CLIONAUTAS

La ilusión del reformismo

/facebook @twitter
Abentofail Pérez

No hay nada nuevo bajo el sol en este sistema. La sociedad se rige por leyes cuyo cumplimiento es imperturbable conforme a las condiciones particulares de cada época y lugar. Hace apenas 50 años, México salió de una de las épocas de mayor auge en su historia moderna, el desarrollo estabilizador, que dio a luz el “milagro mexicano”, alardeado con estruendo como un triunfo del capitalismo.

Después de una difícil crisis posrevolucionaria, el país renacía gracias al rejuvenecimiento del sistema económico y político. El proteccionismo imperó en la producción y la industria nacional alcanzó el único apogeo en su historia que, gracias a la administración estatal, se ha visto reflejado en la vida de los trabajadores.

Estamos a punto de concluir la segunda década del siglo XXI y el país vive indudablemente un periodo de crisis. Los dos evidencias más claras de ésta son los altos niveles de pobreza que, en términos absolutos, son los más agudos en la historia. Según datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política social (Coneval) en México hay 53.4 millones de personas en situación de pobreza.

El otro indicador se observa en el empleo donde, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), seis de cada 10 mexicanos laboran en el sector informal y son los excluidos del sistema productivo, sobreviven de las migajas del capital y operan como un gigantesco y creciente ejército industrial de reserva.

Al final de este sexenio salimos de una etapa de reformas que en teoría comenzarían a dar resultados en este mismo periodo, según palabras del todavía presidente Enrique Peña Nieto (EPN), y que formalmente serían distintas a las de 1950, que se orientaron a mejorar las vidas de los trabajadores ante la amenaza permanente de la ideología de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviética (URSS) y de los efectos que su sistema socioeconómico tenía en la vida de los pueblos que formaban parte de ella.

Hoy todavía no existe una amenaza real, aunque está presente la posibilidad de que el proyecto socialista vuelva en el mediano plazo en China y en Rusia. Sin embargo, el sistema político mexicano ha comenzado otro periodo reformista y para ello ha colocado en el gobierno al poseedor de un “bálsamo de fierabrás” que ha prometido dar nueva vida al sistema con el mismo remedio que antaño lo hizo resurgir.

El reformismo es el único remedio que encuentra el sistema para perpetuarse, pese a que por definición un renacimiento solo puede darse en un mismo fenómeno ¿Qué podemos esperar del nuevo nigromante electo? La política reformista no puede perpetuarse eternamente y los problemas esenciales que acarrea el sistema, que han polarizado la riqueza en sus extremos, seguirán sin resolverse con la aplicación del remedio de antaño.

La situación que prevalece en el país no se superará solo con un discurso de esperanza. Predicar soluciones para una de las partes no resolverá los problemas de fondo. La reforma del sistema económico cada día se vuelve más difícil y la renovación formal del poder político solo permitirá perpetuar la esperanza, pero no garantizará una verdadera solución a la raíz de los problemas.

La vieja máxima “renovarse o morir” se ha convertido en México y en muchos otros países del orbe en “reformarse o morir”, pero su inviabilidad es clara. Los parches ideológicos y discursivos no son suficientes para enmascarar el verdadero problema de fondo que tarde o temprano saldrá a la luz.

La realidad es terca y no tardará en demostrar lo fatal que es para el país optar por la salida quimérica, esperanzadora y fantástica; aquella que ofrece esperanza a manos llenas sin considerar cambios reales en la estructura política y económica.

El pueblo mexicano debe considerar que el verdadero cambio tendrá que llegar con él y que éste precisa su organización; que la solución a sus problemas exige cambios radicales y no más reformas formales; y, finalmente, que la esperanza debe fundarse en elementos objetivos y científicos que permitan un cambio verdadero en la política nacional. Las palabras fatales de Dante se vuelven premonitorias para el nuevo sexenio:

“Abandonad toda esperanza”. Y no dejarán de serlo hasta reconocer que la anhelada esperanza solo podrá realizarse a través de un proyecto de nación construido sobre bases científicas y, sobre todo, populares.