CLIONAUTAS

Argentina 78 y el Proceso de Regeneración Nacional

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Carlos Ehécatl

Los encuentros deportivos de nivel planetario, como el Mundial de Futbol o las Olimpiadas, siempre brindan excelentes oportunidades al país sede para que proyecte al resto del mundo una imagen de prosperidad, desarrollo, paz y, en general, de la posesión de múltiples cualidades culturales y cívicas a las que todo país aspira.

Para ilustrar esta idea, basta traer a la memoria la Olimpiada que se celebró en 2008 en China y que, por medio de la fastuosidad de sus eventos y sus instalaciones, potenció la idea de que China estaba totalmente entre los países más importantes de la Tierra.

Recuérdese también, por ejemplo, la Olimpiada de 1968, en la que el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz quiso mostrarle al mundo que México ya era un país desarrollado y que tenía la dignidad suficiente para albergar un evento deportivo de esa magnitud. Algo similar ocurrió con el Mundial de Futbol Argentina 78.

En 1976, como parte de la lucha anticomunista impulsada por las élites locales y el gobierno de Estados Unidos, un golpe de Estado terminó con el gobierno de María Estela Martínez de Perón y entronizó a una junta militar cuya figura más destacada era Jorge Rafael Videla. Videla encabezó la dictadura argentina que duró de 1976 a 1983 y que se autodenominó Proceso de Regeneración Nacional.

El proyecto que la junta militar implantó se proponía, como lo dice su nombre, reorganizar a la sociedad argentina de tal manera que el virus del comunismo fuera extirpado de la nación conosureña. Esta propuesta, sin embargo, tropezó con los sectores sociales en los que el ideario comunista ya había echado raíces muy profundas y que era imposible cortar mediante mecanismos pacíficos.

Jóvenes estudiantes, sindicatos, partidos de izquierda, etc., comenzaron a vivir la pesadilla de la persecución, los homicidios, las desapariciones, las torturas y todas esas prácticas insufribles que caracterizaron a las dictaduras latinoamericanas del siglo XX.

En este contexto, la junta militar necesitaba ganar la legitimidad mínima que todo gobernante –incluidos los dictadores– necesita para mantenerse en el poder. Fue en esta coyuntura en la que se desarrolló el Mundial de Futbol de 1978.

Argentina había sido seleccionada como sede del Mundial desde 1966, pero su organización fue considerada un asunto prioritario por la dictadura. De hecho, desde que la junta militar tomó las riendas del país, se creó un comité que tenía como tarea única organizar un evento deportivo que quedara para la historia; un Mundial que hacia el exterior mostrara a una nación próspera y que en el interior se ganara la simpatía y el apoyo del pueblo argentino. Para lograr esto, la junta se valió de recursos deleznables, como lo atestigua el triunfo de Argentina sobre Perú (6-0) en la fase semifinal del torneo.  

Según narraron años después los jugadores de la selección peruana, cuando estaban en los vestidores y listos para salir al campo de juego, Videla se apersonó ante ellos y les leyó un mensaje del dictador de Perú en el que se hacía hincapié en la “hermandad peruano-argentina”. Después de la goliza, y ya cuando había terminado el Mundial, la dictadura argentina le transfirió al gobierno peruano una cuantiosa cantidad de dinero, misma que fue interpretada por muchos como un gesto de reciprocidad por la victoria argentina sobre Perú.

Otro pasaje, éste horroroso, fue el de los detenidos que se encontraban en la Escuela de Mecánica de la Armada, presos por la dictadura, quienes prácticamente escuchaban todos los partidos que se jugaban en el Estadio Monumental, cuya ubicación permitía que los presos incluso oyeran, entre tortura y tortura, los gritos que los emocionados argentinos proferían al caer cada gol. En ese encuentro, como se sabe, Argentina obtuvo el triunfo y su equipo fue coronado campeón.

El caso de Argentina y el uso político que se hizo de la justa mundialista, viene a colación porque en estas fechas se lleva a cabo el Mundial de Rusia 2018. Algunos comentaristas han sugerido la idea de que este evento le servirá al presidente ruso Vladimir Putin para fortalecer su figura y continuar su “régimen autoritario”.

Esto, sin embargo, es la visión que la prensa occidental pro-imperialista ha intentado generalizar desde hace varios años. Un punto de vista más objetivo, más crítico con la hegemonía del imperialismo estadounidense en los medios de comunicación, llevaría a otra conclusión. 

En Rusia está pasando, en buena medida, lo contrario a lo que pasó en Argentina. Mientras que en Argentina el Mundial, que  contó con el respaldo de Estados Unidos, fue un evento empleado para inyectar un somnífero al pueblo y había cientos de argentinos que estaban siendo torturados por el gobierno dictatorial de Videla, en Rusia se observa lo contrario: su organización, además de no contar con el apoyo de las potencias occidentales sino con su antipatía, es un evento que no sume a los rusos en un sueño opiáceo , sino  que los enorgullece porque no hay conciudadanos suyos que estén siendo víctimas del gobierno de Putin.

Así, al contrario de lo que intentan vendernos, Rusia 2018 no es Argentina 78, por mucho que insistan los opinólogos profesionales de nuestro país. En todo caso, el Mundial en curso guarda más similitud con China 2008, ya que ambos eventos proyectan, en algún grado, que los países soberanos y libres son capaces de vivir con progreso y bienestar, a pesar de las adversidades del imperialismo y sus aliados. La Copa del Mundo es, pues, un paso más que da Rusia en su marcha por construir el mundo multipolar del mañana.