PULSO LEGISLATIVO

La batalla del PRI es ya solo por el Congreso

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Álvaro Ramírez Velasco

Con el relevo de emergencia que se realizó en la jefatura del Comité Ejecutivo Nacional (CEN) del Partido Revolucionario Institucional (PRI) quedó la sensación de que el tricolor, más allá de buscar ganar la Presidencia de la República, lo que se ve imposible, se abocará a rescatar la mayor cantidad posible de posiciones legislativas, principalmente federales.

La llegada a la dirección del CEN del exgobernador de Guerrero, René Juárez Cisneros, con las cualidades y las mañas del viejo priismo, delata además la intención de mantener el voto duro tricolor que en las últimas semanas ha sido constantemente llamado a convertirse en sufragio útil a favor del Movimiento Regeneración Nacional (Morena) o de la alianza Por México al Frente (PAN-PRD-MC).

La carrera presidencial, en el marco de una competencia pura, se ve perdida ya por el tricolor y su candidato, José Antonio Meade Kuribreña. Fracasaron en la táctica inicialmente planteada de ganar votos apartidistas, incluso panistas, con la postulación de un abanderado “ciudadano”.

Además de equivocada, esa oferta ha puesto al tricolor en riesgo de fuga de su voto duro. Sin embargo, el otrora partido de Estado no puede darse el lujo de ser una oposición débil, simbólica y sin margen de maniobra y negociación con el nuevo Presidente de la República.

Quedarse en ese escenario sería terrible, pues además de perder una enorme cantidad de recursos, por las ministraciones que el Instituto Nacional Electoral (INE) da a los partidos con base en su representación, lo dejaría en la antesala de convertirse en partido-chiquillada, de esos que poco significan en las urnas y en las decisiones que se toman en el Congreso de la Unión.

De ahí que, con nuevo entusiasmo, incluso con Meade a la cabeza de esta nueva gesta, el Revolucionario parece haber optado en lo que queda de las campañas, por la batalla por el Congreso, por realizar una buena elección legislativa, para afianzarse como la segunda fuerza política del país con el número suficiente de diputados y senadores y para ser indispensable socio de negociación con el Poder Ejecutivo.

René Juárez sabe bien de elecciones complicadas. Él mismo enfrentó una dura prueba en 1999, cuando derrotó en las urnas guerrerenses, por un escaso margen, al entonces perredista Félix Salgado Macedonio, El Toro sin Cerca.
Es un político de viejo cuño, priista desde sus orígenes y conocedor de la operación a ras de suelo, que tanto le faltó al priismo en la primera mitad de las campañas federales.

Si la Presidencia está perdida –aunque siempre queda una última esperanza– no tiene por qué considerarse así la elección legislativa por las curules y los escaños.

Ése es un terreno en el que el PRI, ahora con el El Negro Juárez, como le dicen sus amigos, puede hacer mucho para evitar que la alianza Juntos Haremos Historia (Morena-PT-PES) se quede con la mayoría de las dos cámaras, como apuntan los estudios demoscópicos.

De acuerdo con la más reciente encuesta de Consulta Mitofsky (al cierre de esta entrega) Morena y sus aliados se perfilan para obtener 262 de las 500 curules que tiene San Lázaro, lo que le daría la mayoría simple natural.

El PRI se hallaría ante su escenario históricamente más grave con apenas 72 diputados, en el mejor de los casos.
Así podría explicarse el golpe de timón en su dirección nacional, ya que no solo está en juego la Presidencia sino su existencia misma como partido y fuerza política.

En el Senado, las cosas no son muy distintas: la empresa Massive Caller ha pronosticado que Morena y sus aliados se quedarían con 61 de 128 escaños; en tanto que el tricolor, junto con el Partido Verde y Nueva Alianza, alcanzaría apenas 15, la cifra más baja de su historia. Aún queda tiempo, si no para conservar Los Pinos, sí para que el PRI consiga una buena tajada legislativa.