LITERATURA

La nariz de Nikolái Gógol

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Ana Kerlegan

La nariz de Nikolái Gógol era gigantesca, como sugieren sus retratos y el que parece ser el único daguerrotipo que hay de él, capturado por Serguéi Levitski en 1845. Casi cualquier persona que haya leído a Gógol puede suponer sin problema que tenía, como todo ser humano, fosas nasales. De manera entreverada en sus líneas, Gógol hace una y otra vez referencias constantes a olores —y narices— en el primer cuento que leí: La nariz (1836), famoso porque relata cómo una nariz se desprende de su dueño y camina por la calle vestida de consejero de Estado. Por supuesto, no es extraño que en La nariz el autor mencione decenas de veces la palabra “nariz”.

En su novela cumbre, Almas muertas (1842), gastó más grafito circulando la palabra “nariz”, y el número de páginas en que se encontraba, que haciendo anotaciones y subrayando oraciones enteras. En la novela, acaso su máxima obra, Gógol escribe 55 veces “nariz”, “nasal” o “narina”.

Se trata del escrito con mayor mención de narices —sin tomar en cuenta La nariz, con 107— en toda la bibliografía gogoliana, e incluso donde goza de un protagonismo bastante singular, desde la forma en que el protagonista, Pável Chíchikov, se suena la nariz (“como una trompeta”), hasta personajes cuya descripción gira en torno a ella.

Un ejemplo muy interesante se observa en el capítulo III, donde aparece Nozdriov, un gran propietario adicto al alcohol y al juego. Como es tradición en la época dorada de la literatura rusa, ningún personaje tiene un nombre por casualidad. La palabra (nozdriá) significa, literalmente, “fosa nasal”, y Gógol advierte que este hombre “quizá desempeñe un papel bastante importante” acaso ofreciendo una pista sobre el peso de las narices en su narrativa.

¿De dónde surge esa fijación? ¿Se trata de un trauma ante la largura de su propia nariz? Otro escritor ruso, Vladímir Nabókov (1899-1977), ha sido uno de los pocos que se percataron de este misterio nasal en su biografía y magistral estudio sobre el que consideraba el máximo escritor ruso.

El libro de Nabókov comienza, de hecho, con la escena de la muerte de Gógol el cuatro de marzo de 1852: inanición —inducida por un sacerdote charlatán—, depresión —acababa de quemar desesperado la segunda parte de Almas muertas, una tos terrible y un doctor que le introdujo sanguijuelas (¿por dónde más?) por la nariz, en su lecho de muerte.

Gracias a Nabókov sabemos, primero, que Nikolái Vasílievich podía tocarse la punta de su larga nariz con el labio inferior en su juventud; segundo, que escribía a menudo sobre ella y su largura en su correspondencia.

Nabókov quiere pensar que, lejos de un problema explicado freudianamente donde la nariz era un símbolo fálico —seguramente algo tendrá de verdad, pero habrá que preguntar a un psicoanalista—, este leit motiv nasal es más una forma de satirizar y mostrarse “particularmente ruso” al mundo pues, recalca, no era novedad en la época la fijación de la literatura rusa con las narices.

Para demostrarlo, Nabókov enlista un sinnúmero de refranes rusos que tienen como principal sujeto la nariz. Puede que Nabókov tenga algo de razón. En la década de 1830, la de mayor productividad en la obra gogoliana, era común el tropo literario en Rusia de narices que aparecían y desaparecían, tendencia con nombre propio: nosologiya, que puede traducirse como “nasalogía”.

En 2010 apareció una antología de Gógol bajo el sello de la editorial rusa Direct Media, con comentarios muy esclarecedores al respecto. Allí se dice, por ejemplo, que cuando el suplemento literario de la gaceta Russkii Invalid se convirtió en la principal publicación literaria de San Petersburgo, tras la interrupción de la Literatúrnaya Gazeta en 1831, apareció en su número 72 (nueve de septiembre de 1831) la traducción de un chiste francés titulado “La nariz”, la “confesión tragicómica” de un hombre “cuya colosal nariz desviaba la atención de cada detalle de su rostro”.

Este número apareció un año antes de que Gógol comenzara a escribir La nariz —publicada hasta 1836— pero cuando ya había mencionado varias narices en sus primeros escritos. De hecho, se afirma allí mismo que Gógol repite la frase del chiste francés de manera casi exacta en “Moría un farol…”, cuento incompleto de 1832, donde describe cómo la nariz de uno de los personajes era “la continuación de sí mismo”.

Gógol murió como uno de sus propios personajes: de una forma por demás ridícula y triste a la vez. Resulta muy revelador que esas sanguijuelas que devoraron su nariz en sus últimas horas terminaran por matarlo. Distraído —y no es para menos— en la prosa gogoliana, en la sátira implacable y en la exposición de la existencia tan mediocre e irrisoria de sus personajes, el lector de Gógol quizás no alcanza a advertir la constante nasal en la obra de Nikolái Vasílievich. Y no deja de ser curioso que casi nadie se haya percatado de ello, porque quien lea a Gógol tiene esta evidencia, literalmente, ante sus narices.