CLIONAUTAS

La libertad, ¿cuestión meramente subjetiva?

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Abentofail Pérez

¿Qué hace el hombre para ser hombre? La capacidad para pensar. Y ¿cuál es el instrumento del pensamiento? La razón. ¿Cuál es, entonces, el fin último de la razón? La libertad. Estas máximas han sido aceptadas en prácticamente toda la historia de la filosofía y hasta nuestros días se sigue creyendo firmemente en ellas. Ahora bien, ¿la libertad es entonces producto del uso de la razón que de forma innata adquiere el hombre al nacer, o exige otro tipo de condiciones para poder realizarse?

En otras palabras, ¿puede ser libre el espíritu sin ser libre el cuerpo? Aquí la historia y la filosofía misma han dado una respuesta irrefutable: para lograr la libertad en el pensamiento es preciso que existan las condiciones materiales que posibiliten alcanzar esa libertad. La causa por la que en la historia de la humanidad han existido hombres que pudieron dedicarse absolutamente al campo del pensamiento, se debió a que hubo otros hombres que con su trabajo posibilitaron que aquéllos pudieran dedicarse a vivir según su forma de entender la vida, a pensar y a alcanzar la libertad.

Desde la antigüedad hasta nuestros días han surgido distintas corrientes del pensamiento que han considerado que la forma definitiva con la que el hombre puede alcanzar la verdadera libertad es a través de la contemplación. Por esa razón hombres de la talla de Sócrates, Aristóteles y Platón pensaron que solo el filósofo podía llegar a ese estado de libertad absoluta.

Surge aquí nuevamente la terca pregunta: ¿qué posibilita entonces que puedan existir hombres que se dediquen a contemplar el mundo y que puedan alcanzar la libertad absoluta sin preocuparse de nada más? La respuesta la ofrece la lógica misma: el hecho de que haya hombres que renuncien a esta libertad y se dediquen enteramente a trabajar para que los otros alcancen esa posibilidad de libertad.

La libertad, entonces, no se encuentra solo en el terreno del pensamiento y la razón, no se alcanza por el simple hecho de ser hombre; para su consecución es necesario verse despojado de las exigencias que la vida material impone y solo eliminando esta determinación podrá presumirse de una libertad real tanto en espíritu como en cuerpo. El liberalismo político del que presumen ser herederos los actuales dueños del saber humano también lo reconocían, y las palabras de Rousseau son suficientemente claras al respecto: “El hombre ha nacido libre y, sin embargo, vive en todas partes entre cadenas”.

El hombre de nuestra época presume, sin embargo, haber logrado la libertad por creer ciegamente lo que los apologistas del sistema le han repetido hasta al cansancio; a saber: que la libertad, como producto enteramente del pensamiento, está al alcance de todos.

Se considera libre el hombre moderno por creer que su pensamiento es producto absoluto de su razón, sin detenerse a pensar en el origen de las ideas que presume tener. Se grita a los cuatro vientos que todos los hombres son libres de pensar y hacer lo que quieran, pero la realidad, con la terquedad que la caracteriza, responde secamente: eres libre de pensar y de hacer en la medida en la que tus condiciones objetivas de vida te permitan ser libre.

Si el sistema actual te ofrece la libertad de viajar a cualquier parte del mundo (que gracias a la globalización ha abierto todas sus fronteras) la realidad te responde: “podrás viajar a donde te plazca, siempre y cuando tengas los medios para hacerlo”; si el sistema te ofrece una infinidad de mercancías y te ofrece la libertad de conseguirlas y hacerte de ellas en cualquier lugar y momento, la realidad objetiva te responde sin tardanza: podrás conseguir todo lo que se te ofrece siempre y cuando tengas la posibilidad para hacerte de ellas. En consecuencia: tu libertad está al alcance de tus posibilidades de adquirir esta libertad a través del nuevo y único dios erigido por la propiedad: el dinero.

En consecuencia, si se pretende alcanzar la tan anhelada libertad espiritual es preciso que antes se alcance la libertad material que con férreas cadenas impide que el hombre sea dueño y amo de su pensamiento.

Si esto distingue al hombre de los animales, al habérsele arrebatado la capacidad de hacerlo se le rebaja nuevamente a la condición de animal y, en tanto que únicamente la especie humana puede presumir de esta posibilidad de libertad, su condición de libertad y de ser humano se disipan si antes no se ha despojado de la necesidad material que lo determina.

Un hombre no puede pensar bien si antes no ha comido bien, y si a pesar de eso se considera libre de hacer lo que le plazca y se cree capacitado de crecer espiritualmente como sucede en esta triste época, la realidad, como sucede en nuestros días, se elevará con la autoridad que solo de ella emana y le dirá: esa libertad de la que presumes es una falsa libertad, si quieres alcanzarla verdaderamente, libérate antes de las cadenas que sobre tu existencia pesan para que así logres emanciparte y aspires a romper el yugo que tu pensamiento aprisiona y, en última instancia, en la medida en que eso hagas logres nuevamente regresar a la condición de hombre de la que se te ha despojado.