SEXTANTE

El beso del asesino

Fue en las décadas de los 40 y 50 del siglo pasado cuando el llamado cine “negro” alcanzó su auge  –que no se ha interrumpido, según algunos críticos especializados- después de haber surgido bajo la influencia del expresionismo alemán, corriente artística que trató de contrarrestar al impresionismo con base en dar mayor importancia a la esencia o a la “idea”, que puede expresarse de distintas formas.

Pero este género cinematográfico no solo fue un estilo propuesto a contar las historias “realistas” de personajes marginales (mafiosos, prostitutas, mujeres fatales, personas fracasadas a las que su pasado persigue y amenaza a cada momento, etc.), también fue un cine que, como todo arte en general, formó parte de la superestructura ideológico-política del capitalismo y, por la misma razón, reflejó  el ambiente político que la sociedad de Estados Unidos vivía en la época del macartismo y la Guerra Fría.

Esto explica por qué en la psicología colectiva de esa nación en ese periodo hubo un gran pesimismo social y por qué en la inmensa mayoría de las historias del cine “negro” los personajes eran fatalistas, no hallaban remedio ni alternativas a sus problemas existenciales y sus destinos inevitablemente crueles.  

La causa de esto, sin duda, se debía a que la represión de las clases gobernantes del país imperial había logrado, de una manera u otra, imponer el miedo y el desaliento social entre sus coterráneos.

Grandes realizadores como John Huston, Billy Wilder, Otto Preminger, Orson Welles. Howard Hawks, etc., contaron historias cinematográficas bajo el signo de este género. Sin embargo, no todos los realizadores se mantuvieron en la propuesta fatalista. Stanley Kubrick, por ejemplo, filmó en 1955 El beso del asesino, un relato en el que si bien es cierto que describe seres marginales con antecedentes fatídicos y desesperanzados en un ambiente demasiado cruel –que recrea mediante el uso eficiente de una escenografía sórdida y una fotografía tenebrosa– da un desenlace sustancialmente diferente a los de la inmensa mayoría de las obras de esta corriente cinematográfica.

En este su segundo filme, realizado a la edad de 27 años,  Kubrick cuenta la historia de Davey (Jamie Smith), un boxeador acabado que vive en un modesto departamento de un edifico de Nueva York en el que es testigo de un intento de abuso sexual contra Gloria (Irene Kane) a manos del mafioso Rapallo (Frank Silvera).

Cuando aquélla grita en demanda de auxilio, Davey corre a salvarla, evita la violación pero Rapallo logra escapar. Davey y Gloria entablan una relación amorosa durante la cual ésta lo informa que su hermana mayor, destacada bailarina de ballet clásico, se suicidó a consecuencia de los reclamos que ella le hizo por la muerte del padre de ambas.

Más adelante, Davey decide irse a la ciudad de Seattle y propone a Gloria que se vaya con él. Ella acepta; pero antes de emprender el viaje, Gloria acude a cobrar el último salario en el antro en el que trabaja, que es regenteado por Rapallo, quien se entera de que la pareja irá al antro y urde el asesinato de Davey. Pero los matones enviados por Rapallo se equivocan y matan  a otro hombre. Davey huye con Gloria y el hampón y sus cómplices los persiguen. Gloria es atrapada por el mafioso; Davey intenta rescatarla pero fracasa en ese momento.

Finalmente, después de una persecución por las azoteas de varios edificios, Davey logra matar a Rapallo. En esta historia, lejos de seguir con el esquema tradicional del cine “negro”, Kubrick propone un final contrario al fatalista, toda vez que en su narración triunfa el “libre albedrío” sobre el “destino cruel”.

En ese sentido, el destacado cineasta propuso desde sus inicios un enfoque filosófico y político diferente al de la inmensa mayoría de sus colegas. El beso del asesino es, de alguna manera, la negación del cine “negro”; su mensaje es claro: los hombres y mujeres pueden, utilizando su valor, voluntad, inteligencia, etc., evitar al “negro destino”.