LA BRÚJULA

Revalorar el papel del maestro

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Capitán Nemo

El maestro actual se enfrenta a una lucha permanente por lograr la estabilidad económica que en mejores tiempos su profesión le proporcionaba. Hoy se ve sometido a constantes evaluaciones, de las cuales no siempre sale victorioso. La Secretaria de Educación Pública (SEP) afirma que el 51 por ciento de los docentes reprueba o pasa de “panzazo” en las pruebas que presenta.

El también incesante acoso mediático hacia la profesión docente lo coloca en la palestra pública, donde con base en golpeteos se busca obligarlo a que se adecue a la reforma educativa, con la que choca irremediablemente al estar desprovisto de las herramientas que aseguren su acreditación.

En México, ni antes ni ahora hay buenos resultados en materia de educación. El Plan Nacional de Evaluación de los Aprendizajes (PLANEA) aplicado en 2017 a niños de tercer año de secundaria arrojó que el 64.5 por ciento no pudo resolver problemas de matemáticas; que el 58 por ciento apenas logró de forma básica comprender textos y que el 33.8 por ciento de los niños obtuvieron puntajes de insuficiente en esta habilidad, lo que no fue ninguna sorpresa ya que en pruebas internacionales como PISA se han obtenido idénticos resultados. Cabe preguntar entonces si la reforma educativa tiene algún sentido cuando en aras de elevar la calidad de la educación se enfrenta u hostiga al maestro, su principal protagonista.

La reforma debería tomar en cuenta el papel trascendental de éste, proporcionarle las herramientas científicas, tecnológicas y pedagógicas que requiere su profesión, darle todos los argumentos que resalten la importancia de su tarea y, sobre todo, otorgarle certeza laboral para que sin excusas ni pretextos se disponga a cambiar todo lo que se tenga que cambiar.

Pero hasta ahora lo única acción visible es lanzarlo a una competencia con otros maestros por la disputa de plazas, razón por la que la mayoría de ellos no se preparan ni se actualizan para dar mejores resultados, sino que se limitan a pasar burocráticamente la evaluación porque de ello depende su permanencia en una plaza y porque en lo que menos piensan es en la difícil coyuntura en que se encuentra hoy la educación nacional.

Los maestros se ven atrapados entre resolver sus necesidades económicas y el sacrificio que su vocación les exige; pero como la mayoría de las veces la necesidad puede más que la vocación, muchos de ellos tienen que ganarse el favor de los líderes sindicales a cambio de estímulos económicos que les permitan llevar una vida más holgada.

En esta dependencia hacia los sindicatos, las burocracias cupulares son las que salen beneficiadas, así es como han logrado mantener su férreo control sobre los maestros y la educación; además, los docentes no solo tienen que lidiar con los medios de comunicación, con la reforma educativa o con los sindicatos; también tienen que sobrellevar las carencias materiales y trabajar dentro de una infraestructura deteriorada en la mayoría de las escuelas.

Y la situación se agrava más porque los centros educativos se encuentran desvinculados totalmente de la población, de sus problemas diarios y el análisis de éstos se constriñe a los lugares donde se enseña. Muy lejos quedaron los tiempos de la escuela rural mexicana impulsada por el maestro Rafael Ramírez; esas escuelas eran equivalentes a las casas del pueblo, donde los maestros no solo enseñaban a los niños, sino que estaban inmersos en las alegrías y las desdichas de los habitantes de las comunidades.

La escuela se convertía en el corazón de éstas, pues ahí acudían los campesinos a pedir consejos para sembrar, para llevar algún asunto legal, para escribir una carta, para platicar sobre cómo hacer mejoras a la comunidad e incluso para organizar las fiestas del pueblo. El maestro rural se convertía en el guía, en el alfabetizador, en el gran formador dentro y fuera de clases, pues estaba presente en los acontecimientos más importantes de la población.  De estos tiempos viene el cariño inmenso que todavía el pueblo mexicano siente por los maestros.

Hay que superar las contradicciones que afectan actualmente a los maestros, pero para ello se requiere que éstos comprendan cabalmente el trascendente papel que juegan en la sociedad y que dejen atrás su egoísmo individualista. La única forma de hacer justicia es contribuir a que ésta se haga para todos. El pueblo sufre una miseria espantosa que se enseñorea en cada rincón de la patria, por ello es urgente que los maestros retomen su papel de guías y transformadores del pueblo; urge que las escuelas vuelvan a ser las casas del pueblo, donde éste encuentre las respuestas que busca para pelear por su derecho a una vida más digna.