PHILIAS

‟Patria: tu superficie el maíz”

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Tlacaélel de la Cruz

El hombre desarrolló en Mesoamérica un proceso milenario para conocer el suelo, las semillas y la interacción de éstas con el agua y la luz para producir una planta a la que dio un uso y un nombre que desde entonces se convirtió en el alimento básico de sus pueblos: el maíz.

Diferenciado ya del teocintle, el maíz (zea maíz L.) se creó en México hace por lo menos ocho mil años, de acuerdo con los hallazgos del arqueólogo Richard S. McNeish en Tehuacán, Puebla. Esta poacea dependió totalmente del hombre para su sobrevivencia y propagación, ya que no contaba con mecanismos propios para dispersar sus semillas.

Fue así como se adaptó a diversos climas y alturas; como de un mismo germen surgieron 320 razas; como éstas determinaron la diversidad tecnológica de su producción, la heterogeneidad de sus culturas culinarias, las costumbres generadas en las épocas de siembra y cosecha y como se creó una concepción del mundo (teológica) ligada a su oferta alimentaria. El cultivo del maíz fue, sin duda, un agente civilizador en el continente americano.

Los pueblos que aún dependen del maíz nativo como actividad económica principal son cada vez más escasos y los pocos que quedan viven presionados por el modelo neoliberal de producción y mercado, sistema que no les permite valerse de sus propios recursos para producir.

Las semillas mejoradas, que no pueden ser reproducidas, y los fertilizantes necesarios para alcanzar metas productivas costeables, son adquiridas cada año en las empresas transnacionales, que condenan a los campesinos a una dependencia productiva total.

En su obra El Campo Mexicano, Lamartine Yates asegura que en 1950 se cultivaron en México 30 mil hectáreas (ha.) de maíz con semilla mejorada* y que en 1970 éstas fueron 515 mil ha., cifra que representó el 20 por ciento de la producción total con un rendimiento de 700 kg /ha.

En la actualidad se siembran ocho millones de ha., de las que 2.5 millones son cultivadas con semilla mejorada, cuyo promedio de rendimiento es de nueve ton/ha., según información del Consorcio Internacional de Mejoramiento de Maíz para América Latina (CIMMAL) en 2017.

En fecha reciente el líder de este organismo dijo que “como resultado de las iniciativas públicas y privadas, el mercado de semilla mejorada crecerá y abarcará 5.5 millones de hectáreas para 2020” (cimmyt.org 2017), lo que las instituciones gubernamentales le aplaudieron como focas. 

El segmento social agrícola que cultiva las razas autóctonas de México está aislado, vive en las peores condiciones socioeconómicas para producir, sus posibilidades de prosperar son nulas y tiene las más altas probabilidades de abandonar esta actividad.

En el mundo, la situación es parecida. La elevada necesidad de los mercados nacionales para generar productos energéticos y alternativas para la salud ha orillado a sus productores a prescindir de las semillas locales por su baja productividad y han adoptado las externas con más cualidades productivas.

El maíz nunca se ha dejado de producir; es más, jamás se ha producido tanto, según el informe Perspectivas Agrícolas 2014-2023, elaborado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y la Oficina de las Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura (FAO), pues en el mundo se siembran alrededor de 177.3 millones de ha. que producen mil millones de toneladas, de las cuales, aproximadamente el 56 por ciento se utiliza en forrajes, el 13 por ciento en alimentos, el 16 por ciento en combustibles, el 10 por ciento en otros y el resto en pérdidas y no cuantificados. Investigaciones del Center for Crops Utilization Reserach, de la Universidad Estatal de Iowa, revelaron que existen al menos 20 tipos de industrias que utilizan el maíz o sus derivados para elaborar más de 260 productos de distinta índole.

 La expectativa de que se produzca más con la misma tierra, es decir, que haya más producción por ha., está potenciada por un mayor uso de semilla mejorada y fertilizantes inorgánicos. La triste consecuencia de estos “avances” en la agricultura será orillar a todos los productores rurales a abandonar los recursos genéticos propios y perder para siempre su capacidad de valerse por sí mismos. Resguardar no es suficiente; no es cuestión de sentimentalismo sino de alentar la productividad sustentable, abarcadora y diversificada, apoyada en ciencia responsable para producir con recursos propios.