cada vez más común, diseñada para hacer que los productos parezcan más sostenibles de lo que son. A través de colores, logotipos o frases ecológicas muchas compañías pretenden convencer a los compradores de que el producto es más natural o saludable que los competidores, y que la empresa toma decisiones positivas para el medio ambiente. Así atraen a los clientes que se preocupan por el medio ambiente sin verse obligadas a hacer cambios significativos en sus prácticas empresariales. Volkswagen, ExxonMobil, Nestlé, Coca-Cola, Starbucks, la distribuidora de muebles IKEA, marcas de moda como H&M y Zara, e incluso algunos bancos como HSBC han sido señalados públicamente por sus prácticas de lavado verde.

El gigante británico de combustibles fósiles BP tiene todas sus estaciones tapizadas de color verde, pero sus acciones son mas bien negras. En 2010 explotó la plataforma Macondo, ubicada cerca de las costas de Louisiana, provocando el más grande derramamiento en la historia de la industria petrolera. Tras esfuerzos fallidos por contener el flujo, sellaron el pozo, pero los informes de 2012 indicaban que el pozo aún tiene fugas al océano. Esto provocó extensas afectaciones a los ecosistemas marinos, a la pesca, la salud humana, al turismo, incluso defunciones humanas. En 2013, las crías de delfines seguían muriendo en un número récord. En 2014, un estudio informó que el atún expuesto a los hidrocarburos del vertido desarrolló deformidades del corazón y otros órganos.

Para separar el petróleo del agua, BP roció en la superficie y en el fondo marino casi dos millones de galones de un dispersante llamado Corexit, al que estuvieron expuestas alrededor de 600 personas contratadas para limpiar el petróleo. Luego, estudios de la Universidad de Georgia y la Universidad de Miami indicaron que este dispersante inhibía el crecimiento de bacterias naturales que consumen rápidamente el petróleo que los dispersantes solo rompen; que era tóxico para los humanos y que la mezcla de Corexit con petróleo dañaba a los arrecifes incluso más que el petróleo solo. BP estuvo recogiendo toneladas de petróleo hasta 2014. Pero, a la fecha, pueden encontrarse restos de petróleo en distintos puntos de la costa del Golfo de México. Las mezclas de petróleo y dispersante continúan incrustadas en la arena.

En 2018, Starbucks lanzó una tapa sin popote para sus bebidas, sin embargo, esta tapa contenía más plástico que la antigua combinación de la tapa y el popote. Empresas de botellas de agua de plástico como Evian, Poland Spring, y Deer Park incluso llevan la naturaleza en sus etiquetas. Irónico si se considera que sus botellas son de un solo uso y contribuyen al enorme problema de los residuos de plástico. La leche de almendra está diezmando las poblaciones de abejas en California: se ha intensificado el cultivo de almendros con agroquímicos, hay flores constantemente y las abejas no descansan (ni siquiera en invierno, como lo hacen naturalmente), entonces se estresan e intoxican. Como éstos hay muchos otros casos.

Tras las vestiduras verdes del capital, la destrucción continúa. No la ven los consumidores porque ocurre en otros países o regiones. Si deja de consumirse un producto por la presión social de una comunidad con consciencia ecológica en los países desarrollados del Norte, las empresas irán a producirlo y venderlo a los países pobres del Sur. La solución no está en el consumo individual, que es necesario, pero insuficiente. El problema es más profundo, radica en la producción anárquica de bienes y servicios, regulada únicamente por el mercado, que no funciona para satisfacer las necesidades de la humanidad o para mantener el equilibrio de la vida, sino para satisfacer el voraz apetito del capital.