CULTURA/ POESÍA

Alfonso Reyes

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Buzos de la Noticia

 

Nació el 17 de mayo de 1889 en Monterrey, Nuevo León y murió el 27 de diciembre de 1959 en la Ciudad de México, siendo enterrado en la Rotonda de los Hombres Ilustres. Se recibió de abogado en 1913. Miembro fundador del Ateneo de la Juventud (1909). Secretario de la Facultad de Altos Estudios. En 1913 se le designa segundo secretario de la Legación de México en Francia.

En 1914 va a España, donde se dedica a la literatura y el periodismo y donde trabaja en el Centro de Estudios Históricos de Madrid bajo la dirección de Menéndez Pidal. Segundo secretario de la Legación de México en España (1920); Encargado de Negocios en España (1922-1924). Ministro en Francia (1924-1927). Embajador en Argentina (1927-1930 y 1936-1937) y en Brasil (1930-1936).

En 1939, presidente de la Casa de España en México (después Colegio de México). Presidente de la Academia Mexicana de la Lengua y miembro fundador del Colegio Nacional. Premio Nacional de Literatura en 1945. Entre su numerosa producción destacan Obra poética (1952), Constancia poética (Tomo X de sus obras completas, 1959). Teatro: Ifigenia Cruel (1924), Landrú (1964); ensayo, crítica, memorias, relato, cuento y novela corta: Cuestiones estéticas (1911), El suicida (1917), Visión de Anáhuac (1917), El plano oblicuo (1920), El cazador (1921), Calendario (1924), Reloj de sol (1926), Simpatías y diferencias (1921-1926), Cuestiones gongorinas (1927), Discurso por Virgilio (1931), Tránsito de Amado Nervo (1937), Las Vísperas de España (1937), Capítulos de literatura española (1939), El pasado inmediato (1941), La experiencia literaria (1942), El deslinde (1944), Tentativas y orientaciones (1944), Los trabajos y los días (1946), Grata compañía (1948), Junta de sombras (1949), Las burlas veras (1957), Los nuevos caminos de la Lingüística (1960).

SOL DE MONTERREY
No cabe duda: de niño,
a mí me seguía el sol.
Andaba detrás de mí
como perrito faldero;
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.
Saltaba de patio en patio,
se revolcaba en mi alcoba.
Aun creo que algunas veces
lo espantaban con la escoba.
Y a la mañana siguiente,
ya estaba otra vez conmigo,
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.
(El fuego de mayo
me armó caballero:
yo era el Niño Andante,
y el sol, mi escudero).
Todo el cielo era de añil;
toda la casa de oro.
¡Cuánto sol se me metía
por los ojos!
Mar adentro de la frente,
a donde quiera que voy,
aunque haya nubes cerradas,
¡oh cuánto me pesa el sol!
¡Oh cuánto me duele, adentro,
esa cisterna de sol
que viaja conmigo!
Yo no conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.
Cada ventana era sol,
cada cuarto era ventanas.
Los corredores tendían
arcos de luz por la casa.
En los árboles ardían
las ascuas de las naranjas,
y la huerta en lumbre viva
se doraba.
Los pavos reales eran
parientes del sol. La garza
empezaba a llamear
a cada paso que daba.
Y a mí el sol me desvestía
para pegarse conmigo,
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.
Cuando salí de mi casa
con mi bastón y mi hato,
le dije a mi corazón:
˗¡Ya llevas sol para rato!
Es tesoro ˗y no se acaba˗
no se me acaba y lo gasto.
Traigo tanto sol adentro
que ya tanto sol me cansa.
Yo no conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.

GLOSA DE MI TIERRA
Amapolita morada
del valle donde nací:
si no estás enamorada,
enamórate de mí.
I
Aduerma el rojo clavel,
o el blanco jazmín, las sienes;
que el cardo es sólo desdenes,
y sólo furia el laurel.
Dé el monacillo su miel,
y la naranja rugada,
y la sedienta granada
zumo y sangre ˗oro y rubí˗:
que yo te prefiero a ti,
amapolita morada.
II
Al pie de la higuera hojosa
tiende el manto la alfombrilla;
crecen la anacua sencilla
y la cortesana rosa;
donde no la mariposa,
tornasola el colibrí.
Pero te prefiero a ti,
de quien la mano se aleja:
vaso en que duerme la queja
del valle donde nací.
III
Cuando, al renacer el día
y al despertar de la siesta,
hacen las urracas fiesta
y salvas de gritería,
¿por qué, amapola, tan fría,
o tan pura o tan callada?
¿Por qué, sin decirme nada,
me infundes un ansia incierta
˗copa exhausta, mano abierta˗,
si no estás enamorada?
IV
¿Nacerán estrellas de oro
de tu cáliz tremulento
˗norma para el pensamiento
o bujeta para el lloro?
No vale un canto sonoro
el silencio que te oí.
Apurando estoy en ti
cuanto la música yerra.
Amapola de mi tierra:
enamórate de mí.

SALAMBONA
¡Ay, Salambó, Salambona,
ya probé de tu persona!
¿Y sabes a lo que sabes?
Sabes a piña y a miel,
sabes a vino y a dátiles,
a naranja y a clavel,
a canela y azafrán,
a cacao y a café,
a perejil y tomillo,
higo blando y dura nuez.
Sabes a yerba mojada,
sabes al amanecer.
Sabes a égloga pura
cantada con el rabel.
Sabes a leña olorosa,
pino, resina y laurel.
A moza junto a la fuente,
que cada noche es mujer.
Al aire de mis montañas,
donde un tiempo cabalgué.
Sabes a lo que sabía
la infancia que se me fue.
Sabes a todos los sueños
que a nadie le confesé.
¡Ay, Salambó, Salambona,
ya probé de tu persona!
Alianza del mito ibérico
y el mito cartaginés,
tienes el gusto del mar,
tan antiguo como es.
Sabes a fiesta marina,
a trirreme y a bajel.
Sabes a la Odisea,
sabes a Jerusalén.
Sabes a toda la historia,
tan antigua como es.
Sabes a toda la tierra,
tan antigua como es.
Sabes a luna y a sol,
cometa y eclipse, pues
sabes a la astrología,
tan antigua como es.
Sabes a doctrina oculta
y a revelación tal vez.
Sabes al abecedario,
tan antiguo como es.
Sabes a vida y a muerte
y a gloria y a infierno, amén.