OPINIÓN

Las revoluciones de colores, Nicaragua y México

Omar Carreón Abud
Omar Carreón Abud es ingeniero Agrónomo y luchador social en el estado de Michoacán. Articulista , conferencista y autor del libro: Reivindicar la verdad

Durante una reunión que sostuvo en la Casa Blanca con el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el pasado 20 de julio,  Arthur Gregg Sulzberger, editor general del diario The New York Times, según su propia versión, le dijo al mandatario que sus ataques a la prensa son “incendiarios”, “peligrosos” y “dañinos” para el país. El directivo del importante diario norteamericano, explicó que aceptó la invitación a la entrevista para discutir la “retórica profundamente inquietante” de Trump. 

Al respecto, debo decir que, si bien es cierto que ataques a la prensa como esos a los que se refiere el señor Sulzberger, pueden ser catalogados correctamente como incendiarios, peligrosos y dañinos, no menos, y quizá más graves, alarmantes y temibles, pueden y deben ser calificados los ataques y calumnias que no pocas y escasas veces llevan a cabo por su parte los medios de comunicación de todo el mundo en contra de quienes no son de su agrado o facción.

En las llamadas “revoluciones de colores”, o sea, en las modernas maniobras imperiales para sustituir gobiernos desafectos por gobiernos más a modo o, incluso, por países sumidos en el caos y sin gobierno, han jugado y juegan un papel decisivo, sine qua non, los gigantescos monopolios de la comunicación, no precisamente difundiendo la verdad y apoyando a los pueblos, sino inoculando fake news, noticias falsas, tal como se los espeta Donald Trump.

No hay excepciones. Cada vez se conoce y valora mejor su papel en el combate al socialismo en Polonia, en los sucesos de la Plaza Tiananmén, en el derrumbe de la URSS, en el desmembramiento de Yugoslavia, en los golpes contra los gobiernos de Georgia, Ucrania, Túnez, Egipto, Libia, y hasta en los afamados sucesos del Mayo de 1968, clasificados todavía como el inicio de la encomiable rebelión juvenil de la era moderna pero, enderezados, en realidad, al derrocamiento del presidente Charles de Gaulle que nunca fue del agrado de Estados Unidos.

Y no solo en las pavorosas revoluciones de colores que, de momento, alternan con las intervenciones armadas directas, sino durante las más de cien de éstas que ha habido después de la Segunda Guerra Mundial, las noticias fabricadas y su difusión en todos los rincones del planeta ha jugado un papel decisivo; baste recordar el Incidente del Golfo de Tonkín, que sirvió para justificar la intervención armada en Vietnam y las supuestas armas de destrucción masiva que poseía Sadam Hussein, versión que sirvió para cubrir la invasión, maniobras propagandísticas que costaron millones de vidas.

Las “revoluciones de colores” son una técnica manipulatoria para generar golpes de Estado y controlar la situación política en un país, y consisten en la creación de inestabilidad y caos artificiales para presionar a un gobierno, principalmente bajo la forma de protestas juveniles.

Las “revoluciones de colores”, por lo tanto, no son luchas de clases ni tienen una ideología definida, no persiguen ni resolver las demandas más sentidas de la población trabajadora ni pretenden mejorar la situación económica y social de las grandes masas.

Todas ellas toman forma de chantajes que echan mano de enmascarados que, en protestas reputadas como pacíficas, generan violencia y provocan a las fuerzas del orden, protestas en las que se descubre la mano entrenadora y atizadora del imperialismo.

A lo que ha estado sucediendo en Nicaragua solo le falta el bautizo con algún color (que se ha omitido en este caso, seguramente por el desprestigio que sufre el mote debido a las aterradoras consecuencias para las masas que han tenido las “revoluciones de colores” en donde se han llevado a cabo).

