CLIONAUTAS

La historia y la política

/facebook @twitter
Victoria Herrera

¿Qué es la historia? ¿Qué es la política? ¿Existe una relación entre ambas? Si existe ¿hasta qué punto se da? ¿La historia debe cumplir o cumple una función social o política? ¿La historia sirve de algo?

Éstas son algunas de las numerosas preguntas que los historiadores se plantean en el curso de su carrera. Desde que el hombre comenzó a desarrollar su intelecto y a interrogarse sobre su pasado, la historia cobró un sentido, que era precisamente conocer su origen. Pero ¿para qué? ¿Qué sentido tenía conocer el pasado?

El objetivo principal de los antiguos historiadores fue justificar la ascendencia de un individuo o una colectividad, con la intención de justificar la posición social o política de uno u otra. En otras palabras, la historia perseguía un fin político. Esto puede observarse tanto en la Iliada, en la que Homero muestra un “catálogo de naves” con extrapolaciones posteriores y la estirpe de los caudillos aqueos; como en las Historias de Herodoto, en las que el autor se esfuerza en documentar el linaje de los medos y los griegos.

En El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Carlos Marx anotó que “la tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”.

Solo que la resurrección de los muertos puede servir para glorificar las nuevas luchas o para parodiar las antiguas, pues “todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen dos veces (…), una vez como tragedia y la otra como farsa”. En el Prefacio a la contribución a la crítica de la economía política, el mismo Marx escribió que “así como no se juzga a un individuo por la idea que él tenga de sí mismo, tampoco se puede juzgar (una) época por la conciencia de sí misma (…)”.

Ahora bien: Durante esta campaña electoral hemos atestiguado en múltiples ocasiones cómo Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ha evocado la historia patria con un fin particular: legitimar su discurso y, por ende, sus propuestas políticas. Ha dicho que él es el heredero de Benito Juárez, Francisco I. Madero y Lázaro Cárdenas.

De este ejemplo resulta claro que así como el historiador se vale de la política, los políticos se sirven de la historia. Desde la antigüedad, la historia y la política se relacionan a niveles casi inseparables, aunque los historiadores profesionales deseen extinguir este vínculo con el pretexto de que pervierte el rigor científico de su disciplina.

Sin embargo, del dicho al hecho hay mucho trecho. AMLO puede evocar a Juárez, a Madero y a Cárdenas, pero la simple enunciación de este parentesco histórico no significa que en los hechos él represente los papeles que en su momento tuvieron el Prócer de la Reforma, el Apóstol de la Democracia y el autor de la Expropiación Petrolera.

La misma regla aplica para los que deliran con la inminencia de la tan llevada y traída “cuarta transformación nacional”. En este caso, la nueva escena de la historia mexicana ofrece un aspecto cómico. En estos momentos, los vivos conjuran a los muertos para ocultarse a sí mismos el contenido limitado de su lucha. Aquí “la frase desborda el contenido”.

Pero, parafraseando a Marx, la revolución social que reclama nuestro país “no puede sacar su poesía del pasado, sino solamente del porvenir. No puede comenzar su propia tarea antes de despojarse de toda veneración supersticiosa por el pasado. Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido”. La revolución que reclama México “debe dejar que los muertos entierren a sus muertos, para cobrar conciencia de su propio contenido. (…) aquí, el contenido desborda la frase”.