SEXTANTE

Corazones y mentes
Segunda de cuatro partes

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M. A. Aquiáhuatl


Corazones y mentes comienza con las palabras de un importante miembro del gobierno estadounidense (1946-1950) en la época de Harry S. Truman (Clark Clifford), quien intenta hacer un análisis del contexto histórico en que se desarrolló la Guerra de Vietnam: “Teníamos la sensación al término de la Segunda Guerra Mundial de que éramos la potencia más poderosa del mundo… que podíamos controlar al mundo… que no descansaríamos hasta que el mundo fuera libre… Nuestra visión del progreso no se reducía a nuestro país, sino a todo el mundo”.

Con estas palabras de Truman, el realizador Peter Davis invoca la Doctrina Monroe, principio de política exterior con el que Estados Unidos (EE. UU.), prácticamente desde que surgió como nación libre, reivindicó para sí la pertenencia de todo el continente con la frase “América para los americanos”, misma a la que después de concluida la Segunda Guerra Mundial dio una mayor extensión geográfica: “El mundo entero para los americanos”. Y, en efecto, desde entonces el gobierno se siente dueño del mundo.

En su documental, Davis expone cómo desde que Francia hizo la guerra a Vietnam a partir de 1954, a fin de mantener su dominio colonial sobre toda Indochina, EE. UU. brindó a ese país europeo apoyo financiero que equivalió al 78 por ciento de sus costos. Es decir, en esa agresión militar contra Vietnam, los imperialistas galos y yanquis se dieron la mano para, según ellos, “acabar con las bandas comunistas”.

Este afán de supremacía sobre el mundo se evidencia al extremo cuando en la entrevista que Davis hace a Clifford-Truman, éste revela que en algún momento Alan Dulles, exdirector del FBI y exsecretario de Estado de EE. UU., entre otros cargos, llegó a decirle a un funcionario de Vietnam del Sur (el gobierno títere del imperialismo yanqui): “¿Y si les damos dos bombas atómicas para acabar con los vietcong?”. (Los gringos así llamaban a los nacionalistas y comunistas que luchaban bajo la dirección de Ho Chi Minh).

El documental presenta enseguida el discurso que en 1965 pronunció el entonces presidente de EE. UU., Lindon B. Johnson, en el que declaró : “La victoria final –de EE. UU.– en Indochina dependerá de los corazones y las mentes de las personas que efectivamente viven ahí”. Esta figura retórica de Johnson es la que le dio título al filme de Davis.

Y, en efecto, como pudo comprobarse en el desarrollo posterior del conflicto, el gobierno gringo jamás pudo conquistar ni las mentes ni los corazones de los vietnamitas y, en el más estricto sentido histórico, tampoco pudo ganarse a la mayoría del pueblo estadounidense, toda vez que la retirada del ejército estadounidense de Vietnam se debió al fuerte rechazo de millones de ciudadanos gringos hacia dicha guerra.

Davis no es un documentalista dogmático ni maniqueo; y para darle fuerza a su cinta aportó una visión completa de lo que ocurría en la sociedad gring mediante la presentación tanto de las opiniones de algunos miembros del ejército que apoyaron la guerra, ya sea por razones políticas, ideológicas o por simple patrioterismo, como la de militares que asumieron una posición crítica hacia esa guerra.

Por ejemplo George Coker, oficial que fue prisionero de guerra de 1966 a 1974, dice que lo que lo mantuvo siempre firme en su convicción como soldado al servicio de la nación fue su fe: fe en la familia, en Dios y en el país. “Si me mandaran de nuevo a la guerra allá en Vietnam, estaré dispuesto a volver a ir porque América me educó bien”. Estas declaraciones contrastan con las del expiloto Randy Floyd, quien declara:

“En la secundaria te dan un ‘paquete’ sobre el comunismo; en la concepción que nos dieron en la escuela nos dijeron que Karl Marx era un hombre muy cruel, un hombre que solía hacer sufrir mucho a su familia... nos enseñaron también que Franklin Delano Roosevelt nos había dejado vendidos ante los rojos”.

Randy Floyd fue un piloto que mató a muchos vietnamitas, pero su pensamiento evolucionó hacia una visión crítica del gobierno de su país y su posición ideológica, más que contrastante con la de Coker, resultó diametralmente opuesta. Más adelante , el realizador ofrece más reflexiones autocríticas de Randy Floyd, que son muy significativas dentro del mensaje progresista de Corazones y mentes.