ESCAFANDRA

La epopeya azteca, según Christian Duverger (III y última parte)

/facebook @twitter
Ángel Trejo

La epopeya azteca “aparece como un atajo sorprendente en la historia de la humanidad”, afirma Christian Duverger al resaltar que un pueblo salvaje construyó una civilización refinada en menos de dos siglos (1325-1521). La mayor creación plástica de los mexicas, dice el historiador francés, fue precisamente su ciudad-Estado: México-Tenochtitlán. Ésta surgió en una pequeña isla que los otomíes o hñahñu llamaban amadetzana (en medio de la luna) y que sus fundadores, una vez convertida en su hábitat, denominaron México que en náhuatl significa “en el lugar de las tunas”.

Su otro nombre, Tenochtitlán, alude al corazón de Copil, un guerrero de la etnia nahua de Tlacopan (Tacuba-Azcapotzalco) que intentó desalojarlos de Chapultepec cuando arribaron al Valle de Anáhuac en el siglo XIII, a quien atraparon y sacrificaron para después echar su víscera sanguínea a la laguna.

Según la leyenda mexica, ésta se convirtió en una piedra-isla donde creció el nopal en el que después se paró el águila con la tuna roja (el corazón de Copil) en una de sus garras. A partir de 1325, año en el que se fundó la ciudad, ésta creció en población y espacio territorial hasta alcanzar los 300 mil habitantes que llegó a tener en el siglo XVI, junto con Tlaltelolco, su hermana gemela.

Duverger asegura que ninguna ciudad europea contemporánea se le equiparó en número de habitantes, pues Sevilla y Génova apenas contaban con 50 mil personas cada una, París 20 mil y Londres 30 mil. Solo en el mercado de Tlaltelolco se reunían 50 mil o 60 mil personas. En este impresionante tianguis (mercado), que provocó asombro en Fernando de Cortés y Bernal Díaz del Castillo, se vendían productos agropecuarios y mercancías artesanales de todo tipo por vía del trueque, mediante contratos escriturados con jeroglíficos y el uso de mercancías empleadas como monedas.

La más pequeña de éstas era un grano de copal (incienso) y la más grande una bolsa con ocho mil granos; también se usaban piezas de algodón; hachas y placas de cobre o plomo; polvo de oro contenido en cartílagos tubulares de plumas; piedras preciosas, plumas de aves y semillas de cacao. Los comerciantes (pochtecas), cuyo nombre aludía a Teotihuacán (Pochtlán significa lugar donde crece el árbol pochtl o ceiba)integraban una clase laboral corporativa con relevante presencia e influencia en la cúpula del poder de los tlatoanis (“los hombres que hablan”), a quienes servían lo mismo como cobradores de tributos (téquitl) en lejanas regiones de Mesoamérica, que como emisarios políticos y espías en otras ciudades-Estado.

Las fronteras del llamado “imperio azteca” eran Jalisco y Michoacán en el occidente; Irapuato, Querétaro e Ixmiquilpan en el norte, área que colindaba con los chichimecas; Meztitlán y Tampico en el oriente, con la región huasteca; y Xicalanco (Campeche), Comitán, Zinacantán y el Soconusco (Chiapas) en el sur.

Tenían contactos comerciales con la costa pacífica nahua de Guatemala, Cazcatlán (El Salvador), Nicaragua (donde había varias etnias nahuas: nicaraos, pipiles, chorotegas (cholultecos), ulúas y nagarandos (otomíes) en Xolotlán, León, el pueblo natal del poeta Rubén Darío); Nicoya (Costa Rica) y el norte de Panamá.