TRIBUNA POÉTICA

Los valores feudales en el Poema de Mio Cid
Tercera parte

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Tania Zapata Ortega

La familia, con sus valores, con los roles correspondientes a cada género y edad es un producto histórico. A cada etapa en el desarrollo social corresponde una organización familiar que contribuya a perpetuar las relaciones sociales. En la época en que se gestaron las grandes epopeyas medievales como el Poema de Mio Cid, predominaba la ideología feudal en torno al matrimonio entre los miembros de la aristocracia: el varón es el encargado de casar a las hijas, que no pueden decidir por sí mismas. Antes de partir, el Cid deja a su esposa e hijas en un monasterio; Ximena se lamenta por el desamparo en que las tres se quedan y el Campeador expresa su deseo de casar a doña Elvira y doña Sol honradamente.

Plega a Dios e a Santa María,
Que aun con mis manos case éstas mis fijas,
E quede ventura y algunos días vida,
E vos, mugier ondrada, de mí seades servida.

En la catedral de Cermeña, el Cid y su mujer hacen la oración de maitines; ella se arrodilla ante el altar y encomienda al creador las empresas del Cid para que lo cuide de todo mal. Ella es la depositaria del rol femenino; intercede ante la divinidad y espera la vuelta del guerrero “llorando sin saber qué hacer”, pues su voluntad está completamente alienada y su futuro y honra, dependen del triunfo o fracaso de las empresas del esposo.

Tañen a maitines a una priessa tan grande
mio Çid e su mugier a la iglesia vane.
Echós doña Ximena en los grados delantel altare,
Rogando al Criador quanto ella mejor sabe,
Que a mio Çid el Campeador que Dios le curiás de male
(…)
La oraçión fecha, la missa acabada la an,
Salieron de la eglesia, ya quieren cabalgar.
El Çid a doña Ximena ívala abraçar;
doña Ximena al Çid la manol va besar,
llorando de los ojos, que non sabe qué se far.

Siendo el Poema de Mio Cid una epopeya de adoctrinamiento católico, no podía faltar en ella la parafernalia angélica, aunque en este caso se trate de un sueño. La última noche que el Cid duerme en Castilla, el arcángel Gabriel se le aparece en sueños y lo consuela:

I se echava mio Çid después que fo de noch.
Un sueño priso dulce, ten bien se adurmió.
El ángel Gabriel a él vino en visión:
“Cavalgad, Çid, el buen campeador,
ca nunca en tan buen punto cavalgó varón;
mientra que visquiéredes bien se fará lo to.”
Quando despertó el Çid, la cara se santiguó.

La fama del Cid, de sus hazañas y riquezas conquistadas llegan a oídos de los infantes de Carrión que convencen a Alfonso VI de casarlos con las hijas del Campeador; éste accede a la voluntad del monarca con la condición de no entregarlas personalmente; entonces el Rey envía a Alvar Fáñez para que las entregue a los infantes; a pesar del recelo que siente por ambos nobles el Cid informa del inminente enlace a su mujer e hijas:

…deste vuestro casamiento creçeremos en onor;
mas bien sabet verdad que non lo levanté yo:
pedidas a vos ha e rogadas el mio señor Alfons,
atan firme mientre e de todo coraçón
que yo nulla cosa nol sope decir de no.
Metivos en sus manos, fijas, amas ados;
Bien me lo creades, que él vos casa, ca non yo.

Los infantes de Carrión, furiosos por constantes las burlas que su cobardía en combate ha provocado entre los allegados al Cid, deciden vengarse en sus hijas; las golpean y abandonan, dándolas por muertas.

…con las cinchas corredizas las golpean
y las hieren con las espuelas donde más les duele
rompiéndoles las camisas y las carnes a las dos:
limpia corría la hermosa sangre por los briales.

Tanto les pegaron que las dejan sin sentido;
sangrantes están camisas y briales.
Hasta los dos infantes están cansados de pegar,
esforzándose ambos en golpear mejor.
Ni hablar pueden doña Elvira y doña Sol,
dejándolas por muertas en el robledo de Corpes.

El Cid venga el agravio y recupera su honra gracias a la intervención de Alfonso VI, quien cita a los infantes a las cortes, donde se les juzga y condena. Llama la atención la ausencia de ambas mujeres en el juicio; ellas no son sujeto de derecho, su padre las representa porque porque es él quien ha perdido honor; en las normas jurídicas feudales la mujer estaba legalmente sujeta a la autoridad masculina. Recuperada la Patria potestad, es decir, vueltas las mujeres a poder del padre, el rey Alfonso VI las entrega a los infantes de Navarra y Aragón, emparentando así al Cid con la corona española.  
(*)Textos en español antiguo, respetando el original.