TRIBUNA POÉTICA

Giovanni Boccaccio, el padre de la prosa italiana

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Tania Zapata Ortega

Como tres vigorosas ramas que parten de un común origen, son tres las enormes figuras del Renacimiento italiano: Dante, Petrarca y Bocaccio. Erudito y doctrinal el primero; humanista y apasionado el segundo; popular, desprejuiciado, hedonista, el tercero. Habiendo hablado de los dos primeros, es obligado invitar al último de ellos a esta tribuna.

A Giovanni Boccaccio de Certaldo (1313-1375) se le ha considerado con justicia el padre de la prosa italiana. Sin dejar de escribir en latín, produce obras maestras en su lengua materna y con ello contribuye a la transformación de la cultura, de la vida social y del pensamiento de su época, reflejando sin escrúpulos al hombre, con sus virtudes y defectos. Agoniza la Edad Media y se va imponiendo la estética burguesa, con su realismo y su ruptura con las formas ideológicas feudales; la literatura sirve más a este fin que la pintura y la escultura y así, la novela breve, los relatos cortesanos, la fábula y la canción popular irrumpen con gran fuerza en el gusto de la época.

Es humano tener compasión de los afligidos; y si en cualquier persona parece esto bien, debe exigirse aún más en aquellos que necesitaron consuelo y lo encontraron en otros. Con seguridad, si alguien lo necesitó más y lo recibió con estima y placer, yo soy uno de ellos (…) En tal tribulación, los apacibles consejos de un buen amigo, junto con sus loables consuelos, mitigaron mi dolor, que tengo la firmísima creencia de que gracias a ellos no dejé de existir.

 Así comienza Boccaccio el “Proemio” de El Decamerón (del griego deka, diez; y hemera, día), original colección de cuentos en la que pueden reconocerse la influencia oriental y similitudes con El libro de los siete sabios y con Las mil y una noches.

La temática y la unidad interna de la obra permiten identificar tal influencia, pues cada uno de los cien relatos que la constituyen se cuenta a lo largo de diez veladas que organiza un grupo formado por tres muchachos (Filóstrato, Dioneo y Pánfilo) y siete damas jóvenes (Pampínea, Filomena, Laurita, Emilia, Elisa, Neifile y Fiammeta); cada uno de estos personajes representa alguna de las formas terrenales en que se manifiesta el amor mundano; el retiro de los jóvenes tiene como objetivo sustraerse a los horrores de la peste que asolaba Florencia en 1348.
…y no había lugar suficiente en el camposanto para dar sepultura a los que caían (…) y fue necesario abrir pozos y echar en ellos hombres a centenares.

Cada velada gira en torno a un tema propuesto por el organizador en turno, que recibe el título de “Rey” o “Reyna”. En la Primera jornada se narran cuentos escabrosos sobre frailes; fuera maquillaje, aquí se desnudan los entresijos de la vida monástica, con su desorden, lujos, falta de piedad e hipocresía. Lo escabroso va en aumento:

Termina la segunda jornada del Decamerón y comienza la tercera, donde bajo el reinado de Neifile, se razona sobre quien adquirió con astucia algo deseado, o consiguió lo perdido. Y basta leer la descripción que el propio autor hace al inicio de algunas narraciones para entender el desternillante contenido, profundamente enraizado en la tradición oral, que ya conocía estas historias:

“Masetto de Lamporechio fingióse mudo y se hizo hortelano de un convento de monjas, las cuales porfiaban por acostarse con él”; “un palafrenero yace con la mujer de Agilulfo, y éste se da cuenta. Busca al hombre por la noche y le corta el pelo, pero él lo corta a los demás y se libra del castigo”; “una mujer enamorada de un caballero, induce a un fraile, bajo secreto de confesión, y sin él notarlo, a que se cumpla su capricho”; “Don Félix enseña a fray Puccio que la penitencia purifica; éste lo pone en práctica, mientras Don Félix retoza con la mujer del que llaman fraile”…

La influencia de Boccaccio se extiende no solo a la prosa en lengua italiana, sino que trasciende a su tiempo; en la genial obra de Miguel de Cervantes pueden apreciarse claras reminiscencias de El Decamerón.

Beatriz y Laura, las musas de Dante y Petrarca, son completamente distintas de María D´Aquino, la Fiametta (“Llamita”) de Boccaccio, que representa el amor terrenal, mundano, carnal. El espíritu desenfadado, de que está imbuido El Decamerón, su comprensión de las debilidades humanas, son tan universales que hoy logran divertirnos tanto como cuando vieron la luz; el narrador logra esto porque, a diferencia de Dante y Petrarca, se aleja de doctrinas y tesis ideológicas y se sumerge en la riquísima variedad de personajes populares.