ESCAFANDRA

Una partida de ajedrez, de Stefan Zweig

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Ángel Trejo

Stefan Zweig (Viena 1881-Petrópolis, Brasil 1942) fue uno de los escritores más entrañables de la literatura universal del siglo XX. Cuatro de sus 15 novelas –Veinticuatro horas entre la vida de una mujer, La confusión de los sentimientos, Novela veraniega y Una partida de ajedrez– estuvieron entre las más leídas en la primera mitad de la centuria anterior y buena parte de sus 20 biografías —Fouché, María Estuardo, María Antonieta, Dickens, Balzac, Dovstoievski, Tolstoi— resaltaron por su apego a la objetividad y al análisis sicológico de los personajes.

Austriaco de origen judío y militante pacifista, Zweig solo estuvo interesado  en la convivencia y el intercambio de las culturas en el orbe. Se suicidó junto con su esposa a causa de una mala lectura de los sucesos de la Segunda Guerra Mundial, que en aquel momento sugerían el triunfo del nazifascismo. Departió con Sigmund Freud, Romain Rolland, Máximo Gorki, Thomas Mann, Albert Einstein y el compositor alemán Richard Strauss, quien intentó protegerlo de los nazis.

En Una partida de ajedrez, su novela más popular, Zweig cuenta la historia de un juego casual entre Mirko Czentovic, joven croata de ignorancia “universal” pero dotado de un “inhumano automatismo ajedrecista” que lo había convertido en campeón mundial, y el Doctor B., abogado austriaco de reconocida familia burguesa en Viena que había sido cautivo de la Gestapo.

El Doctor B tenía una singularidad: desde los 16 años no jugaba ajedrez, pero durante el año de su cautiverio primero memorizó y ejecutó con piezas de migas de pan sobre una colcha a cuadros las 150 partidas magistrales de excampeones mundiales de un libro y luego jugó contra sí mismo hasta llegar a la “intoxicación ajedrecista”. En un viaje en barco de Nueva York a Buenos Aires usó estos conocimientos primero para asesorar a seis viajeros que por el capricho de uno de ellos (McConnor) habían retado en grupo a Czentovic en un par de partidas.

Más tarde enfrentó a éste en una partida que en principio se negó a aceptar por temor a que el ajedrez lo retrotrajera a su pasado. La reseña de Zweig sobre este juego se centra básicamente en la actitud sicológica asumida por los jugadores. Describe a Czentovic concentrado al máximo y moviendo muy lentamente sus piezas, y al Doctor B extrovertido nervioso, jugando 10 veces más rápido que su rival, fumando y bebiendo agua a cada momento.

En una primera partida, la única que el Doctor B había aceptado, Czentovic abandonó a fin de no rendirse a un jaque mate; pero en una segunda, concertada a un plazo máximo de 10 minutos por movimiento, el campeón jugó con mayor lentitud para desesperar al Doctor B, quien pronto cayó en una crisis neurótica similar a la que había sufrido ante los nazis, misma que lo llevó a declarar un jaque mate inexistente.

Advertido de este error y de un posible ataque de locura, se dio por vencido con la promesa de jamás volver a tocar un tablero de ajedrez. El final de la novela son unas palabras “magnánimas” de Czentovic: “Lástima. El ataque no estaba mal dispuesto, considerando que se trata de un aficionado; es justo decir que ese caballero posee, en realidad, condiciones excepcionales”.