La denuncia del neocolonialismo yanqui en la poesía de Aristides Martínez Ortega (II de II)

No hay duda, el poeta asume un compromiso con su época; se concibe como un medio para hacer llegar su mensaje a las masas.

Tania Zapata Ortega

2022-01-02
Ciudad de México

La poesía del panameño Aristides Martínez Ortega es una denuncia de las injusticias y los abusos contra los desprotegidos. Completamente desprovistos de adornos innecesarios, sus versos tienen la contundencia de un ladrillo arrojado contra un escaparate; el mensaje llega directo al lector. La calle es ejemplo de su propuesta estética: dísticos de verso libre, ausencia de adjetivos, predominio de verbos. No es cierto –proclama en ellos– que la moderna sociedad tenga como prioridad la protección de los niños, las mujeres, los pobres, los discapacitados; y valores como la amistad, la solidaridad en la desgracia, la compasión y la empatía, propios de las más avanzadas civilizaciones, están muy lejos de practicarse “aquí y ahora”. La estructura de cada estrofa es simétrica: el primer verso narra un suceso y el segundo consigna la reacción de los anónimos habitantes de la gran urbe, a quienes se refiere como “los transeúntes”, “los caballeros”, “la muchedumbre”, “el público”.

Un niño solicita una moneda:

se le recomienda que trabaje.

Un mendigo pide dinero:

los transeúntes hacen como si no lo viesen.

Una mujer se inclina para socorrer a su pequeño hijo:

los caballeros se preocupan de mirar sus senos.

Otra cae desmayada:

los presentes evalúan sus muslos.

Un defectuoso camina trabajosamente:

del balcón le cae un apodo.

Un borracho se afirma a la pared:

a la gente le parece divertido.

Un hombre ocupa la banca de un parque:

un amigo le pregunta si consiguió trabajo.

Un posible incendio es controlado a tiempo:

la muchedumbre se retira defraudada.

Un suicida cae desde un edificio:

curiosos observan, pero no llaman a la ambulancia.

Un hombre pasa monologando a gritos:

el público muere de risa.

Arte Poética es el manifiesto con que Martínez Ortega abre fuego en Poemas al sentido común (1959): “El poeta es un escritor, como el cuentista, el novelista y el dramaturgo; su género pertenece a la literatura; y las obligaciones para con la época o que le impone la época, son comunes a todos (…) La poesía debe ser exacta, y lo es cuando llega directamente, sin perderse, funcional; y lo es cuando está al alcance de una sensibilidad mayoritaria; es arte y lo es cuando posee riqueza en atmósfera y sugerencias”. No hay duda, el poeta asume un compromiso con su época; se concibe como un medio para hacer llegar su mensaje a las masas, hablándoles sin rodeos de temas apremiantes, porque “El tema de hoy es el hombre en la realidad y la realidad en el hombre; la literatura realista tiene nuevas realidades; la poesía tiene un nuevo realismo”.

Doble contra sencillo, es el título del siguiente poema; el autor recurre al argot de los apostadores para predecir el futuro: aunque las artes adivinatorias no son lo mío –reconoce– de algo estoy seguro: la pobreza crecerá en número e intensidad a pesar de las milagrosas “transformaciones” que nos prometen los demagogos:

La astrología

no es mi fuerte.

Para ser franco

solo me interesa la suerte

de Capricornio.

La bola de cristal

y las barajas

me aconsejan

no apostar.

Sin embargo

voy doble contra sencillo

que los pobres de mañana

serás más pobres

que los pobres de hoy

Plaga vigente hace que nos preguntemos una vez más: ¿cómo es que un poema escrito hace varias décadas, en un país distinto al nuestro, parece hablarnos del momento presente? La realidad, traspuesta en las palabras bellamente organizadas por el poeta, se refleja fielmente, con toda su crudeza, cuando Aristides Martínez critica las sociedades desiguales de ayer y hoy, con sus gobernantes demagogos y su prédica moralista. El poeta refuta la multicitada frase bíblica “es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de los Cielos” y asegura que el camello seguirá pasando y el rico seguirá saliéndose con la suya por un buen tiempo.

A las estrellas

del circo político

les quité la máscara,

les arranqué el disfraz.

No les quedó

ni los trapos sucios.

Pero no se equivoquen:

no son ningunos pintados en la pared.

Volverá

a pasar el camello

por el ojo de la aguja.