REPORTAJE INTERNACIONAL

Dramático balance del TLCAN a 25 años de su firma

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Nydia Egremy

México cambió el 17 de diciembre de 1992, cuando firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN). Expectativas como el acceso al desarrollo del “primer mundo” y el empleo pleno no se cumplieron, por lo que esa integración desigual fue rechazada desde el 1º de enero de 1994, cuando entró en vigor. Nadie escuchó a millones de ciudadanos, campesinos, pequeños empresarios y académicos que lo repudiaron. Solo el ultimátum de Donald John Trump de retirar a su país del pacto, obligó al gobierno mexicano a renegociarlo. Pero tras cinco tortuosas rondas y en la víspera de la sexta, los estrategas locales ya esbozan un futuro sin ese tratado.

Al articular un acuerdo de comercio trilateral con el primer ministro canadiense, Brian Mulroney y su homólogo mexicano Carlos Salinas de Gortari, el presidente estadounidense George Herbert Walker Bush, concretaba un gesto de alcance geopolítico. Mostraba su músculo a los emergentes actores globales del mundo post-soviético, al pactar con un Canadá ambiguo (aliado no incondicional, pero rico y con prestigio) y un México estructuralmente débil que jugaba a ser pragmático.

La nueva realidad geopolítica de entonces desafiaba la hegemonía global de Estados Unidos (EE. UU.): la apertura de China al mundo, la integración europea y el reacomodo político de una América Latina tras la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Con el nuevo tratado, Washington atraía la atención del planeta hacia América del Norte y en México las élites se soñaban estadounidenses y del “primer mundo”. Veinticinco años después, hay otro tablero geopolítico: China es ya la principal economía global y EE. UU. es la tercera, Rusia es el primordial actor político-energético y México sufre los amagos de su socio y vecino del norte.

Al capital corporativo le convino el TLCAN porque tomó control de sectores clave (industrial, servicios y agricultura) y se allegó la mano de obra barata mexicana. Canadá garantizó su comercio con la superpotencia y consolidó su avanzada con los recursos del socio más débil . La cúpula político-empresarial mexicana ignoró la dimensión geopolítica del pacto; para esa clase, más que un acuerdo comercial, constituía un proyecto salvador que sacaría del atraso al país y entraría a la modernidad.

“Soslayaron las evidentes asimetrías y, sin estrategia definida, apostaron a superarlas en el corto plazo”, señala el balance colectivo TLCAN 20 años ¿Celebración, desencanto o replanteamiento?, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). A un lustro de ese análisis, el capital corporativo y el huésped de la Casa Blanca abandonaban la anhelada “integración profunda” de Robert Pastor y exigían actualizar el acuerdo. El desenlace de esta durísima puja entre México y sus socios impactará no solo al bloque sino al planeta, pues Donald John Trump se juega su prestigio de mandatario implacable y anticipa la forma en que conducirá sus negociaciones internacionales.

Falacias y fiascos
Se atribuye al padre de la reforma económica de China, Deng Xiao Ping, la frase: “la calidad del resultado es lo que importa”. Bajo esa óptica, es catastrófico el balance de 25 años del pacto trinacional. A la desregularización del comercio de bienes, servicios e inversiones siguió el desmantelamiento agrícola-campesino y el de las pequeñas y medianas empresas. Para constatar la falacia de la promesa “más empleos y mayor exportación de productos, no gente”, están el alto desempleo, el éxodo de migrantes hacia EE. UU. y las maquiladoras que simbolizan la precarización laboral.

Otra falacia es el crecimiento en las exportaciones. En 2014, solo 50 empresas monopolizaban la mitad de las ventas al exterior en el TLCAN. Igual sucedió con la publicitada alza en la Inversión Extranjera Directa (IED) de EE. UU. en México. Entre el 2000 y 2010 solo ingresó un 41 por ciento de la IED, pero disminuyó al 32 por ciento de la total, según análisis de Gerardo Esquivel y Ciro Murayama. En contraste, la Sudamérica anti-neoliberal crecía arriba del cuatro por ciento entre 2003 y 2012.

Fue falaz la versión de que se cerraría la brecha económica con EE. UU. En la primera década del TLCAN (1992 a 2002) la pobreza patrimonial se mantuvo en el 51 por ciento; y a 20 años (1992-2012) la informalidad laboral era del 60 por ciento. En 1993 el producto interno bruto (PIB) por trabajador mexicano representaba el 35 por ciento de un trabajador estadounidense y en 2012 esa brecha se amplió en un 30 por ciento, revela Arturo Ortiz Wadgymar en su visión crítica del TLCAN.

