OPINIÓN

Anarquía en la producción, plásticos y daño al medio ambiente

Abel Pérez Zamorano
Doctor en Desarrollo Económico por la London School of Economics, miembro del Sistema Na cional de Investigadores y profesor-investigador en la División de Ciencias Económico- administrativas de la Universidad Autónoma Chapingo.

El plástico, derivado del petróleo, fue inventado en 1907 por Leo Bakeland, un neoyorkino de origen belga; llamó bakelita a su creación, se hizo millonario con su uso y aportó un valioso insumo para construir otras grandes fortunas. Hoy la producción de plástico consume el ocho por ciento de la producción mundial de petróleo, entre materia prima y gasto de energía.

Sin embargo, no todo era prosperidad y comodidad; en el transcurso de poco más de un siglo, el mundo está amenazado por aquella creación, y no porque en sí misma sea mala, sino por el uso que se le ha dado y por el sistema de relaciones sociales en que es usada; como hemos dicho en ocasiones anteriores, los avances tecnológicos no son dañinos en sí mismos: sus consecuencias sociales, económicas, ambientales, etc., dependen de quién y para qué fin se los emplee.

Hoy aquel material se ha convertido en una amenaza para el planeta y para la humanidad entera. En la Conferencia sobre los Océanos realizada en Nueva York en enero de 2016, la ONU ofreció cifras aterradoras: de aquí al año 2050, los desechos de plástico alcanzarán 33 mil millones de toneladas; en términos de peso ¡habrá en el mar más plástico que peces! En el mundo, el plástico representa el 80 por ciento de la basura depositada en costas y océanos: entre 10 y 20 millones de toneladas se depositan en el mar cada año.

Y no olvidemos que los océanos constituyen el 71 por ciento de la superficie del planeta y son la fuente de la mitad del oxígeno. Por su parte, la Comisión Europea señala que en su territorio, menos de la tercera parte del plástico que se genera es recogido y reciclado; dos tercios se convierten en simple basura.

En el mundo entero se acumula el plástico arrojado cada año al mar, a drenajes que resultan bloqueados,
o en la superficie terrestre, esto porque simplemente este material no es biodegradable. Biodegradación es el mecanismo mediante el cual una sustancia elaborada con materiales de origen orgánico se descompone, convirtiéndose en otras más simples, principalmente mediante acción de bacterias, y también de hongos, efecto propiciado por la energía solar y las temperaturas apropiadas.

El problema se torna particularmente grave porque los plásticos no son biodegradables; la mayor parte de ellos tiene como base el propileno, componente químico del petróleo, que no se degrada en el medio ambiente.

El plástico, dejado a la acción de la naturaleza, tomaría siglos para descomponerse: una bolsa de ese material tardaría 150 años, y una botella elaborada con PET, por ejemplo las que se usan para envasar el agua, tardará entre cien y 400 años en degradarse. En general, los diferentes tipos de plásticos tardan entre cien y mil años. Los científicos insisten en que los famosos plásticos “biodegradables” no son solución, pues tampoco se descomponen como se esperara.

En todo el mundo, el uso del plástico ha aumentado en veinte veces en el último medio siglo, pero solamente el 14 por ciento se recicla; la tercera parte de los empaques hechos de ese material no se recogen. Newsweek en español (25 de enero de 2018), con base en un artículo de la doctora Joleah Lamb, de la Universidad de Cornell, publicado en la revista Science indica que, después del calentamiento global, los plásticos son la peor calamidad para los arrecifes del mundo, y un peligro para peces, tortugas y ballenas. Investigaciones realizadas en Australia revelan que el peligro de deterioro de los corales se eleva del cuatro al 89 por ciento al contacto con el plástico.

Y puntualiza así Newsweek, citando el estudio referido: “Estimamos que hay 11,100 millones de objetos plásticos en los arrecifes de coral en la región Asia-Pacífico y pronosticamos que esto aumentará un 40% en siete años”, indicó Lamb, quien estima que para el 2025 habrá 15 mil 700 millones de objetos de plástico en esta región. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), 6.4 millones de toneladas de basura acaban cada año en el mar, de los que un 70 por ciento termina en el fondo marino, otro 15 por ciento se mantiene en la columna de agua y el resto termina en las playas”).

BBC News (26 de enero de 2018), con base en el mismo estudio registra que una tercera parte de los arrecifes coralinos en la región se encuentran afectados, literalmente enredados en plásticos.

Sobre las consecuencias sociales y económicas directas, estima el estudio que más de 275 millones de personas dependen de la pesca y turismo asociados con esos arrecifes en alto riesgo. Por su parte, la ONU consigna que los desechos plásticos son la causa de muerte de un poco más de 100 mil mamíferos marinos cada año.

Mal manejo del plástico, dispersión, falta de reciclamiento después de su uso industrial y empleo en envolturas y empaquetados figuran entre las causas más inmediatas de este desastre ambiental que también afecta directamente a los seres humanos.

Los microplásticos, partículas menores a cinco milímetros, se incorporan a la cadena alimenticia del hombre; los ingieren los animales y luego los consume el ser humano. En México, un estudio de El Colegio de la Frontera Sur y Scientific reports, revela que los mexicanos podríamos estar consumiendo alrededor de 840 partículas al año.

La acumulación de desechos plásticos, en tierra y agua, es consecuencia de una sociedad anárquicamente industrializada, a la que no le preocupa el medio ambiente ni el futuro de la humanidad, movida solo por un afán de ganancia eminentemente inmediatista.

En su afán de vender, en la mayor cantidad y a la mayor velocidad posible, se generan excesos como el aquí descrito, mientras los industriales, y luego el capital comercial, que utilizan estos empaques de plástico no se hacen responsables de las consecuencias que provocan; sería para ellos demasiado costoso; mermaría sus ganancias.

Ésta es una clásica externalidad negativa, en la que las empresas que utilizan estos materiales no asumen las consecuencias, sino que trasladan a la sociedad los costos de su ganancia en forma de daño al medio ambiente y a la salud humana. Así pagamos todos las altas ganancias del capital.

Estamos, pues, ante una manifestación de los excesos y el desorden en la producción, de falta de responsabilidad de las empresas con la sociedad, y nada hay que las obligue a hacerlo, pues ellas mismas controlan los gobiernos y hacen las leyes, y no hay poder humano capaz de poner orden en defensa del ecosistema, de las especies animales amenazadas, del planeta y, en última instancia, de la sobrevivencia misma de la especie humana.

Las imágenes de acumulación de desechos plásticos y las dramáticas escenas de animales enredados en restos de ese material, o llevándolos en el tracto digestivo, deberían movernos a reflexión y preocupación, pero no quedándonos en la posición ecologista trivial, que se ocupa de combatir efectos y deja intactas las causas, sino cobrando conciencia de que este fenómeno está determinado por la estructura económica.

Su raíz profunda es la forma en que está organizada la producción, y sus motivos, en una sociedad donde impera el capital y donde el criterio supremo es la máxima ganancia en el menor tiempo; y que para vencer esta amenaza es necesario cambiar los criterios con que se determina qué, cómo, cuánto y para beneficio de quién se produce.