PULSO LEGISLATIVO

La refundación del sistema político

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Álvaro Ramírez Velasco

El cantado y holgadísimo triunfo de Andrés Manuel López Obrador en la Presidencia de la República –así como la inmerecida victoria electoral de algunos de sus aliados– provocó tal sacudimiento hasta en los cimientos del sistema partidista mexicano, que aun su inevitable refundación se antoja incierta.

Los institutos que han quedado como oposición disminuida al lopezobradorismo, los partidos  Revolucionario Institucional (PRI) y Acción Nacional (PAN), enfrentan en distintos terrenos problemas intestinos que darán como resultado la emergencia de rostros, dirigentes y hasta matices ideológicos completamente diferentes a los que los representaron este año.

El panismo se ha despertado con una muy ácida resaca, que se prolongará en los próximos meses, en la que al menos tres grupos, identificados fácilmente desde la visión superficial, se enfrentarán con especial beligerancia para quedarse con la dirección nacional partidista.

El grupo de los “rebeldes”, que encabeza el senador Ernesto Javier Cordero Arroyo, quien fue expulsado junto con otros militantes de ese partido, pero que con seguridad llevará su caso a los tribunales, está menguado, pero es estridente y podría sumar las fuerzas que requiere para atajar la intención de mantenerse en la cúpula del excandidato presidencial Ricardo Anaya Cortés.

El clan de los gobernadores y exgobernadores, que buscan derrocar a los anayistas, y que encabeza el ambicioso exmandatario de Puebla, Rafael Moreno Valle Rosas, es el que parece con más bríos y asideras para lograr ese cometido.

Sin embargo, el grupo del queretano Anaya, a pesar de la derrota, mantiene todavía mucho control y simpatizantes en el Partido Acción Nacional (PAN), pues su retórica como víctima de la guerra electoral que el gobierno de Enrique Peña Nieto le hizo para anular sus posibilidades de llegar a Los Pinos, permea su discurso y lo justifica.

La pelea de alcoba de los panistas será violenta y se manifestará de inmediato a través de disensos, enfrentamientos y hasta una posible división en sus bancadas del Congreso de la Unión, donde el PAN tendrá algo así como el 18 por ciento de la representación del Senado y el 18.5 por ciento de la Cámara de Diputados, muy cercano al 15 por ciento y fracción que tendrá el PRI.

No deberá extrañarnos que, en las dos cámaras, los panistas sean los peores enemigos entre ellos, que tiendan puentes de entendimiento y que colaboren con otros grupos parlamentarios, antes que con sus correligionarios. La guerra intestina va en serio.

El PRI, por su parte, tiene ante sí un gravísimo problema. No solamente enfrenta una urgente renovación de su cúpula, una limpia de traidores y una renovación generacional, sino también la necesidad de poner freno a la fuga masiva de militantes, que ya venía manifestándose en sus números electorales.

Las simulaciones de renovación del tricolor en el pasado reciente y el desperdicio de la gran oportunidad que tuvo para hacer un nuevo gobierno, cuando el voto ciudadano los volvió a favorecer en 2012, le pasan hoy una factura muy onerosa.

La pregunta más urgente que el priismo debe responder es quién encabezará esa renovación necesaria, ahora sí impostergable, si no quiere seguir avanzando hacia su desaparición.

Sin un jefe máximo –esa figura no la representa hoy el presidente del Comité Directivo Nacional y pronto ya no la representará tampoco el Presidente de la República– los únicos que en lo inmediato podrían echarse en hombros esa tarea son los pocos gobernadores que conservan esa filiación o algunos líderes de sectores y movimientos.

Pero habrá que preguntarse si en el PRI queda todavía alguien realmente interesado en encabezar esa tarea, con un proyecto y una ruta trazada hacia el éxito, porque no lo parece.