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El sistema de salud y el modelo económico

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Gladis Eunice Mejía Solis

En los dos últimos años se publicaron estudios importantes sobre el sistema de salud mexicano que hallaron cierto eco en la prensa y que fueron realizados por organizaciones que de ninguna manera pueden tacharse de contrarias al sistema, como es el caso de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), del Centro de Estudios Espinoza Yglesias (CEEY) y del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO).

En esos análisis se pone en evidencia que México es un país en el que la población trabajadora no tiene acceso a servicios de salud de calidad y que la infraestructura médica necesaria para atender enfermedades cada vez más complejas es ineficiente y deficiente. Veamos algunos datos relevantes que ilustran ampliamente la situación descrita:

El gasto público destinado a la salud por el Gobierno Federal equivale al tres por ciento del producto interno bruto (PIB), cifra que se encuentra muy por debajo del mínimo que recomienda la OCDE (seis por ciento). Además, de ese tres por ciento, la décima parte se destina a gastos administrativos, lo que reduce el presupuesto que debería emplearse en elevar la calidad del sistema invirtiendo, por ejemplo, en personal médico, infraestructura, materiales y medicinas. Esto impacta negativamente en la atención a los pacientes, pues por cada mil habitantes hay solo dos médicos y dos enfermeras (el promedio de la OCDE es de tres doctores y nueve enfermeras).

Es cierto que la población con acceso a servicios de salud se ha más que duplicado desde la implementación del Seguro Popular en 2004, que está enfocado a los trabajadores informales (la mayor fuerza de trabajo en el país). Sin embargo, ello no se ha traducido en alguna mejoría en la atención sanitaria a los trabajadores: el gasto público aumentó solo en un punto porcentual, el 90 por ciento de los centros de salud que hay en el país son de primer nivel (solo atienden padecimientos comunes y su capacidad de atención a pacientes es limitada) y de los 180 hospitales de tercer nivel, la mitad se concentran en la Ciudad de México (CDMX), el Estado de México y  Guadalajara.

El sistema es además regresivo: el 20 por ciento de los afiliados más pobres recibe el 16 por ciento del Seguro Popular y solo el dos por ciento de los presupuestos de salud del Instituto Mexicano del Seguro Social.

El mal servicio en los hospitales públicos, casi al borde del colapso, obliga a la población a buscar atención médica en el sector privado (es decir a los consultorios médicos adyacentes a las farmacias, pues no alcanza para más); el gasto familiar en salud privada asciende a casi el tres por ciento del Producto Interno Bruto (casi el mismo que el del sector público) y los trabajadores tienen que gastar el 41 por ciento de su salario para atenderse alguna enfermedad, lo que ahonda la brecha entre ricos y pobres.

El bono demográfico que actualmente tiene México se acerca a su fin: la tasa de crecimiento de adultos mayores es más rápida que la de la población total. Esto aumentará el gasto por persona con enfermedades asociadas a la vejez –cardiopatía, cerebrovasculares, diabetes, enfermedades renales y cáncer– cuyo tratamiento requieren más recursos e infraestructura, que el sistema no tiene a su disposición.

Con la introducción del neoliberalismo, los hábitos alimenticios han derivado en dietas ricas en azúcares refinadas y grasas saturadas. Este consumo se debe, sobre todo, que a los bajos ingresos del mexicano carece del dinero suficiente para tener una dieta bien balanceada y que no ponga en riesgo su salud. La explotación laboral, física y mental (más del 73 por ciento de la población trabajadora sufre de estrés), ha provocado el incremento de la obesidad a niveles alarmantes: las tasas de este mal en adultos se incrementaron del 62.3 al 71.3 por ciento de 2000 a 2012 y uno de cada tres niños tiene sobrepeso u obesidad. A consecuencia de estos males, la diabetes afecta hoy al 16 por ciento de la población adulta.

El alto nivel en la mercantilización de la salud se ha vuelto insostenible para la clase trabajadora. Pero el deterioro de la salud no es algo que ocurra al margen del entramado social, sino que también es fruto del sistema económico neoliberal y del lugar que ocupa México en la producción global, ya que nuestro país se ha especializado en aportar mano de obra barata para que los capitalistas extranjeros y nacionales puedan enriquecerse más a costa de la salud de los trabajadores. El único remedio que existe para eliminar este problema de raíz es la organización social y política del pueblo trabajador a fin de defender sus intereses.