EDITORIAL

El nuevo partido oficial

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Buzos de la Noticia

La mayoría de los electores mexicanos decidió que el gobierno del país pasara a las manos de otro partido político; después de casi 90 años, solo dos partidos han mostrado qué tan capaces son para resolver los principales, los más graves problemas de la nación. A partir del próximo 1º de diciembre, El Poder Ejecutivo, el Poder Legislativo (la mayoría de las curules en el Congreso de la Unión) y cinco entidades federativas estarán gobernadas por el partido Movimiento Regeneración Nacional (Morena).

Los beneficios de este significativo cambio político están por verse; quienes sufragaron por el auto denominado “partido de la esperanza”, conservan efectivamente la esperanza de que se materialicen las promesas que los condujeron a votar por ese partido político. Andrés Manuel López Obrador (AMLO) prometió, por ejemplo, que al día siguiente de su triunfo (el dos de julio) se eliminarían las pensiones vitalicias a los expresidentes de la República y se comenzarían a reducir las injustas y elevadas remuneraciones de los altos funcionarios públicos; que en el plazo inmediato se desplegaría la lucha contra la corrupción, a su juicio, la más profunda raíz de los principales problemas que aquejan a la nación; que se abrirían las puertas de las instituciones de educación superior y de la educación en general para todos los jóvenes; y los ciudadanos de la tercera edad contarían con una pensión.

Estas promesas son apenas un pequeño porcentaje de un cúmulo de compromisos muy grande; los votantes ya están muy atentos a su materialización y pronto, muy pronto, reclamarán su cumplimiento o, al menos, el inicio de las acciones indispensables para hacerlas realidad.

Los voceros de Morena, sus más hábiles polemistas, han comenzado a adelantar respuestas a los inminentes reclamos afirmando, por ejemplo, que no se puede exigir al nuevo gobierno que en un sexenio resuelva lo que el “PRIAN” no pudo en 88 años; y tienen completa razón; no sería muy cuerdo quien exigiera solución a tan graves y difíciles problemas en cuestión de días, meses o un sexenio; pero esas promesas no partieron de los votantes, sino de quienes solicitaron los votos y sin mucha cordura prometieron que en un corto plazo demostrarían con hechos que los problemas pueden resolverse combatiendo la corrupción, el peculado, el dispendio y la colusión de los gobernantes con los criminales.

El destino del nuevo gobierno está sellado por sus propias palabras, por sus compromisos, por las críticas a los gobiernos anteriores, que resultaron ciertas, justas y convincentes; por lo tanto, AMLO tendrá que abocarse a la tarea que se echara a cuestas. Estamos seguros de que la población recuerda siempre lo que sus líderes prometen, juzga y a veces exige el cumplimiento de la palabra empeñada por sus elegidos.

En el pasado, AMLO ha probado ser un pésimo perdedor y en este último proceso está demostrando ser un mal ganador. El triunfo de Morena no resultó absoluto; en diversas entidades federativas venció por un escaso margen; y hubo incluso algunas, como Puebla y Yucatán, donde fue derrotado; lo mismo ocurrió en algunos municipios, en donde la mayoría de los ciudadanos no sufragó a su favor.

Lamentablemente, en esos lugares ni sus bases ni su dirección se mostraron como buenos perdedores; la euforia de su triunfo presidencial los ofuscó y, en el caso de Puebla, llegaron a la violencia al ver perdida la gubernatura de esa entidad, donde no se comportaron como buenos perdedores, al estilo de Meade y Anaya, que reconocieron casi inmediatamente su derrota.

Y en todo el país, la soberbia, el odio al que los morenistas estaban dispuestos a dar rienda suelta en caso de perder, fue desplegado en forma de amenazas e insultos contra quienes no resultaron favorecidos en la contienda; si la política fuera un deporte, esa actitud ameritaría fuertes sanciones por conductas agresivas e incorrectas contra el contrincante derrotado.