Una falacia más fue que frenaría la migración hacia la superpotencia. Solo entre 2000 y 2010 unos 600 mil mexicanos emigraron hacia EE. UU. al año, con lo que en ese país hace ocho años había ya 6.6 millones de inmigrantes o “refugiados económicos”, como los denominan los geopolitólogos. Para el director del Grupo Coppan y exdirector de la Escuela de Inteligencia para la Seguridad Nacional, Luis Herrera-Lasso, EE. UU. solo aceptó dentro del TLCAN para agilizar la movilidad de mexicanos (es decir, aquellos que no buscan permanecer en ese país).

Ese segmento no incluye a trabajadores agrícolas, de servicios y sus familias, quienes sí van hacia la superpotencia. De ahí que la actual postura de EE. UU. hacia México “no nos permite ser optimistas sobre los resultados. Sin embargo, sí es elección de México reflexionar de modo profundo sobre el sentido de la migración 25 años después de la firma del tratado”, dice el politólogo.

Otro saldo gravoso del TLCAN es que el poder corporativo consumó la toma del sistema alimentario mexicano, con la consecuente pérdida de la seguridad alimentaria. “Algo ha ido terriblemente mal. La nación que afirmaba entrar en la prosperidad con ese acuerdo, es ejemplo internacional de graves problemas estructurales en la cadena alimentaria”, advertía la directora del Programa Américas del Centro para la Política Internacional, Laura Carlsen, en febrero de 2012.

Bajo la teoría de la ventaja comparativa, gran parte del país se consideró no apta para producir alimentos básicos como el maíz. Por tanto, México importó ese cereal y dedicó sus tierras a cultivar frutas de temporada, tropicales y hortalizas con los que, suponía, tenía una ventaja comparativa. Y mientras se triplicaron las importaciones de maíz, tres millones de campesinos se refugiaron en la industria o el ensamblaje.

En el post-TLCAN, el 45 por ciento de los alimentos que consumen los mexicanos proviene del extranjero: antes del tratado se importaban mil 800 millones de dólares en alimentos y en 2012 ya se gastaban 24 mil millones de dólares. Ésa fue la bonanza para EE. UU.: en 2016 el valor de sus agro-exportaciones a México significaba 5.3 veces más de lo que exportaba antes del TLCAN, según la Oficina de Censos de ese país. A la vez, se impuso un dramático cambio en los hábitos alimenticios.

Las trasnacionales de alimentos deciden qué comen los mexicanos. A la vez, regulan todo el modelo productor-exportador-importador del sector y resuelven a su favor las controversias. Carlsen recuerda que en 2003 Com Products International (que vende al año tres mil 700 millones de dólares), reclamó a México que el impuesto al jarabe de maíz de alta fructuosa le ocasionaba pérdidas. Al final, el país debió pagar 5.8 millones de dólares.

La dependencia alimentaria obliga a México a importar el 80 por ciento del arroz, el 95 por ciento de soya, el 33 por ciento de frijol y el 56 por ciento de trigo. México – que fue importante productor de lácteos – hoy es el primer importador mundial de leche en polvo de una multinacional. Con el TLCAN se pasó de importar 250 mil toneladas a 13 millones de toneladas de ese producto básico, afirma el analista Ernesto Ladrón de Guevara.

El Departamento de Agricultura de EE. UU. estima que, con esa tendencia, México adquirirá el 80 por ciento de sus alimentos de otros países. Ello supera la definición de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) de que un país es dependiente alimentario cuando importa más del 25 por ciento.

Negociar sin estrategia
Pese al indudable fiasco que supuso el TLCAN, la élite nacional se aferraba voceando que cada minuto se comercia un millón de dólares dentro de este esquema. Tras el amago del mandatario estadounidense de retirarse del pacto, al sostener que es el “peor acuerdo comercial de la historia”, en agosto de 2017 comenzaba su “actualización”. Hoy se sabe que en septiembre pasado Trump habría revelado en privado, a senadores republicanos, que su amenaza de salir del pacto solo es una táctica de negociación.

Se previeron nueve rondas y la sexta será del 23 al 27 de enero. Al Gobierno mexicano le urge concluir las pláticas para que no se mantengan durante el proceso electoral, de ahí que algunos anticipen una conclusión en el primer trimestre. En la primera ronda (del 16 al 20 de agosto), el representante estadounidense Robert Lighthizer subrayó lo que debía cambiar y sus pasmados socios mexicanos solo escucharon.

La segunda ronda, a comienzos de septiembre, abordó salarios, acceso a mercados, inversión, reglas de origen, medio ambiente, comercio digital, Pymes, transparencia, anticorrupción, agro y textiles. No hubo acuerdos ni en los asuntos menos polémicos. Solamente la tercera, del 23 al 27 de septiembre en Ottawa, concluyó con un acuerdo sobre Pymes.

