REPORTAJE INTERNACIONAL

Las dos crisis infranqueables de Europa

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Nydia Egremy

El retiro del Reino Unido (Brexit) y la negativa a aceptar a más inmigrantes que llegan del sur y del este europeo, profundizan las contradicciones entre los 27 países de la Unión Europea (UE). El Brexit representa la ruptura del orden mundial existente desde la Guerra Fría y el rechazo a la estructura de dominación global de los capitales corporativos.

A la vez, las exmetrópolis coloniales rechazan su responsabilidad en el éxodo migratorio e intentan traspasarla a terceros países. México pretende hoy ampliar su relación con la UE y el Reino Unido ante el eventual fin del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Pero tal escenario es muy complejo.

Europa y el Reino Unido definen hoy los términos de su divorcio “necesario”. Como en los matrimonios que concluyen, en la negociación entre Bruselas y Londres se contempla la protección de sus ciudadanos, se asignan pensiones, se define la separación de bienes y se pacta la relación a futuro. A dos años del referéndum que decidió la separación de la Unión Europea (UE) del que fuera el imperio colonial más grande hasta el siglo pasado, hay temas clave sobre su mutua convivencia que están por definirse.

 Aunque la fecha oficial de la ruptura entre el Reino Unido y la UE es el 29 de marzo de 2019, el presidente del Comité del Parlamento Británico, Hilary Benn, ha manifestado que podría retrasarse ese momento. Para los miembros del bloque europeo, es muy onerosa la salida de la quinta economía mundial y segunda de la UE. Con el Brexit, la UE pierde acceso no solo a la City -el centro financiero más influyente en el planeta donde se fijan los precios de bienes y servicios de todos los sectores- sino a la Mancomunidad de Naciones (Commonwealth).

Esas 53 colonias (eufemísticamente llamados ‟territorios ultramarinos” y nominalmente independientes o autónomas), están repartidas estratégicamente en todo el planeta. Además, la Europa comunitaria se benefició de la relación simbiótica entre el Reino Unido y Estados Unidos (EE. UU.) En las últimas décadas, Londres unió su política defensiva a la estrategia de Washington en el continente, de ahí que se le acusara de ser el “Caballo de Troya” de EE. UU. en la UE.

Ello se evidenció en junio de 2013, cuando el contratista de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), Edward Snowden, reveló la red de espionaje llamada Cinco Ojos entre EE. UU., Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Todos aliados anglófonos. Sin embargo, con Donald John Trump, la relación es muy difícil, como reveló la pasada cumbre del G-8.

Adicionalmente, gobiernos conservadores británicos fueron pilar anti-soviético y anti-ruso. Tras la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Londres apoyó a gobiernos anti-Moscú, como Polonia y Ucrania. Hoy la pragmática diplomacia británica es más accesible con el Kremlin y Beijing.

Europa no logra asimilar el trasfondo del Brexit. En 2016, el investigador del Centro para Asuntos Internacionales de Barcelona, Pol Morillas, preguntaba cómo era posible que el país más global de la UE la abandonara, cuando ese bloque presentaba su primera Estrategia Global de Seguridad. Ese plan, diseñado por la Alta Representante para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad de la Comisión Europea, Federica Mogherini, pretendía proyectar a Europa a nivel global. Pero el Brexit echó por tierra ese plan.

 Los beneficiarios del divorcio entre Londres y Bruselas son los países que ganan escaños en la Eurocámara, que en 2019 se reducirá de 751 a 705 representantes. España y Francia tendrán cinco puestos; Italia y Países Bajos tres; mientras que Polonia, Rumanía, Suecia, Dinamarca, Finlandia, Austria Eslovaquia y Estonia recibirán un eurodiputado más.

 En el ámbito de las islas británicas, el impacto del Brexit preocupa a la República de Irlanda, que busca mantener abierta su frontera con la región británica de Irlanda del Norte. Escocia anticipa efectos del Brexit en su economía; por ello, la ministra principal, Nicola Sturgeon, ha “remodelado” a su equipo de gobierno.

