ESCAFANDRA

Las prácticas imperiales de Poisentt en México

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Ángel Trejo

La exitosa misión imperial de Joel Roberts Poinsett en México, desarrollada entre 1822 y 1828, se basó en su don de gentes, amena conversación, cultura general, conocimientos multidisciplinarios y en su extrema habilidad para ofrecerse como el “mesías” de la democracia republicana.

Estos atributos le permitieron reproducir el rito de la logia masónica de York -opuesta al rito escocés que defendía el conservadurismo católico y el monarquismo español- para ganarse la confianza y la simpatía de los personajes que participaron en la fundación del Partido Liberal, entre ellos los expresidentes Guadalupe Victoria y Vicente Guerrero y los intelectuales Lorenzo de Zavala y Valentín Gómez Farías, quienes pese a su sana voluntad y buena intención contribuyeron a la turbulenta inestabilidad política de Estado que el México independiente vivió entre 1822 y 1867, propiciada por el intervencionismo gringo, diseñado en gran medida con las enseñanzas del sabio perverso que fue Poisentt.

Muchas de las prácticas “diplomáticas” de Poisentt en el siglo XIX en Chile, Argentina y México del siglo XIX forman parte del dossier de los embajadores gringos de hoy: informarse de todo lo concerniente al país (idioma, economía, sociología, psicología, estadística, creencias religiosas, cultural general y de élite, usos, costumbres, etc) y relacionarse con los sectores sociales más influyentes (grandes empresarios, medios de comunicación, partidos opositores y gubernamentales, mafias delictivas, etc); estar al tanto de los asuntos internos susceptibles de generar inestabilidad política local o que puedan favorecer los intereses de los inversionistas de Estados Unidos.

Por ello, sus embajadores y sus instituciones de espionaje, sabotaje e intervencionismo –entre ellas la Agencia Central de Inteligencia (CIA)– tienen como prioridad estratégica estar metiendo la mano en los problemas sociales, económicos y políticos de otros estados.

En su entrevista del tres de noviembre de 1822 con Agustín de Iturbide, reseñada en sus Notas sobre México (1824), hace una detallada descripción física y moral de este personaje (lo describe muy cortés y seductor en su trato personal); después recuerda que antes de sumarse a la causa de la independencia de México en 1821, el “emperador” había sido el “más cruel y sanguinario perseguidor de los patriotas y de no haber perdonado nunca a un solo prisionero”; que en el ejercicio de su usurpación “imperial” es “arbitrario y tiránico” y que su poder se basa fundamentalmente en la “prodigalidad desmedida” y corrupta de sus relaciones con los jefes, oficiales y soldados del ejército.

Este apunte, por cierto, contenía una advertencia explícita: que cuando Iturbide no pudiera proveer más de dinero y prebendas a sus principales aliados, la “soldadesca”, ésta lo arrojaría del poder. Esto ocurrió seis meses después (mayo de 1823) debido no solo a los graves problemas financieros del emergente Estado mexicano –déficit, problema endémico que a la fecha continúa- sino también a las maniobras intervencionistas que el propio Poinsett realizaba, acaso el más aventajado “profeta” de la Doctrina Monroe y el Destino Manifiesto del imperialismo yanqui, desde entonces muy activo, pujante y agresivo.