En Egipto, hasta el momento del estallido de la revolución de colores, el alimento básico de los egipcios pobres, una especie de tortilla cuyo ingrediente principal es el maíz, gozaba de subsidio; y en los barrios de El Cairo había infinidad de casas con antenas parabólicas; en Libia, el país con el nivel de vida más alto de todo África, los habitantes recibían apoyos para el bienestar que, en muchos casos, les impulsaban a dejar de trabajar para que lo hicieran los inmigrantes de otros países africanos; en Túnez, que era el más democrático de todos los países de África, el nivel de vida era comparable al del sur de Francia y mejor que el de la zona sur de Italia y, finalmente, una de las razones para el inicio de las protestas en Siria no fue la reducción de la democracia existente, sino su ampliación por parte de Bashar al Assad, hecho que fue utilizado por los islamistas y sus apoyos en Estados Unidos.

Nicaragua, que sufre el embate de los medios de comunicación, principalmente de las gigantescas e influyentes agencias noticiosas que difunden por todos lados la misma noticia: Associated press, Reuters y Deutsche presse agentur, es un país que tiene el mayor índice de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) de todo Centroamérica, es un país en el que los salarios mínimos básicos reales han aumentado entre cinco y siete por ciento y en el que el programa denominado Proyecto Borge ha disminuido la pobreza en un 30 por ciento en el periodo que va de de 2005 a 2014.

Curiosamente, el pretexto para iniciar la asonada en la que han tenido un papel protagónico los estudiantes de las universidades privadas (como en Venezuela) “en pro de la democracia”, inició porque el gobierno de Daniel Ortega pretendía que la clase patronal aportara más recursos a la seguridad social de los nicaragüenses.

Parece ser que, por el momento, el intento golpista ha fracasado, sobre todo gracias a la movilización del pueblo en apoyo de su gobierno. Es el pueblo, organizado y consciente, no los gobernantes excepcionales, quien hace los cambios y, sobre todo, como se ve, a la hora de la verdad, quien los defiende.

Es muy ilustrativo y aleccionador para entender lo que pueda venir en Nicaragua y en otros países, consignar la forma, el patrón de la cobertura mediática en el que algunos periodistas y escritores del coro de la propaganda se refieren a los hechos: para un conocido “analista” mexicano cuyo nombre no importa, “más de 350 personas, la mayoría estudiantes y manifestantes, han muerto desde abril en Nicaragua”.

La cantidad de 350 o de “más de 350” nunca ha sido demostrada por nadie, es la cantidad que manejan las agencias noticiosas y los medios de los oligarcas nicaragüenses (Jaime Chamorro-Cardenal: La Prensa y Confidencial) y no precisa que dentro de los muertos, que sí los ha habido, figuran numerosos hijos del pueblo pobre, acusados de “sandinistas”, que han sido secuestrados, torturados y asesinados por los pacíficos “estudiantes” y “manifestantes”.

Forma parte, también, del patrón seguido por otras “revoluciones” parecidas, el llamado a que “las comunidades latinoamericana e internacional detengan a toda costa esa situación”. Nadie debe engañarse, “a toda costa” es un llamado a la intervención armada en Nicaragua.

¿Cuál puede haber sido el pecado del gobierno de Nicaragua? ¿Atentar contra el nivel de vida y las libertades de su pueblo? Nada de eso.

Lo que no ha gustado a ciertos círculos de Estados Unidos y sus paniaguados de Latinoamérica es que el gobierno de Nicaragua no se haya apegado al modelo neoliberal, a que no haya confiado en Mr. Market, en el vaporoso mercado, que no es otra cosa que la soberana voluntad de los poderosos y haya fortalecido al Estado como un poderoso distribuidor de la riqueza social producida y last, but not least, que haya iniciado negociaciones con China para construir un nuevo canal que conecte al Océano Atlántico con el Pacífico y que, como quiera que sea, vendría a ser otra alternativa y competencia al existente Canal de Panamá. En resumidas cuentas, por su intento de seguir un camino independiente de Estados Unidos y en beneficio de su pueblo.

A la luz de lo dicho y, sobre todo, de lo visto en Nicaragua, me permito preguntar: más allá de ciertas medidas demagógicas, de algunas ayuditas para tratar de adormecer a la gente, en estas condiciones del mundo y sin un pueblo organizado y consciente ¿es posible un cambio de modelo económico, que es lo que realmente cambiaría el destino del pueblo de México? Su inteligencia y su sensiblidad, amigo lector, tienen la respuesta.