A mediano plazo hay dos escenarios post Brexit: el “suave”, donde se espera una mayor integración de los países centrales europeos para paliar problemas económicos. Y el “difícil”, en el que se prevé que la UE no consolidará su rol global sin la influencia diplomática, de seguridad y defensa del Reino Unido. Sería de esperar que por mutuo interés, las partes avancen en la definición de planes de cooperación en seguridad y defensa, pero ya sin la visión de un ejército conjunto de la UE.

Campos de concentración
Hace 75 años, Europa expulsaba a millones de migrantes que huían de la guerra y la hambruna. Ahora repudia a las víctimas del capitalismo depredador en África, Medio Oriente y el este europeo. Hoy, cuando la ultraderecha avanza, con partidos políticos que se reconocen abiertamente xenófobos y fascistas, la tendencia anti-migrante consiste en crear campos de concentración precisamente en la periferia de los estados expulsores. El ultraderechista ministro italiano del Interior, Matteo Salvini, personifica esa actitud hostil.

En su visita a Libia, y ante varios mandatarios de países norafricanos, Salvini tuvo el mal tino de proponer la instalación de centros de detención de migrantes en la región, financiados por la UE. El italiano explicaba: “serán centros de acogida situados en la frontera del sur de Libia (para evitar que Trípoli se convierta en un embudo, como es Italia)”.

Eufemísticamente denominados “plataformas regionales de desembarco”, esos sitios recluirían a los migrantes subsaharianos y norafricanos para evitar que Europa se comprometa a recibirlos. Pero Marruecos, Libia, Argelia y Túnez rechazan esa propuesta que consideran una maniobra para endosarles el éxodo masivo de personas.

No obstante, en Malí y Niger ya existen centros de detención de migrantes patrocinados por la Organización Mundial de las Migraciones (OIM) y agencias de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Niamey, capital de Níger, tiene varios “centros especiales” con cientos de inmigrantes en espera de que su situación se defina. La mayoría busca asilo o refugio en los países más solventes: Alemania, Francia, Italia o Suiza. Otros optan por acogerse a programas de repatriación voluntaria.

Solo entre enero y marzo de 2017, Níger asistió en seis “centros de tránsito” a mil 310 mujeres y 714 niños acompañados y 445 sin compañía, que en su mayoría procedían de Nigeria y Liberia. El Fondo Fiduciario de Emergencia de la UE para África –al que más contribuyen Alemania, Holanda, Francia y Suiza– los financia.

Para la organización no gubernamental (ONG) Médicos sin Fronteras, con esos centros la UE persigue una “solución a la turca”, que consiste en pagar a terceros países para que el problema no llegue a los países ricos y acabar con la presión mediática. “No solucionan el problema, son maniobras para ocultar en África el problema migratorio para que el Mediterráneo no se llene de pateras”, denuncian grupos de derechos humanos y ONG locales.

La propia Turquía aceptó recibir a migrantes en 2016 y así contener su arribo a suelo comunitario. A cambio se le ofreció un mejor trato político-económico de Bruselas, la UE mantiene el visado a los turcos y Ankara amenaza con romper ese acuerdo.

El debate sobre el problema migratorio sube de tono entre los miembros de la UE. El primer ministro de Italia, Giuseppe Conte, propone que los centros de inmigrantes estén en cualquier país europeo, no solo en los llamados “de primera llegada” (como Italia). El mandatario francés Emmanuel Macron se niega tajante a abrir centros en territorio galo e insiste en instalarlos en “países de primera llegada” en la ruta del Mediterráneo central.

Y ante las diferencias entre los países de la región, el primer ministro griego, Alexis Tsipras, lamenta la falta de “valores europeos”. Ya no se comparten los fundamentos de solidaridad, humanismo, respeto a los derechos humanos y al derecho internacional, declaró. Desde 2015, cinco islas griegas en el Egeo soportan miles de llegadas de inmigrantes.

No obstante, el nuevo presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, se comprometió ante el Consejo Europeo a admitir algunos refugiados temporales que permanecen en Alemania. A cambio recibirá apoyo económico de la UE. Semanas antes, Sánchez acogió en Valencia a los pasajeros del buque Aquarius, en memoria de los españoles recibidos por otros países entre 1936 y 1939.