LA BRÚJULA

La confusión de nuestros días

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Capitán Nemo

A pocos días de la elección presidencial del 1º de julio, la violencia provocada por los distintos grupos de poder continúa sin parar, lo que nos permite suponer que el dos de julio podríamos amanecer con un Presidente de la República electo y en la misma situación social y económica. Igual previsión puede hacerse en el plano electoral, toda vez que las encuestadoras siguen ubicando como marcado puntero a Andrés Manuel López Obrador (AMLO) y colocando al priismo nacional en la posibilidad de sufrir aún más descalabros que los que tuvo en el año 2000.

Un sector muy amplio de la población ve al priismo como culpable directo del desgaste de la economía nacional en estos años y la popularidad del presidente es de las más bajas. Esto se debe en parte al acelerado deterioro que la economía comenzó a tener a partir de 1982 con la adopción del modelo neoliberal, que ha causado grandes estragos en el campo y en la ciudad ante la fría indiferencia de la producción capitalista hacia la mayor parte de la población mexicana.

El neoliberalismo ha radicalizado a la sociedad al colocar, por un lado, a una minoría inescrupulosa que se enriquece a manos llenas y, por otro lado, a las grandes mayorías del país cuya pobreza rebasa oficialmente el 50 por ciento de la población, en la que resalta en particular el grado de marginación de los trabajadores.

La situación de la clase trabajadora se agudiza, además, por el bajo desempeño de las secretarías de Estado abocadas a paliar sus carencias. Ejemplos hay muchos: la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol) y sus programas no han avanzado en lo más mínimo para que la gente viva de un modo más llevadero; la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Desarrollo Rural, Pesca y Alimentación (Sagarpa) tiene en total abandono al campo mexicano; el Banco de México (Banxico), pese a sus intentos por estabilizar la inflación, no ha podido impedir que la tasa de interés alcance el 7.5 por ciento y los precios de los alimentos no dejan de subir; la Secretaria de Hacienda y Crédito Público (SHCP) se ha convertido en un dolor de cabeza permanente para miles de mexicanos que se ven obligados a pagar múltiples impuestos mientras que a los ricos se les brindan las facilidades para eludir las responsabilidades fiscales que les corresponden. Si a la ineficiencia de estas instituciones, agregamos la corrupción y la violencia criminal que priva en el país, podemos comprender el significativo deterioro de la imagen pública del gobierno actual.

Pero esto no solo es percibido por las grandes mayorías, sino también por los dueños del capital, por quienes controlan la economía y la política y al final deciden la identidad de los gobernantes sin apasionamientos partidistas, seleccionando a los políticos que garanticen el status quo.

Los dueños del capital aprovechan hoy el hartazgo social y lo orientan contra el Partido Revolucionario Institucional (PRI), echándole toda la culpas de lo que ocurre; con su relevo de la Presidencia de la República esperan colocar a quien les garantice la estabilidad social. AMLO es quien juega mejor el rol de calmante; y que en función de este objetivo enfocan todo su poder mediático para convertirlo en un líder que canalice el malestar social. No es de extrañar que la vieja clase política, como las ratas que saben cuándo abandonar el barco, hoy mude sin ningún pudor de ideologías, principios y lealtades para ubicarse junto al nuevo favorito de los poderosos.

Pero AMLO no es un estadista del tamaño de los grandes dirigentes latinoamericanos; es un político menor de derecha –de ahí el apoyo que recibe de algunos grandes empresarios– y al mismo tiempo un farsante que se hace pasar como hombre de izquierda. AMLO no va a acabar con los ricos, sino a perpetuar el poder y la riqueza de éstos; no traerá paz social, sino represión y violencia para quienes permanezcan junto al pueblo.

Es probable que la enorme confusión, creada por los medios de comunicación y los intelectuales al servicio de la burguesía nacional para manipular y timar a los electores no dure más allá de los primeros meses del próximo Gobierno Federal, cuando el pueblo se dé cuenta de su grave error, el desencanto recorra nuestra patria y la indignación social suba a niveles nunca antes vistos. ¿Se darán cuenta los dueños del gran capital de lo peligroso que es seguir con el mismo juego? Al tiempo.