TRIBUNA POÉTICA

Un famoso romance dramático lírico

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Tania Zapata Ortega

En la leyenda de La serrana de la Vera, comentada en la Tribuna anterior, se expresa el temor masculino a la inversión de los roles de cortejo; temor y rechazo representado en la figura de la aterradora asaltante y asesina serial que acecha a los viajeros para matarlos despues de dormir con ellos; en La canción de una gentil dama y un rústico pastor aparece nuevamente la importancia de los “roles” en la época, y esta vez no solo son roles de género, sino clasistas.

Por razones de espacio, no transcribiremos completo este romance pastoril y villanesco, excepcional rescate que de la tradición oral española hiciera Ramón Menéndez Pidal en su Flor nueva de romances viejos. Los romances, dice el erudito, “son poemas epico líricos breves que se cantan al son de un instrumento, sea en danzas corales, sea en reuniones tenidas para recreo simplemente o para el trabajo en común”.

Añade que con el tiempo, los romances que cantaban las grestas históricas fueron desgajándose del conjunto, abandonando el estilo épico narrativo en el que predominaban las imágenes objetivas y la narración, hasta desembocar en romances con otra temática y, en consecuencia, otra configuración externa; así nacieron el estilo épico lírico, con “fugaces  rasgos de efectiva emoción” y el dramático lírico, en el que predominan los elementos dialogísticos, esto es, donde los personajes expresan en estilo directo sus deseos y emociones.

En La canción de una gentil dama, El mote, a cargo del personaje masculino, alcanza por momentos el nivel de proverbio o sentencia popular.

–Pastor, que estás en el campo
de amores tan descuidado,
escucha a una gentildama
que por ti se ha desvelado.
–Conmigo no habéis hablado,
responde el villano vil;
tengo el ganado en la sierra,
y a mi ganadico me quiero ir.

Aunque este conocidísmo poema se aleja de la épica española y los personajes son obra completa de la imaginería popular, la forma exterior, la métrica, sigue correspondiendo al romance: una serie variable de estrofas con versos de ocho sílabas con rima en los pares, mientras los impares quedan sueltos. En esta serranilla, el pastor se resiste una y otra vez a los requiebros de la dama, anteponiendo el deber para con su ganado; la negativa masculina aumenta de intensidad con cada estrofa, pasando de expresar conformidad con su rústica vida, A buen hambre no hay pan malo, hasta llegar al clímax del drama: Mal se os guise la cena.

–Pastor, que comes centeno,
y usas cuchara de palo,
si tomaras mis amores,
comieras pan de regalo.
–A buen hambre no hay pan malo,
responde el villano vil;
tengo el ganado en la sierra,
y a mi ganadico me quiero ir.
                       
–Pastor, que estás avezado
a dormir en la retama,
si te casaras conmigo,
tendrías gustosa cama.
–Vete a esotra puerta y llama,
respondió el villano vil;
tengo el ganado en el monte;
con mi ganadico voy a dormir.
                       
–Deja la sierra y su nieve,
que tu frío me da pena;
ven, caliéntate a mi fuego,
tendrás una noche buena.
–Mal se os guise la cena,
responde el villano vil
tengo el ganado en la sierra,
y a mi ganadico me quiero ir.

A cada negativa del pastor le siguen ruegos y ofrecimientos de cama, comodidades, casamiento, tierras y riquezas; a todos se niega él, anteponiendo “su deber”.

–Tres viñas de tierra buena
te daría en casamiento,
una haca y un jumento;
cabras cien y una colmena.
–Nunca llueve como truena,
respondió el villano vil;
tengo el ganado en la sierra,
y a mi ganadico me quiero ir.
(…)
–Más es que la de la nieve
de mi cuerpo la blancura;
rostro de leche y coral;
delgadita en la cintura.
–Mucho bueno poco dura,
responde el villano vil;
tengo el ganado en la sierra,
y a mi ganadico me quiero ir.

–¡Oh, mal haya el vil pastor
que dama gentil le ame
y le requiebre de amores,
y él se vaya aunque lo llame!
–El buey suelto bien se lame,
respondió el villano al fin,
y por más que me dijeres,
con mi ganadico me quiero ir.

El buey suelto bien se lame, dice el pastor en el último “parlamento” de este romance lírico dramático, simpático mote en el que se adivina la vena poética popular, pues el pastor elige su libertad a una unión desigual, en la que desde el principio es la mujer quien corteja; pero no una mujer de su misma condición social, sino una capaz de ofrecerle tierras y ganado a cambio, que el pastor rechaza porque nunca llueve como truena.