LA BRÚJULA

¿Predisposición al saqueo o a la organización?

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Capitán Nemo

La extrema desigualdad a la que hemos llegado cala hondamente en todos los rincones de la patria, aunque se siente más en ciertos estados y regiones donde el nivel de pauperización de las masas campesinas llega a la miseria total, como ocurre en las sierras de los estados de Oaxaca, Chiapas, Guerrero, Hidalgo y Puebla, y las colonias populares de la Ciudad de México.

Estudios como los de la OXFAM, o los que hace el investigador Julio Boltvinik, estiman que la pobreza en México rebasa ya los 100 millones de personas.

El factor que más ha influido en este aumento es el bajo salario mínimo oficial de 88 pesos, cuyo monto anualizado anda en los 31 mil pesos, cifra insultante si se le compara con el ingreso mensual de un funcionario público de escaso nivel ¡y ni qué decir de lo que obtienen los miembros de muy pocas familias mexicanas extremadamente adineradas, como es el caso del señor Slim cuya riqueza creció en 12.5 millones de dólares en un solo año!

Las expectativas de ingreso de los pobres irremediablemente se han reducido a la satisfacción de sus necesidades más elementales, como la de reproducirse y alimentarse para alcanzar un mínimo de felicidad.

Sin embargo, el modelo económico neoliberal, que sólo funciona para la venta de mercancías y promueve por todos los medios el consumismo, choca irremediablemente con el bajo ingreso de las mayorías, a las que por un lado se les exige que compren lo más posible, mientras que por otra parte se les restringe su capacidad de compra con los bajos ingresos que obtienen. Esta enorme contradicción pone en jaque al sistema económico porque hay insatisfacción en muchas personas que ni siquiera pueden adquirir los alimentos que necesitan para ir medio viviendo.  

Los bajos ingresos y la falta de empleos obligan a las personas a hallar como única salida decente su conversión en saltimbanquis laborales, pero a cada salto que dan de un trabajo a otro los salarios que perciben empeoran y cuando se da cuentan de esto la vida se les ha ido y los trabajadores más jóvenes los han reemplazado.

Los mexicanos buscan labores donde creen que por su nivel de educación pueden encontrarlas en los centros urbanos, pero el incipiente desarrollo de los sectores de la economía los lleva al fracaso y cuando las cosas se agravan e intentan hallar una opción de empleo en Estados Unidos, tienen que enfrentarse a la fuerte política represiva que esa nación está adoptando contra los migrantes.

Por ello los mexicanos que piensan que poco pueden perder si buscan una salida a sus problemas económicos en el crimen organizado o en cualquier otro rubro delictivo que les permita ganar dinero fácil. Es verdaderamente sintomático observar como poblaciones enteras participan en actividades ilícitas. En años recientes, por ejemplo, los saqueos y el pillaje se han venido incrementando. Si bien los verdaderos beneficiados de estos disturbios son otros, no puede negarse que su éxito depende de la participación de las masas.

En diversas partes de la República los saqueos a camiones, tiendas departamentales y trenes han sido cada vez más constantes, ya que esta forma “popular” de hacerse de mercancías está supliendo la manera legal de conseguir satisfactores por vía de los ingresos laborales, los cuales se han vuelto imposibles. Como resultado, es cada vez más cierta la sentencia de que “no debe de contarse dinero delante de los pobres”.

Sin embargo, si somos observadores, el mensaje de estos y otros actos es que el pueblo está ya harto y cansado de sus penurias y que existe un gran descontento social que amenaza con desbordarse. Poco abonan a la paz social los que de manera imprudente calientan el ambiente como los morenistas o aquellos medios de comunicación que satanizan y reprimen las formas de manifestación legal de los descontentos.

En días pasados, leí con suma preocupación un artículo titulado El negocio de las movilizaciones, en el que su “valiente” autor asegura que son negocio de los líderes y que basta con que cualquier persona pague una suma de dinero para contratar a “movilizadores profesionales”. Es por demás obvio que este señor escribió tal cosa por encargo o que su poca preparación ni siquiera le dio para darse cuenta de la cruda realidad nacional, que los enormes problemas cotidianos que la gente padece son la causa real de las manifestaciones y que estas son el reflejo vivo de un pueblo que requiere atención urgente.

Por ello, para que el pueblo mexicano no vaya a la aventura en una lucha espontánea y estéril, es necesario que se organice y se eduque en la lucha política organizada ya que las condiciones actuales son también una oportunidad para corregir de raíz la gran desigualdad social y hacer que el modelo económico neoliberal estalle en pedazos. Al tiempo.