MOSAICO CULTURAL

Un regalo de Víctor Hugo: Los miserables

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Vania Mejía

“La poesía no es de quien la escribe sino de quien la necesita”, dijo alguna vez Pablo Neruda. Lo mismo pasa con las otras bellas artes, en las que los artistas no han creado algo para ellos sino para los demás; es así como han otorgado un sinfín de regalos a la humanidad.

Víctor Hugo, el escritor francés que además de grandes obras literarias dejó un ejemplo de artista comprometido con la vida política y social de su país, y quizá del mundo, sigue siendo admirado por uno de sus grandes regalos: Los miserables.

Esta novela fue publicada en 1862 y está enmarcada dentro de la corriente romántica a pesar de su enorme acercamiento con el realismo. Y es que, pese a la exaltación de los grandes sentimientos de sus personajes, son los conflictos sociales –la injusticia, la pobreza, el hambre y todo lo que le sucede a los miserables de la Francia del siglo XIX, entonces una nación torturada por la desigualdad social– los que sirven de base a la gran novela de nuestro autor francés.

El impacto de esta obra ha sido tal que las adaptaciones al cine y al teatro han sido innumerables.  Se sabe que su primera traslación al cine –aunque incompleta– fue hecha por los hermanos Lumiere en 1897; este filme se ha perdido. No podemos hacer un recuento de todas porque no acabaríamos, pero nos referiremos a una en particular: la versión musical producida por Cameron Mackintosh. Ésta se presentó por primera vez en París en 1980 y en Londres en 1985.

En un principio la crítica fue muy dura con la propuesta, ya que la totalidad de la obra es cantada, pero con el paso del tiempo y la aceptación de los espectadores, fue mejorando considerablemente. Ha recibido numerosos premios; se ha presentado en 38 países y 223 ciudades de todo el mundo; se ha traducido a 21 idiomas y la han interpretado 56 compañías profesionales.

El exitoso musical llegó a México en 2002 y estuvo en cartelera casi 22 meses; 15 años después ha vuelto de la mano de OCESA. La inversión para llevar a cabo este proyecto fue de 100 millones de dólares. Se transportaron por mar 52.2 mil kilogramos de escenografía, iluminación, vestuario y sistemas de audio.

En el escenario hay más de 270 luces, tres mil piezas de ropa, 86 pelucas, 40 micrófonos inalámbricos, etc. Exorbitante inversión si se la compara con lo que el gobierno le destina a la producción artística nacional. En realidad, poco importa el apoyo gubernamental cuando la inversión privada se interesa en las ganancias.

A pesar de que el dinero no siempre es garantía de calidad, la puesta en escena es sorprendente. El reto de condensar todo lo que Víctor Hugo escribió es una labor titánica y en muchos aspectos no se logró; la tendencia a realzar la cuestión amorosa por encima de las ansias de libertad de un pueblo oprimido que sufre es evidente, pero no deja de ser un musical inspirador para todos aquéllos que, como Víctor Hugo, queremos un mundo mejor.

A pesar de la calidad y el éxito, no todo son flores, pues no podemos ignorar un elemento importantísimo: el espectador. El musical no ha sido producido por hombres generosos que quieran que el pueblo –al que Víctor Hugo se dirigía– conozca esta obra, y ¿por qué no?, aprenda de ella y luche por su libertad como aquellos franceses. Basta con ver el precio de los boletos (entre 890 y dos mil 490 pesos) para darse cuenta de ello.

¿Quién en México puede pagar un boleto de este precio cuando el salario mínimo es de 89 pesos diarios? Es claro que solo una minoría podrá asistir a maravillarse con tan grandioso espectáculo. Triste realidad la de los mexicanos.

Víctor Hugo no imaginó el éxito que tendría su obra, como tampoco imaginó que en 2018 solo podría ser degustada por la clase alta, la equivalente a la clase contra la cual él escribió. Es así como el pueblo pobre de México no podrá ver este musical. Pero eso no es ningún impedimento para que, en un futuro no muy lejano, todos podamos cantar, y no necesariamente en un escenario, canciones por la libertad: “Canta el pueblo su canción / nada la puede detener / ésta es la música del pueblo / y no se deja someter”. A Víctor Hugo, gracias.