EDITORIAL

Culto a las armas, plaga imperialista

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Buzos de la Noticia

La producción de armas de fuego con fines de lucro, sin importar los riesgos ni las consecuencias inmediatas más evidentes, ha puesto en peligro la seguridad de cada ciudadano, de todas las familias, de capas enteras de la población. El culto a las armas, fenómeno que apareció y se extendió en el seno de la sociedad norteamericana, convirtiéndose en un grave problema, hoy se propaga más allá de las fronteras de Estados Unidos (EE. UU.) y representa una amenaza mundial; es una contradicción más de tantas que encierra el sistema capitalista y se presenta como una de las características de su etapa más alta: el imperialismo.

La afición, el deseo vehemente de adquirir armas, el irresistible impulso de consumirlas, está íntimamente ligado al afán de lucro, a la producción de todo aquello que sea capaz de arrojar ganancias, sin importar lo perjudicial o peligroso que pueda ser su uso para el consumidor, mientras sea un “buen negocio” para los capitalistas; también está ligado con la promoción, las campañas publicitarias, que se han perfeccionado alcanzando un increíble refinamiento, para atrapar en sus redes a los consumidores de las mercancías más inútiles, perjudiciales y que causan la ruina y la muerte.

Para incrementar sus ganancias, los fabricantes de armas tienen que exportar sus productos, su mortífero armamento y también su capital, para producir esta nociva mercancía en otros territorios. El culto a las armas, que está costando tanta sangre de inocentes en EE. UU. es la forma en que encarna la contradicción principal del capitalismo, la contradicción entre monopolios y pueblo, entre explotadores y explotados, entre burgueses y proletarios; y este culto solo desaparecerá cuando esta contradicción principal desaparezca.

Para los fabricantes de armas, tan respetables y patriotas, según palabras recientes del presidente norteamericano Donald Trump, éste es un negocio excelente; pero para el resto de la sociedad se convierte en un peligro mortal. Los propietarios de las fábricas de armamento requieren de una legislación adecuada que les garantice la libertad para producir sin limitación alguna y que los ciudadanos puedan adquirir, poseer y utilizar estos productos con toda tranquilidad, permitiendo que cada vez más amplios sectores de la sociedad consuman armas sin importar su edad y su madurez intelectual; por ello es una prioridad del gobierno estadounidense conservar las leyes que protegen esta rama de la producción, tan importante para su país.

El armamento más perfecto y mortífero no ocasiona los peores daños a sus productores, que gozan de la seguridad privada y pública; son los demás sectores sociales, los estratos y grupos más vulnerables, quienes sufren las consecuencias de la proliferación de este culto a las armas, los asaltos, homicidios, secuestros, masacres en lugares públicos, actos cometidos por delincuentes y seres desquiciados, quienes pueden adquirir legal y libremente esos instrumentos de muerte que se ofrecen con la protección amplia del Estado.

Pero los pueblos del mundo ya no solo están amenazados por la producción de armas de fuego, aunque su mercado sea de millones de consumidores norteamericanos y de miles de millones en el planeta; hace mucho tiempo que pesa sobre la humanidad una amenaza mucho mayor: el belicismo incontrolable del imperialismo, inherente a su afán de ganancia, que desemboca en experimentos irresponsables para producir armas nucleares capaces de arrasar la tierra entera. La contradicción principal ya no se manifiesta solo al interior de una sociedad imperialista como la norteamericana, sino en todo el planeta. Se trata de una contradicción entre el imperialismo y todos los pueblos de la tierra.