LA BRÚJULA

La gran estafa

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Capitán Nemo

Terminó el tiempo de las precampañas y quedó claro quiénes representarán a las viejas fuerzas políticas que, aunque se disfracen de novedad, sus muchos años hacen evidente su caducidad. A lo largo y ancho del país los “políticos profesionales” preparan sus mejores armas para competir por presidencias municipales, legislaturas locales y federales, gubernaturas y por el premio mayor: la Presidencia de la República.

En la disputa por estos cargos, las descalificaciones y la violencia se han radicalizado a tal grado que ya van más de 30 políticos asesinados al término de la precampaña. Este clima de terror solo es equiparable al  provocado por el crimen organizado. Pero: ¿Por qué se tiene que llegar a la violencia? ¿Por qué la competencia es tan dura, sucia y descarnada? ¿Será que los intereses e ideologías de los diferentes grupos son tan  irreconciliables que asistimos a un enfrentamiento entre clases opuestas?

Desde luego que no. La explicación es mucho más mundana: la ocupación de un cargo de elección popular en México genera disputas como las que provocan las mercancías en el mercado. La actividad política en nuestro país se ha convertido en un negocio sumamente rentable, quienes viven de ella, los que se sirven con la cuchara grande de los cargos de representación popular, recurren a todos los medios posibles, aun a los más violentos, para derrotar a sus competidores y dejar atrás a quienes tengan cierta posibilidad de triunfo.

Los políticos defienden su negocio con uñas y dientes, si es necesario con la vida misma, porque lo que pelean no es una forma diferente de gobernar, ni de proponer y llevar a cabo proyectos que beneficien a la gente, sino de perpetuarse en las posiciones de Estado, enriquecerse ilícitamente a costa del dinero público u otorgarse salarios onerosos con los cuales llevar vida de magnates.

Todos los partidos políticos buscan quedarse con la mayor parte del pastel y resulta por demás curioso que en su lucha por convencer a los electores de las “bondades” de sus propuestas utilizan recursos públicos otorgados a través del Instituto Nacional Electoral (INE). Este año, los partidos recibirán 12 mil millones de pesos y a los órganos encargados de la elección se han destinado 26 mil millones.

Se asignan más recursos para las elecciones que los que se destinan a la ciencia y la tecnología. Ese dinero, sin duda, será desperdiciado, porque las propuestas de partidos y candidatos son huecas y la mercadotecnia con que son elaboradas solo sirve para abusar de la ignorancia de la gente.

El pueblo mexicano, cuyos males sociales se han recrudecido con el paso del tiempo, se encuentra hoy en un callejón sin salida pero, como ocurre cada seis años, no pocos de nuestros conciudadanos aún se dejan endulzar el oído por las promesas galantes de los candidatos y sienten renacer la esperanza de que se les haga justicia. Sin embargo, y pese a los cuantiosos recursos que se aplican para convencer a los electores escépticos y desconfiados, que abundan en todas partes –como lo evidencia el abstencionismo–, la gente cree cada vez menos en los políticos; por ello los tramposos extremos tienen que recurrir a la compra de votos.

La terrible desigualdad que prevalece en el país es tema que ningún candidato enarbola en su discurso. Igual sucede con los ínfimos salarios, pues la cruel explotación de los trabajadores mexicanos por una clase que cada vez se hace más rica, no es un asunto que los candidatos toquen siquiera de refilón, como pasa también con el desempleo, que afecta a decenas de millones de mexicanos sin merecerles ningún cuidado.

Lo único que les interesa a estos políticos es seguir sirviendo a los sectores más poderosos del país; cegados por su afán de riquezas y privilegios, preparan otra vez la gran estafa contra el pueblo mexicano, sin darse cuenta que su sistema político, que vive en simbiosis con el modelo económico, está en su peor momento; cada vez se parecen más a esas piedras que se lanzan sobre el remanso de algún río con la velocidad e inclinación suficiente para que den algunos saltos, cada vez más cortos, hasta sumergirse definitivamente en el agua.

La imagen anterior puede aplicarse a las promesas de campaña de todos los candidatos; suelen levantar expectativas de que las cosas van a cambiar, pero las mayorías pronto dejan de creer en ellas; los saltos de las piedras se hacen más cortos cada vez hasta que su propio peso las hunde irremediablemente.