La cuarta, en octubre, fue complicada. Optimistas sin causa, los negociadores locales decían que México debía salir fortalecido en cuatro temas clave: reglas de denominación de origen (en el sector automotriz y agrícola), estacionalidad, los capítulos laborales –debate sobre salarios y compensaciones– y solución de controversias. A 48 horas de que terminara esa ronda, EE. UU. propuso subir al 85 por ciento el porcentaje de suministros automotrices para mantener arancel cero e insistió en que el 50 por ciento de esos insumos provenga de su territorio.

En la quinta ronda, del 15 al 21 de noviembre, el equipo mexicano se concentró en entender la réplica estadounidense y no hizo contrapropuestas. Para los 30 grupos negociadores, ese tema y la caducidad quinquenal eran prioritarios (Trump quiere que cada cinco años se revise el nuevo acuerdo). Además, EE. UU. quiere que las resoluciones de los paneles sean voluntarias, no obligatorias; ello dejaría a México vulnerable ante demandas y su economía se perjudicaría.

A la sexta ronda en Montreal, México llegará con un complicado clima político-económico. Al inédito panorama electoral por la disputa de la Presidencia de la República se suma un difícil contexto económico-financiero: la caída del peso ante el dólar, el aumento en el precio de combustibles y alimentos, la más alta inflación en 20 años –6.77 por ciento– y el constante aumento en la tasa de interés impuesta por la Reserva Federal de EE. UU.
Ha transcurrido medio año y aún no se ha cerrado ningún capítulo; solo hay avances en comercio electrónico, mejora regulatoria, telecomunicaciones, medidas sanitarias y fitosanitarias, medio ambiente, facilitación comercial, aduanas y anticorrupción.

Con y sin TLCAN
Al equipo mexicano se le instruyó para defender la existencia del tratado. Así, fuera de toda realidad, insiste en un “paquete completo” de asuntos bilaterales como seguridad fronteriza, migración y combate al narcotráfico. Para lograrlo, confía cándidamente en subrayar la importancia que México tiene para la superpotencia. Esa postura revela falta de visión estratégica; y con esa estrechez de miras son casi nulos los escenarios positivos.

El escenario inminente es el de una rápida negociación, que conceda grandes espacios a las peticiones estadounidenses. Eso sería muy costoso para la nación. Otro escenario en el trasfondo –que rechazan las élites mexicanas, aunque cada vez están más conscientes de tal eventualidad– es que EE. UU. cancele el TLCAN.

En enero de 2017, la periodista de The New York Times, Elisabeth Malkin, decía que para la élite política de México el TLCAN “es un mantra”. Pero tras la decisión de Trump de renegociarlo, añadía que cada vez hay más políticos y empresarios mexicanos que se preguntan qué precio hay que pagar para seguir en ese pacto. Citaba el debate que el rector del ITAM, Arturo Fernández, sostuvo con exalumnos de esta institución, “donde se han graduado los principales promotores del libre comercio en México”, sobre la posibilidad de no tener más el TLCAN.
Según Malkin, el 12 de enero el académico dijo lo impensable: “Sería, tal vez, preferible dejar a un lado el TLCAN que un largo proceso de negociación y tensión”.

Ya entonces, el secretario de Economía aceptaba que “No habría otra opción”. También el Centro de Estudios de las Finanzas Públicas de la Cámara de Diputados analiza las implicaciones de la salida o permanencia condicionada al pacto. Para los optimistas, la superpotencia ha sido, es y seguirá siendo nuestro principal socio económico, con o sin ese Tratado. De ahí que en círculos empresariales ya se afirme que esa medida “no nos matará, pero sí nos va a lastimar”.              

Es muy remota la posibilidad de que México se vuelque hacia el proteccionismo y lo más viable es que seguirá apostando al libre comercio. Se ha tejido una red de 12 Tratados de Libre Comercio con 46 países, 32 Acuerdos para la Promoción y Protección Recíproca de las Inversiones (APPRIs) con 33 países de distintas regiones del planeta y nueve acuerdos de alcance limitado. Ante la eventual salida de EE. UU. del TLCAN o el retiro de México, la política comercial – ¡ahora sí!– buscará diversificarse en otros mercados pese a que no sean tan atractivos como EE. UU.

Hoy, como ayer, los estrategas olvidan la geopolítica. Buscan materializar el Acuerdo de Asociación Transpacífico (que Trump vetó) mientras modernizan su acuerdo con Europa, pero soslayan los mercados chinos, rusos, este-asiáticos y levantinos. Mientras, el canciller Luis Videgaray habla de un acercamiento “meramente práctico, no retórico”, entre el Mercosur y la Alianza del Pacífico y amplía acuerdos con Argentina y Brasil.